Los ni-ni son jóvenes adolescentes que no estudian ni trabajan. Al no estudiar ni trabajar no están insertos en ninguna organización de la sociedad donde desarrollen alguna actividad productiva. Al no pertenecer a ningún estamento de la sociedad, no responden a ninguna norma ni a ninguna autoridad.

Si bien no trabajan y por lo tanto no tienen medios económicos para sostener las demandas propias de toda persona joven, es evidente que consumen los bienes y servicios como el resto de las personas que trabajan, o de aquellas que trabajan y estudian. La pregunta es: de donde obtienen los dineros para sostener sus consumos?. Los que están insertos en una familia con medios económicos, los obtienen de los componentes de la familia. Los que no tienen esas posibilidades, buscan otros caminos alternativos. Lo que explica, buena parte de los hechos de inseguridad que afligen a la sociedad en su conjunto.

Una parte de ellos, que no me atrevo a dimensionar, por no contar con datos concretos, son consumidores de sustancias lícitas como el alcohol en todas sus variantes, e ilícitas como las conocidas comúnmente como drogas. Siendo los proveedores de las segundas quienes tienen sobre ellos una gran autoridad. Precisamente porque son los proveedores de las sustancias que más los esclavizan y someten. Fundamente porque al interrumpir su consumo les provoca lo que se conoce como el síndrome de abstinencia. Síndrome de abstinencia, que los impulsa a conseguir la sustancia de cualquier manera.

No es difícil imaginar que al no contar con dinero, estarán siempre dispuestos a realizar “trabajos” por encargos, fuera de la Ley. Los que les permitirán hacerse de dinero o de sustancias, como pago por sus servicios realizados. Estos “trabajos” les permiten obtener pagas mucho más elevadas que las que obtendrían por su desempeño en un puesto de trabajo de los que se encuentran en el mercado laboral. Por supuesto que estas mayores remuneraciones se corresponden con los mayores riesgos de todo tipo, que implica realizarlos. Riesgos que están dispuestos a correr, por no valorizar como debieran su propia vida.

Distintos articulistas de los distintos periódicos del ámbito nacional. Sugirieron unos y aseveraron otros, que en los saqueos realizados estos últimos días, fueron los dilers, como se los conoce en la jerga a los comerciantes minoristas de sustancias, quienes habrían proporcionado la logística en los ataques sobre los supermercados. Realizando los grupos por ellos comandados, las tareas de producir las roturas de persianas y accesos, para que posteriormente avanzaran las otras personas que habían concurrido al lugar, convocadas por los punteros barriales. Bajo la promesa de que se les entregarían bolsones con distintos productos.

Esos grupos, de alta peligrosidad, por su escaso aprecio por la vida propia y por la ajena. Pueden ponerse en funcionamiento de un momento para otro, cuando sean convocados por sus proveedores de sustancias. Los que a su vez pueden ser contratados, por los sectores interesados, capaces de provocar lo que provocaron. Arrastrando, detrás de sí, a una población carenciada, que depende para su supervivencia de la ayuda permanente.

Es evidente que es tarea del Estado, darle formato a sus vidas, conduciéndolos hacia el trabajo decente y hacia la capacitación en oficios para que puedan tener la oportunidad de una salida laboral lo más rápidamente posible. Disputándole de esta manera el liderazgo que sobre ellos ejerce el narcotráfico. Ya que por la cultura por ellos adquirida, es muy difícil que formen parte de la plantilla de cualquier empresa.

De fracasar en ese intento, por parte del Estado. El sistema democrático corre un peligro permanente. Ya que la presencia de cientos de miles de jóvenes de esta condición, atentará constantemente contra la estabilidad del sistema democrático.

Es decir, que es el Estado quien los reencauza, o es el crimen organizado quien los irá incorporando lentamente a sus filas. Pudiéndose materializar en el futuro, si ya no existen en la actualidad, organizaciones similares a las conocidas como las Maras, que operan en los países centroamericanos.

Eugenio García

(La Nota digital)

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