En otras épocas donde transcurrió mi niñez, recordamos los de mi generación muy nítidamente, como eran las cosas en aquellos tiempos. En aquellos tiempos, donde como siempre convivían con los pibes que integrábamos una familia que funcionaba, aquellos pibes de la calle.
Esos pibes que por distintas circunstancias no estaban bajo la tutela permanente de su madre, casi siempre por cuestiones que hoy conocemos como las que afectan a las familias disfuncionales. Aquellas familias que se encuentran en riesgo social, por distintas razones y circunstancias.
Los que no vivíamos en la calle, es decir los que estábamos incluidos en una familia, debíamos cumplir estrictamente con nuestras obligaciones escolares. Sin dejar de observar, además, las estrictas normas que establecía el padre de familia. Quien en aquellos tiempos, lideraba el grupo familiar, con autoridad. Actitud que era secundada por la madre, es decir por su mujer, quien jamás desautorizaba ni mucho menos desafiaba la autoridad del padre delante de sus hijos. Quien cuando advertía que las cosas podrían írsele de las manos por algún desborde de estos. Les recordaba que contaría con detalle el proceder desviado al padre, cuando volviera del trabajo. Recordatorio que los ponía nuevamente en vereda, para evitar las consecuencias correctivas a las transgresoras desviaciones.
También, esta autoridad derramaba sobre la maestra de escuela, la que comunicaba a las respectivas madres nuestras acciones, quejas que se transferían inmediatamente a sus respectivos maridos. Los que tomaban rápidamente las acciones correctivas, sin desautorizar jamás a la maestra. Inclusive cuando se advirtiera que esta, estaba cometiendo una injusticia.
Por supuesto, que los pibes de la calle, adquirían rápidamente una aparente capacidad para resolver las problemáticas que se les presentaban, además de alcanzar sus objetivos velozmente, casi siempre conduciéndose por el atajo.
Hoy ante los cambios tecnológicos que se han incorporado a la sociedad, los pibes de la calle se educan de esa manera en su propia casa, cuando se encuentran solos frente a los medios masivos de comunicación y conectados a Internet, también en soledad, por largas horas. Su apariencia es la de pibes inteligentes y despiertos. Aparentemente rápidos, pero que no aprenden los rudimentos mínimos para desempeñarse en la vida, en su paso por las aulas.
Tienen como los pibes de la calle de entonces, la rapidez del vuelo de las perdices, ese que a poco de volar se acaba.
Mientras los límites y el respeto a las normas que no incorporaron en la parte inicial de sus vidas, se los terminará imponiendo la realidad. Una realidad que actúa impiadosamente con quienes se creen que pueden permanentemente desafiarla. Malográndose en la inmensa mayoría de los casos, esos pibes de la calle.
(La Nota digital)













