Durante varias décadas, en nuestra sociedad, fue deteriorándose todo lo relacionado con el esfuerzo imprescindible que deben realizar las personas escolarizadas para adquirir conocimientos.
Siendo los conocimientos más importantes los que más esfuerzos demandan para ser incorporados. Conocimientos que para ser aprehendidos, requieren de inversión de tiempo y de la contracción al estudio de quienes tienen que incorporarlos, para poder seguir avanzando en el sistema educativo. Además, simultáneamente, se empezó a diluir toda la autoridad relacionada con la educación de los hijos dentro de las familias, confundiendo la autoridad imprescindible para liderarla, con el detestado autoritarismo. La dilución de la figura paterna dentro de la familia y el alejamiento de la mujer del hogar cumpliendo tareas laborales y disputando el poder dentro de la familia, en función de los ingresos que ella también aporta, fueron creando un ambiente apto para que los hijos avancen sobre el espacio de poder titubeante y en casos extremos, absolutamente vacante. Es así como se fue consolidando una simetría dentro de las organizaciones familiares, igualando artificiosamente a todos sus integrantes, como si formaran parte de un gobierno parlamentario. También dentro de la escuela entre los educadores y los educandos fue sucediéndose el mismo fenómeno. Una transformación de la familia y de la escuela impulsadas por intereses concretos, que vieron la posibilidad de beneficiarse con lo que estaba sucediendo. Llegándose al extremo de observar, como personas absolutamente carentes de experiencia como son los pre-adolescentes ingresantes al nivel secundario, quienes además no tienen los conocimientos para opinar sobre las cuestiones que desconocen, cuestionaran, cuestionen y se resistan, a incorporar los contenidos de las distintas asignaturas, por considerar que esos contenidos no les servirán en su futuro laboral o profesional. Por supuesto que los conocimientos más cuestionados, son los que más contracción al estudio requieren y los que mayor esfuerzo personal demandan. Es decir que estamos desde hace décadas, frente a un facilismo en extremo preocupante. Concretamente, para revertir este proceso decadente, tanto la sociedad como la escuela deberán desandar el camino por donde avanzaron equivocadamente, porque la necesidad de incorporar personas correctamente formadas no encuentra satisfacción entre los egresados de las escuelas y colegios secundarios. Siendo esta carencia un enorme obstáculo que hipoteca nuestro futuro productivo, por carecer del recurso humano adecuado para que sea posible pensar en realizar inversiones productivas que generen trabajo y una demanda sostenida de incorporación de mano de obra a los procesos productivos de todo tipo. Es decir que, concretamente, los nuevos egresados son cada vez menos aptos para cubrir con éxito un puesto de trabajo de mediana complejidad. El comienzo, deberá pasar necesariamente por aceptar aprender matemática y lengua de la manera que mejores resultados hayan ofrecido en el pasado. Aplicando las metodologías que lograban que una persona que había terminado la escuela primaria, lo hiciera sabiendo escribir correctamente y realizando además las operaciones matemáticas básicas de una manera eficiente. Generando una base muy sólida, sobre la que seguir edificando el conocimiento más complejo. Esto deberá forzosamente hacerse, aunque el cambio de rumbo no sea compartido por los abanderados de las nuevas pedagogías y metodologías que suenan muy lindo como aspiración, pero que no logran resultados concretos. Seguramente, lo requerido por la realidad del fracaso educativo observable no se corregirá de acuerdo con lo que están demandando los pobres resultados obtenidos, continuándose con la profundización por el rumbo equivocado adoptado hace décadas. Algo que seguirá incrementando el daño apuntado, hasta quien sabe cuando.
(La Nota digital)













