O. Cuartango
La lista de unidad alcanzada en la interna del PJ bonaerense, encabezada por el gobernador Axel Kicillof y la vicegobernadora Verónica Magario, constituye un paso político significativo.
Sin embargo, su valor real dependerá de la capacidad del partido para extender ese espíritu de acuerdo a los 32 distritos donde la unidad aún no se logró y se presentaron dos o más listas aspirantes a conducir el partido localmente. Consolidar lo conseguido en la cúpula sin resolver la fragmentación en la base territorial sería una victoria a medias.
La responsabilidad de oficializar o rechazar esas listas recae sobre la Junta Electoral partidaria, que viene dilatando su resolución mientras se barajan alternativas preocupantes: desde presiones sobre candidatos para que renuncien a sus postulaciones hasta la eventual exclusión de aquellas listas integradas por dirigentes que compitieron fuera del frente peronista en las elecciones de 2025, como sucedió en Esteban Echeverría y Tigre, entre otros distritos.
Esa última opción sería un error político de magnitud. Excluir a quienes en algún momento tomaron caminos distintos —en muchos casos como respuesta a internas mal resueltas o a la falta de espacios de participación— no solo contradice el espíritu de unidad que se proclama, sino que achica el partido en el peor momento posible. El peronismo atraviesa una racha electoral adversa y necesita ampliar su base de sustentación, no purgarla. Castigar la disidencia pasada con la exclusión presente es una lógica que históricamente le ha costado caro al movimiento. La unidad que vale es la que se construye integrando, no la que se impone descartando.
Por eso, el camino correcto es agotar la vía del diálogo para replicar en esos 32 distritos lo logrado en la lista provincial: integrar en una única nómina a los candidatos de todas las fuerzas que se hayan presentado, reconociendo que la diversidad interna, bien gestionada, es una fortaleza y no una amenaza.
Un ejemplo concreto y auspicioso de ese enfoque se dio en General Pueyrredón, cabecera de la Quinta Sección Electoral y uno de los distritos más complejos por su peso político y su tradición de faccionalismo interno. Allí, el gobernador Kicillof —a través del Movimiento Derecho al Futuro— y Rodolfo Manino Iriart —candidato a presidente por Peronismo Marplatense, una de las tres listas en pugna— alcanzaron un acuerdo para unificarse bajo la consigna «Unidad con Identidad». El nombre elegido no es casual: expresa una síntesis posible entre la cohesión necesaria y el reconocimiento de las identidades particulares que conviven dentro del peronismo.
El lugar donde se selló el acuerdo tampoco lo fue. Reunirse en la casa natal del General Perón, hoy museo histórico en la ciudad de Lobos, fue un gesto cargado de simbolismo: remitir al origen fundacional del movimiento para resolver una disputa del presente es una manera de recordar que el peronismo fue, desde sus inicios, una construcción de síntesis y no de exclusión.
«El gobernador y futuro presidente del PJ nos convocó a sumarnos a la construcción de lo que viene. Creemos que en este momento el peronismo debe actuar con grandeza y humildad, sobre todo frente al avasallamiento de derechos que están llevando adelante las políticas de Javier Milei», expresó Iriart. La referencia al contexto nacional no es un recurso retórico menor: en un escenario donde el gobierno de Milei avanza sobre derechos conquistados, la fragmentación opositora no es solo un problema organizativo del PJ, sino una debilidad estructural que beneficia directamente al oficialismo. Un peronismo dividido es funcional al proyecto que dice combatir.
El acercamiento fue posible gracias a una serie de conversaciones previas con referentes provinciales, entre ellos el diputado Mariano Cascallares, futuro secretario general del PJ Bonaerense, lo que revela que la unidad no cayó del cielo, sino que fue el resultado de un trabajo político paciente y deliberado. Ese es precisamente el método que debería replicarse en los distritos restantes.
«Encontramos en su propuesta una señal clara de apertura hacia quienes tenemos representación territorial. La unidad no es uniformidad; decidimos aportar desde nuestra propia identidad», señaló Iriart. Esta distinción es conceptualmente importante: confundir unidad con homogeneidad ha sido uno de los errores recurrentes del peronismo en sus etapas de declive. Un partido que solo acepta voces unánimes termina perdiendo el contacto con la complejidad de los territorios que pretende representar.
«Muchos sectores con experiencia y capacidad de gestión no habían sido tenidos en cuenta. Hoy se abre una etapa diferente. La gestión debe defenderse y lo que esté mal debe corregirse con responsabilidad», agregó el dirigente marplatense. Esta autocrítica implícita es valiosa: la renovación interna no puede ser cosmética. Integrar sectores que antes fueron marginados tiene sentido solo si va acompañado de una revisión honesta de los errores cometidos y de un compromiso genuino con la mejora de la gestión.
Lo ocurrido en General Pueyrredón debe ser el punto de partida, no la excepción. Para los distritos donde el diálogo no alcance, la Junta Electoral debería habilitar la competencia entre todas las listas que subsistan, con plena amplitud y sin exclusiones. Una interna limpia, transparente y participativa no es una señal de debilidad: es una muestra de vitalidad democrática. El peronismo tiene una larga tradición de dirimir sus diferencias en las urnas y de salir fortalecido de ese proceso cuando lo hace con reglas claras y respeto por el resultado.
La renovación electoral de 2027 se acerca con un escenario desafiante. Enfrentarla fragmentados sería regalarle al adversario una ventaja que no se merece por mérito propio. La unidad con pluralidad —ese equilibrio difícil pero posible que el acuerdo de General Pueyrredón prefigura— es la única apuesta que tiene sentido hacer.
(*) integrante del Grupo Descartes y del Movimiento Derecho al Futuro — MDF













