El 24 de marzo de 1976 quebró la historia argentina. Un golpe militar derribó un gobierno electo y estableció un régimen de represión sistemática, desapariciones forzadas y centros clandestinos. Hoy, la prensa rememora aquel período mediante crónicas, homenajes y testimonios de sobrevivientes. Ricardo Kirschbaum, que publica en Clarín, en su columna Cuando se inició la larga noche, ofrece una lectura que, aunque aparenta conmemorar, reproduce la tradición comunicacional que históricamente ha servido a la consolidación de consensos hegemónicos y a la gestión del registro histórico. La continuidad de ciertos medios que apoyaron la dictadura sugiere que no solo rememoran: actúan como mediadores que deciden qué destacar, qué relegar y qué silenciar, estructurando la percepción social del pasado y orientando la interpretación del presente.
Durante la dictadura, periódicos como Clarín y La Nación funcionaron como agentes políticos: presentaban la violencia como “conflictos internos”, exaltaban la estabilidad institucional y reducían los desaparecidos a cifras impersonales. Cada editorial moldeaba la percepción social, establecía marcos interpretativos y guiaba debates públicos. Hoy, al reconocer a los afectados y fomentar el recuerdo, estos medios continúan actuando: determinan qué sucesos se priorizan y qué versiones históricas se consolidan. La hegemonía no desaparece con el fin de la dictadura; se transforma y circula a través de la selección informativa y la orientación de la atención colectiva hacia relatos que organizan la comprensión histórica y la interpretación social compartida.
La cobertura contemporánea combina homenaje con análisis público. Movilizaciones, juicios y declaraciones de organismos de derechos humanos conviven con disputas políticas y nuevas lecturas históricas. La prensa media la reconstrucción social: decide qué se considera relevante, qué recordar y qué omitir. Cada énfasis y cada silencio condiciona la interpretación comunitaria y dirige la lectura del pasado. Rememorar no es pasivo; constituye un acto ético y colectivo que sitúa a la sociedad dentro de la historia, interpelando su participación en la generación de sentido y en la preservación de relatos compartidos.
La violencia de la dictadura y la valorización financiera que le siguió no son fenómenos abstractos. Se perciben en desigualdades, tensiones persistentes y decisiones cotidianas. Lo estructural se entrecruza con la experiencia, y las versiones oficiales y los testimonios sociales se tensionan y se revelan. Cada cobertura, cada noticia, cada columna forma parte de un entramado donde los comunicadores actúan, pero también nosotros: nuestra atención, interpretación y elección colectiva determinan qué relatos sostener y cuáles cuestionar. El recuerdo circula como un pulso vivo que atraviesa espacios públicos, conversaciones y prácticas comunitarias, generando comprensión y participación ética.
Rememorar abre un espacio para sostener presente y futuro, para interrogar lo que se da por natural y reconocer la implicación colectiva en la construcción del pasado. Cada palabra retenida y cada silencio registrado conforman un pulso que atraviesa la sociedad, conectando lo vivido, lo interpretado y lo narrado. La reconstrucción histórica no solo recuerda: actúa, interpela y obliga a elegir con conciencia, señalando la intervención de los comunicadores y nuestra responsabilidad en la organización del relato. Cada intervención periodística es también una historia que se escribe. Cada nota hace historia.
J. Noriega
imagen: IA













