Los que seguimos con preocupación de cerca a la educación y observamos su declinación y sus escasos resultados, debido a una multiplicidad de causas que no están solamente dentro de la escuela.
Pensamos que la misma, tal cual la conocimos en otra época, irá desapareciendo de a poco. Mostrando cada vez más un nuevo rostro, totalmente desconocido. Un nuevo rostro que se va bosquejando como un anticipo de lo que finalmente se consolidará.
Mientras tanto, irá soportando una larga agonía, hasta que en un determinado momento esa agonía finalmente acabe. No en el sentido esperanzador de que llegado a un límite rebote hacia una mejoría. Sino en el sentido de conducirse definitivamente hacia terminar expirando.
Es, que al deterioro que se observaba, ahora se le ha sumado el miedo. Ese miedo de tener que soportar en algún momento una agresión física que termine por mandarlo como docente, a parar con su humanidad a un hospital. Un miedo que a veces es utilizado como justificativo para no operar en medio de una situación difícil, dejando de asumir los compromisos. Pero que otras veces, el miedo es sentido con tal intensidad, que llega hasta enfermar.
Es así, que para evitarse problemas con las bajas notas, se toma el atajo de colocar solamente buenas notas. Para de esa manera no tener que soportar problemas vinculados a la violencia. Es decir que ahora, quienes sacan buenas notas, ya no son solo los más aplicados, sino que además se agregan los más conflictivos. Esos, que los docentes se los quieren sacar de encima, para no tenerlos que ver nuevamente, ni siquiera en una mesa de examen. Porque las amenazas ya les llegaron. Y del dicho al hecho, últimamente, hay poco trecho.
Finalmente, la escuela terminará siendo como una barca de pescadores. Dentro de ella habrá pescadores que cobrarán sus presas y también los que no pescarán nada. Todos saldrán de la barca con buenas notas, pero con diferencias notables en cuanto a lo que lograron capturar.
Luego, deberán enfrentarse con la realidad cotidiana, con el mercado laboral implacable que seguramente actuará con mucha menos piedad que el docente más exigente y con mucha menos tolerancia que la del docente menos tolerante.
Después de todo, nunca nadie golpeo a un docente porque su hijo no aprendió nada. Los padres solo exigen que sus hijos aprueben y terminen el trayecto educativo sin conflictos y con el certificado de estudios bajo el brazo. Logrando finalmente ese objetivo buscado, por las buenas, y si así no funciona, por las malas. Es decir, a fuerza de amenazas, trompadas, insultos y otras agresiones. Alcanzando lo mismo, pero por los otros medios utilizados por las patotas.
Objetivos que no se lograron por falta de contracción al estudio y por rehuir el compromiso que implica estudiar esforzadamente, para atrapar y aprehender los conocimientos valiosos que luego permitirán desempeñarse en la vida, con posibilidades de éxito. Conduciéndonos, inexorablemente, hacia el final de la escuela como la conocimos décadas atrás. Aquella, que otorgaba títulos que certificaban competencias y formaba en el respeto a la autoridad y a la jerarquía. Cuestiones imprescindibles para integrarse a la sociedad productiva.
(La Nta digital)













