Hacia el sur de la ciudad

N. Loza

Recuerdo que por ese entonces, las religiones monoteístas estaban acorraladas.

Cuando me vi abrumado por la angustia, tú me brindaste consuelo y alegría” (Salmo94:19).

Recuerdo que por ese entonces, las religiones monoteístas estaban acorraladas. El cristianismo y el judaísmo prácticamente habían desaparecido de la vida pública y sólo en Medio Oriente resistía de forma noble el islam. El materialismo se estaba imponiendo en todo el planeta. La escasa información confiable que se tenía era gracias a algunos pocos blogueros (los tuiteros, youtubers e instagramers ya habían sido silenciados en su totalidad) que hablaban de  teorías conspirativas sobre un virus diseñado exclusivamente para dinamitar las bases de las familias de Occidente. Según ellos, esa era la causa de la catastrófica y paranoica situación que se estaba viviendo. Se autodenominaban: Templarios de la Red, y se jactaban de estar dando “la batalla cultural hasta morir”. Yo me había suscripto a un par de esos blogs en los últimos meses y me informaba leyendo sus artículos cuando me llegaban las notificaciones al celular.

Aunque yo vivía solo, poco a poco ese aislamiento social había comenzado  a afectarme. Percibía un clima social hostil. A pesar de eso, trataba de sobrellevarlo de manera positiva. Pensaba: “ya todo pasará, en unos meses”, y me dedicaba horas enteras a analizar cada uno de los sucesos mediante una fría lectura, tratando de encontrar el momento indicado para ponerme a salvo, y alejarme de la ciudad.

En lo político, la clase dirigente estaba siendo reeducada mediante programas de Corrección Política. Estos programas conductistas consistían en largas charlas en las que se les explicaba cómo y de qué manera propagar el virus ideológico. Algunos pocos díscolos que se resistían,  eran linchados y escrachados por los simpatizantes del virus y castigados por las autoridades. Inmediatamente eran separados de la elite y enviados a los Campos de Deconstrucción hasta que pudieran autopercibirse con la identidad correcta

Los Programas de Corrección Política habían demostrado ser muy eficientes en todas las instituciones y organizaciones sociales en las que se habían implementado: sindicatos, escuelas públicas y privadas, organizaciones de la sociedad civil, medios de comunicación, empresas. Únicamente las iglesias se negaban a implementarlos y, por eso, el Estado liberaba zonas y fomentaba ataques para que estas instituciones fueran víctimas de hechos vandálicos. 

Los programas eran relativamente simples y apuntaban a concientizar, a ser más solidarios y a igualar a la población. Para ello se monopolizaban los conceptos de empatía, solidaridad, tolerancia, deconstrucción y amor; se trataba de moldear las conciencias como si fueran tabulas rasas y se concebía al individuo como una construcción social en su totalidad. De esta manera, se buscaba imponer el nuevo orden y, efectivamente, se estaba logrando.

En las calles se podían ver las patrullas de los diferentes grupos de tareas que controlaban los espacios públicos y apresaban a los políticamente incorrectos. Esa realidad parecía rendirle tributos a la miseria y a la pobreza. Todo estaba controlado, todo estaba siendo peligrosamente correcto. Las palabras del Papa Francisco en el Encuentro de Juventudes de Brasil “Hagan lío” habían sido censuradas y prohibidas. Ahora las palabras del nuevo orden rezaban: “sean correctos, solidarios y empáticos”.

No fue hasta una fría mañana de julio que decidí empacar mis pertenencias y pasar a una especie de clandestinidad, de retiro. Sabía que a dos de mis amigos ya los habían reclutado en los programas de reeducación y que sólo era cuestión de minutos para que me apresaran y obligaran a escuchar las largas charlas de los carismáticos oradores del ideologismo. 

Debía mantener la calma y actuar de forma normal, sin levantar ninguna sospecha. De salir a la luz mi verdadero plan, el castigo podía ser fatal. No sólo perder la libertad, sino también, el derecho a la vida.

Esa mañana, mis propiedades entraron en una maleta: una muda de ropa, algunos libros esenciales, y un amuleto cristiano que me había regalado un sacerdote. No podía darme el lujo de llamar la atención y cargar más objetos en mi equipaje. Los recuerdos los había guardado en mi mente, a esa altura, desconfiaba demasiado de la nube como para subirlos allí.

Controlé tener el mapa de acciones que había dibujado días previos. Lo saqué del bolsillo del abrigo y constate, por última vez, los pasos a seguir. En primera instancia, tenía que tratar de llegar  al sur de la ciudad. Una vez allí, todo sería más fácil, dado que los controles policiales y la propagación del virus eran eficaces en el centro: allí la gente era población de alto riesgo. Luego, tendría que hacer unos treinta kilómetros evadiendo los controles de periferia urbana y adentrarme en la zona de campos, bajo el sagrado cuidado y la inmunidad de la Tierra. Por último, internarme en el monte. Eran pocos pasos a seguir, pero muy riesgosos.

Esa mañana, mientras me concentraba en la fuga, en la televisión informaban que la ciudad comenzaba a ser asolada por un virus extranjero, un virus mortal proveniente de la China comunista. La elite política recomendaba a la población no salir de sus casas y desplegaba un paquete de medidas sanitarias de urgencia para atener la salud de los afectados por la nueva peste. A su vez, se esforzaba al máximo, mediante los aparatos de adoctrinamiento comunicacional en  seguir manteniendo y propagando el virus vernáculo que los había llevado al poder. 

El clima era verdaderamente paranoico, asfixiante y opresivo: bomberos, policías, grupos de tareas ideologizados con banderas, pañuelos y carteles con consignas se desplazaban por toda la ciudad. Concluí que era el momento propicio para montar mi Triumph Scrambler y dirigirme, pasando desapercibido, hacia el sur. Puse llave a la puerta de mi apartamento. Le eché la última mirada. Lo noté triste, vacío. 

Ya a bordo de la motocicleta, comencé a disfrutar de la sensación de frescura y libertad que da el roce del viento en la cara. El cielo era celeste y lo adornaban unas nubes que parecían trazadas por Monet. 

Vi a unos cien metros el primer control vehicular. No me detuvieron. Los guardias parecían estar concentrados en las comunicaciones de sus celulares. Pasé con facilidad. 

Un kilómetro más adelante, en el segundo control,  ya no tuve la misma suerte. Tras la señal del guardia, bajé la velocidad y detuve la moto. Me mantuve tranquilo. Actué  de forma natural.

―Los documentos, por favor―me dijo la persona que estaba realizando el operativo. Recuerdo su aspecto andrógino y su mirada penetrante. Me intimidó por un instante. Accedí a su orden. 

― ¿Adónde se dirige?―me preguntó.

―A visitar unos familiares en las afueras de la ciudad, tengo previsto volver hacia la noche―le respondí de forma tajante y segura, alivianando el peso de la mentira.

Sin mediar palabra, me devolvió mi documentación.

―Tenga cuidado― dijo, cerrando la conversación.

Había tenido suerte. Podía continuar el viaje. Evidentemente, mi escaso equipaje, contribuía a disimular mi fuga.

Di arranque a la Triumph Scrambler y aceleré. Sólo me faltaba llegar al camino de ripio por la que había planificado la última acción. Con un pie allí,  habría logrado mi cometido.

Aceleré de manera imprudente. No  pensaba en otra cosa que poder ver el camino. Fui inconsciente por varios kilómetros hasta llegar al lugar. Al fin lo vi, estaba tal como me lo habían mostrado las imágenes del Google Maps. Dejé la moto unos metros monte adentro, la cubrí con ramas y malezas cerca de un arroyo y continué a pie. Me faltaban todavía varios kilómetros para sentar campamento. 

Mientras me limpiaba los ojos por la tierra polvorienta y  caminaba a paso apresurado, recordé que San Benito, cuando se decepcionó de Roma  por la vida que encontró allí,  quiso encontrar un lugar alejado de la vida de la ciudad y se albergó en una cueva con una abertura de forma triangular de unos tres metros de profundidad por tres años. Sentí alivio al pensar que podría replicar su experiencia, aunque fuese de forma obligada. No sabía cuánto tiempo tendría que quedarme allí. Mi única certeza era que debía permanecer en ese lugar hasta que la deconstrucción total hubiese terminado. La única alternativa que tenía para conservar la libertad, era de tipo kierkegaardiana, y consistía en animarme a dar un salto hacia la fe. 

El retiro, recién comenzaba…

El polémico video. Censurado y prohibido.