Los juegos virtuales, están por todas partes y al alcance de todos los que quieran divertirse. Siendo los más jóvenes los que más los utilizan, por considerarse con permiso para hacerlo al estar más cerca de la niñez. También lo están las sustancias legales e ilegales invitándolos para ser consumidas, prometiendo lo mismo.
Pudiéndose concluirse, por lo que se logra ver en el horizonte de ese lúdico mercado de los juegos virtuales consumibles desde las tecnologías de las pantallas, que los mismos aumentarán en el futuro en cantidad y en calidad. Refiriéndome a la calidad, a la capacidad de atrapar, de enganchar y de motivar a jugar sin poder parar. Es decir, de volverse tanto o más adictivos que las mismas sustancias que provocan esos mismos efectos a través de su ingesta.
Sustancias estas, solo consideradas por ahora ilegales, pero corriendo vientos favorables para su legalización. Con la ilusión y la justificación de que de esta manera, se le daría un golpe fulminante al narcotráfico, como se pretende realizar en el vecino Uruguay. Pretendiendo disputar de esta manera, los adictos clientes, mediante la construcción de una organización estatal proveedora de sustancias. Pretendiendo arrebatarles de esta manera a los mafiosos su mercado, con la promesa de observarse con el tiempo resultados. Dudosos resultados que estarían por verse, ya que los narcotraficantes no contemplarán este despojo de brazos cruzados.
Mostrándose impotentes la familia y la sociedad, por lo que se observa, para disuadir a sus hijos menores de que se abstengan de ingresar al consumo de sustancias. Llegando a considerarlo desde un principio, como una batalla perdida. Batalla considerada perdida, desde el mismo momento en que la sustancia de la que se trate llegue por cualquier medio a las manos de sus hijos menores, los que en la enorme mayoría de los casos se encuentran siempre dispuestos a experimentar, a gozar de la diversión, del entretenimiento y de la evasión. Conductas que no pueden modificar con la ingesta desmedida de alcohol. Sustancia que consumen profusamente en sus propias casas, delante de sus propios padres, antes de arribar a los sitios bailables. Consumos estos que se conocen como previas. Rituales ya incorporados, naturalizados y considerados normales para la época.
Es decir que desde muchos lugares se atenta contra la cultura del esfuerzo y del trabajo. Cultura a la que todos tuvimos y tenemos que acudir para atrapar los conocimientos que pretendemos incorporar y para ganar los dineros que necesitamos obtener para poder vivir. Esos valiosos conocimientos que resultan difíciles de aprehender, pero que una vez incorporados nos posibilitan interactuar racional, creativa e inteligentemente con la realidad. También para ganar decentemente los dineros que nos posibiliten vivir con dignidad junto a quienes componen nuestro grupo familiar.
Tal es la fuerza márquetinera utilizada, que logran fácilmente convencer, a quienes siempre están dispuestos a dejarse penetrar por las novedosas ideas que se ponen de moda. Ideas estas, que los intereses económicos introducen entre las personas que integramos el mercado, como tendencias. Al igual como lo hacen con los objetos o con los servicios que se venden para lograr primeramente convencer a los más fácilmente convencibles. Para que a su vez, estos, se comporten como una masa crítica, que presiona sobre el resto de su entorno como si fueran una avanzada hacia el consumo de lo último que se introdujo en el mercado. Haciendo lo mismo, de manera inmoral con los niños, transformándolos en vendedores de sus productos dentro del entorno familiar.
Llegado a este punto, cada vez pareciera que lo que están queriendo conseguir, es facilitar la posibilidad de incorporar a los que se sobre-adaptan a estos estímulos, al conjunto de los que quedaron excluidos de la sociedad productiva. Atrapando a los más proclives de dejarse convencer, para luego conducirlos a transitar por el camino del atajo. Brindándoles, entre la diversión permanente y las sustancias, la llave que conduce sin etapas a un futuro de exclusión. Eso sí, lentamente, para que no puedan advertirlo.
Evidentemente, la familia y la escuela tendrían que transitar por el camino opuesto a esto que propone la sociedad. Aunque muchas veces, lamentablemente, quienes tendrían que tener las cosas claras, por pereza intelectual, se desentienden. Dejándose fácilmente llevar por la corriente de la superficialidad, sin siquiera realizar un mínimo intento por detenerse, aunque sea por un instante, a reflexionar. Sumándose de esa manera a la caravana de la malentendida “felicidad”. Una “felicidad” tan inmediata como efímera, que supone vivir solo un presente distendido, desentendiéndose desaprensivamente de lo que se está construyendo hacia el futuro, con esta presente realidad.
Quienes cayeron en la trampa de la diversión y la búsqueda permanente de la satisfacción, luego de advertido su error. Se consolarán con que fueron ellos mismos quienes optaron transitar por el atajo. Restándoles responsabilidades a quienes en realidad las tienen. Siendo directamente responsables, tanto quienes transmitieron la conveniencia de obviar el verdadero camino, que siempre implica esfuerzo y sacrificio. Como quienes incurriendo en similar irresponsabilidad no advirtieron, de las consecuencias nefastas que se logran al tomar por el desvío engañoso del atajo.
(La Nota digital)













