Es muy difícil saber de dónde salen las creencias que terminan haciéndose carne entre nosotros, ya que es muy dificultoso tener ese dato a ciencia cierta. Creencias que al tenerlas incorporadas, direccionan nuestro accionar, provocando respuestas automáticas ante un determinado estímulo. Actuando sobre nuestra subjetividad como si fuéramos robots. Provocando también, respuestas colectivas espontaneas. Resultándonos mucho más fácil para descubrir de donde se emiten esos mensajes, el comprobar quienes son los beneficiarios de las consecuencias de sustentar estas creencias.
En ese sentido, deberíamos preguntarnos: ¿a quienes beneficia que los egresados de la escolaridad secundaria de nuestro sistema educativo no sepan interpretar lo que leen?. Ya que eso es lo que está sucediendo con la mitad de los que egresan con “éxito” de las aulas con un certificado que acredita haber completado sus estudios secundarios. Datos que por otro lado están corroborados por las universidades donde estos egresados luego ingresan como alumnos regulares, integrando su matrícula. Donde ese desempeño deficiente se pone de manifiesto en el desarrollo de su actividad en las aulas. Según puede comprobarse haciendo clic en el enlace: Leer y escribir en el nivel superior.
Para encontrar los beneficiarios, primeramente, deberíamos ir descartando a quienes no se benefician con esta realidad. Siendo sus familias, las que de ninguna manera se ven beneficiadas con la falta de incorporación de estos conocimientos que deberían haber incorporado sus hijos, durante los trayectos educativos. Ya que esa falta de conocimientos les impediría, luego de egresar, tener un desempeño acorde con el grado de escolaridad alcanzado. Desempeño demandado por los puesto de trabajo, que ellos, no serán capaces de alcanzar. Por lo que es muy posible que dejen de pertenecer a la empresa donde se encuentran desempeñándose, al no satisfacer las expectativas por las cuales fueron contratados.
Tampoco es al Estado, quien ha invertido mucho dinero en su educación, a quien le conviene que los egresados de su sistema educativo presenten falencias tan marcadas, precisamente en no poder entender adecuada y convenientemente, lo que leen. Ya que el Estado, cuando invierte dinero en educación, espera que el desempeño de sus egresados alcancen niveles elevados como para que su posterior accionar en la sociedad, genere riquezas y solucione los problemas que se presentan como obstáculos para el correcto evolucionar del conjunto de la sociedad.
Por lo tanto haber introducido la creencia de que la escuela debe enseñar a “aprender a aprender” como si esta fuera una fórmula mágica que permitirá incorporar luego los conocimientos que puedan interesarle a las personas, sin hacerlo sobre algo concreto, es decir, no aprendiendo concretamente nada, es una creencia tan improductiva como inconducente. Sucediendo lo mismo, con la creencia de que los conocimientos son un impedimento para la correcta educación, además por entender que estos, impiden que aflore la tan ansiada creatividad. Una creencia tan difundida como nefasta y errónea.
A quienes seguramente les conviene son a nuestros competidores, que pueden seguir vendiéndonos productos que no somos capaces de producir porque no contamos con la mano de obra adecuadamente capacitada. O porque nuestros estándares de calidad son más bajos y nuestros precios más altos.
También les conviene, a los proveedores de tecnología producida en los países centrales, debido a que esta, reemplaza con ventajas a la mano de obra en la mayoría de las tareas repetitivas que integran un menú. Tecnologías estas que nosotros no producimos por no tener el capital humano adecuado.
Toda esta realidad, luego impacta sobre el Estado, quien tiene que hacerse cargo de las problemáticas que representa una masa laboral que no es capaz, entre otras cosas, de sostenerse en un puesto de trabajo, deteriorando la productividad del país.
(La Nota digital)













