Me sorprendió enterarme de que Iris había repetido cuarto año. No coincidía con la imagen que uno arma rápidamente desde afuera: siempre presente, integrada al grupo, parte del ritmo habitual del aula. En pleno tiempo áulico me acerqué y le pregunté por qué. Sin dejar de mirar el celular, levantó la mano derecha y señaló hacia el curso de al lado. “Ahí va mi novio”, dijo, y volvió a conversar con su compañera de banco. La escena ocurrió dentro de una escuela pública estatal de Entre Ríos. Duró apenas segundos, pero dejó una intuición persistente: la repitencia no se explicaba solo por materias pendientes. La escuela era, antes que nada, el lugar donde su vida social estaba sucediendo.
Los datos provinciales permiten leer esa escena en escala más amplia. En Entre Ríos, alrededor del 75% de los estudiantes secundarios asiste a escuelas de gestión estatal. Allí se concentran también los mayores niveles de repitencia y sobreedad. Informes educativos recientes del CGE muestran tasas de repitencia cercanas al 11-12% en la secundaria estatal, mientras que en la gestión privada subvencionada se ubican alrededor del 4-5% y en la privada independiente por debajo del 3%. La brecha no responde únicamente a diferencias pedagógicas: refleja condiciones sociales previas. Las escuelas estatales reciben mayor proporción de estudiantes provenientes de hogares con ingresos inestables, trayectorias laborales precarias y menor capital educativo familiar.
Las expectativas juveniles y familiares también ayudan a comprender el fenómeno. En entrevistas y relevamientos provinciales aparece un consenso silencioso: terminar la secundaria sigue siendo indispensable, pero ya no asegura empleo estable. Muchas familias ven la escuela como resguardo frente a un mercado laboral restrictivo; los jóvenes, en cambio, la viven como espacio de vínculos, identidad y pertenencia. En Entre Ríos, donde el empleo juvenil formal es limitado y buena parte de las primeras inserciones laborales ocurre en comercio informal, servicios o trabajos temporarios, permanecer en la escuela —incluso repitiendo— funciona como estrategia social razonable antes que como fracaso individual.
La comparación entre gestiones educativas vuelve visible una transformación más profunda. Las trayectorias más lineales de la educación privada suelen apoyarse en entornos familiares con horizontes laborales previsibles. La escuela estatal, en cambio, asumió una función ampliada: enseñar contenidos y, al mismo tiempo, sostener tiempos juveniles en contextos de incertidumbre económica. Allí la secundaria opera como institución híbrida: espacio pedagógico, red de cuidado y dispositivo que regula la transición hacia una adultez cada vez más postergada.
Tal vez por eso la respuesta de Iris resultaba tan reveladora. No habló de notas ni de exámenes; señaló un vínculo. Esa escena permite formular una hipótesis incómoda pero cada vez más visible en Entre Ríos y en América Latina: la expansión de la educación secundaria no solo expresa inclusión educativa, sino también la incapacidad del mercado laboral para ofrecer horizontes tempranos de autonomía juvenil. La escuela ya no retiene únicamente porque enseña, sino porque afuera todavía no hay lugar. Y entonces la repitencia deja de ser solo un problema escolar para convertirse en una señal social: cuando el futuro se vuelve incierto, la escuela pasa a ser el último territorio donde el tiempo joven todavía puede quedarse.
J. Noriega
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