Mejor no hablar de ciertas cosas

R. B. López


Escribo estas líneas, sabiendo que pueden ser blanco fácil de la crítica descarnada; o peor aún, pueda acarrearme inconvenientes. Pero lo hago igual. En esta etapa de la vida prefiero exteriorizar lo que siento, antes que callar para no involucrarme.

Noche de domingo, antes de irme a dormir, miro una noticia en el celular. Habla de un ciudadano de nuestra localidad que fue detenido por la policía. Lo conozco, sé que está en tratamiento por una patología psiquiátrica, pero también sé que no es una mala persona. Un golpe directo a mi interior, porque lo aprecio y siento mucho afecto hacia él. Lo conozco desde hace más de 15 años, donde la vida nos cruzó en circunstancias distintas. Las enfermedades de la mente cambian a las personas. Me resulta difícil aceptarlo, me resulta difícil comprenderlo. Su caminar, su forma de hablar, sus gestos; todo sigue igual, pero hay un rictus distinto en su rostro. ¿Por qué me cuesta tanto, porque trato de evadirlo, de soslayarlo? Para nada justifico una mala acción y quien se siente perjudicado, está en todo su derecho de reclamar y pedir justicia. Lo que quiero plantear es otra cosa. Que si bien nos interpela como individuos, nos plantea con más fuerza, a todos como sociedad. ¿Cómo abordamos como comunidad, los problemas de vecinos con trastornos de salud mental? ¿Quién se hace cargo? ¿Los encerramos “para que no jodan más”, lo deportamos a una institución distante “para que otros se hagan cargo”, los mandamos al hospital donde “deambulan por los pasillos o se escapan por la puerta del frente”? ¿Miramos para otro lado? ¿Levantamos las ventanillas en el semáforo? ¿Esperamos a que tenga un desenlace fatal? ¿o mejor no hablamos del tema?


Estamos en tiempos de pandemia y hay algunos datos poco visibilizados por la población. Sólo tres de tantos más. 1) El consumo de psicofármacos (antidepresivos y ansiolíticos) aumentaron en argentina en el último año. 2) En la población adolescente hay datos críticos; en Entre Ríos durante el año 2020 se registraron 203 llamadas al 911, relacionadas a tentativa de suicidio. 3) En el otro extremo de la vida, los adultos mayores ven afectada su calidad de vida, por la tristeza, la incertidumbre o la soledad; lo que se traduce en una serie de síntomas como apatía, melancolía, modificaciones del sueño, irritabilidad, llanto, ansiedad, tristeza, entre otros.
Ante tanta problemática abrumadora, buscamos entonces sacarnos de encima la responsabilidad como ciudadanos, buscando encontrar en otros (instituciones de Seguridad, de Salud o de Justicia) un culpable a quien indilgar por la falta de respuestas. “No es mi problema. No me corresponde. No me interesa porque a mí no me pasa”. Ahí termina todo y entonces nos sentimos tranquilos. Somos conscientes que se trata de situaciones complejas, que reúnen otras problemáticas asociadas, que no tiene causas o detonantes únicos y que se hace difícil el abordaje. Hoy después de terminar una cirugía y camino a mi consultorio, pasé por el Juzgado y pedí para conversar con el Juez de Familia, esta tarde trataré de comunicarme con el médico psiquiatra. Pero la angustia sobrevuela la siesta. Espero fervientemente que esto se pueda encausar; aunque sea uno de los «tantos» que hay.


Por último, invito a reflexionar sobre el tema. No a polemizar o a discutir. Podemos tratar de buscar consensos para soluciones del conjunto o sino, como dice una vieja canción de Sumo del año 1985 “mejor no hablar de ciertas cosas”.