Daniel manejaba apurado su moto. El tránsito de la mañana todavía no había explotado del todo, pero ya estaba cargado de bocinas, colectivos que frenaban de golpe y motos que se filtraban entre los autos. Yo iba atrás, mirando la ciudad pasar como una película gris de edificios, carteles y cables. Era un viaje corto. En un momento Daniel habló. No mucho. Apenas unas palabras, dichas como quien hace cuentas en silencio. “Tengo que juntar más antes del vencimiento de la luz”, me dijo. Después volvió a mirar el celular sujeto al manubrio. Otro viaje, quizás dos más antes del mediodía. La escena dura unos minutos, pero tiene algo de radiografía: un gesto cotidiano que condensa una sensación extendida —trabajar más, correr más, calcular cada gasto. Respirar corto. Llegar.

A cuatro meses de las elecciones legislativas, la economía argentina se mueve hacia un abismo para las y los trabajadores. La inflación, que había superado el 200% en 2023, comenzó a desacelerarse: cerca del 118% en 2024, alrededor de 35 o 40% durante 2025 y registros recientes en torno al 33% anual. El gobierno presenta esa curva descendente como el corazón de su programa económico. En términos estrictamente macroeconómicos, la tendencia es evidente. Pero la estabilización de los precios no siempre se traduce en alivio para la vida cotidiana. Los salarios intentaron acompañar el ritmo con paritarias cercanas al 2 o 3% mensual, aunque todavía arrastran pérdidas acumuladas de poder adquisitivo. En otras palabras: los números mejoran más rápido que las vidas. Mientras el gobierno celebra el descenso de la inflación como prueba del éxito del ajuste, buena parte de la sociedad sigue reorganizando gastos, postergando consumos y multiplicando trabajos para sostener un equilibrio cada vez más frágil.

El mercado laboral agrega otra capa a ese paisaje. El empleo registrado ronda los 12,9 millones de trabajadores, pero distintos informes señalan que en los últimos años se perdieron cientos de miles de puestos formales, especialmente en la industria y la construcción. La actividad manufacturera cayó cerca de un 8% entre 2024 y 2025, con cierres de pequeñas empresas y comercios que no lograron sostener el nivel de ventas. Al mismo tiempo, otros sectores muestran dinamismo: el agro recuperó producción tras la sequía, la minería expande proyectos ligados al litio y el sector energético avanza impulsado por Vaca Muerta. Las exportaciones rondan los 87 mil millones de dólares y el superávit comercial supera los once mil millones. El problema no es que esos sectores crezcan, sino que el programa económico parece apoyarse casi exclusivamente en ellos. Se consolida así una estructura cada vez más orientada a generar divisas hacia afuera, mientras el mercado interno —históricamente el gran motor del empleo urbano— se debilita.

Esa orientación no es sólo una consecuencia económica sino el resultado de una decisión política. El gobierno eligió priorizar el equilibrio fiscal y la estabilización de precios aun cuando eso implicara una fuerte caída del consumo, el cierre de empresas y la pérdida de ingresos para amplios sectores sociales. La apuesta oficial sostiene que primero deben ordenarse las cuentas del Estado y luego llegará la recuperación. Pero esa promesa convive hoy con un deterioro visible del trabajo y del poder adquisitivo. Cuando el viaje terminaba, Daniel volvió a mirar el celular. Entró otro pedido. “Bueno, sirve”, dijo, casi para sí mismo. Frenó al costado de la calle y apoyó un pie en el asfalto. Lo saludé y bajé de la moto. Mientras se alejaba entre el tránsito pensé que esa distancia entre los números que celebra el gobierno y la vida cotidiana que atraviesan muchos trabajadores no es un accidente del programa económico: es, precisamente, uno de sus costos más visibles.

J. Noriega

imagen. IA

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