Sin querer clickeé un enlace —ese gesto ya casi automático, medio reflejo, medio fatiga digital— que me llevó a un post de UPCN Entre Ríos donde se anuncia una actividad titulada “Viale y María Grande | Comunicación y Gestión de Emociones”, en el marco de capacitaciones territoriales orientadas a trabajadores y trabajadoras. No conozco el contenido concreto del taller, solo la referencia pública a su realización y su título. Pero incluso así, el material funciona como un pequeño síntoma: no por lo que dice, sino por lo que deja ver en su forma de nombrar. Como si el problema del trabajo contemporáneo ya no fuera solo organizar tareas, sino administrar afectos.
Desde esa clave, la noción de “gestión emocional” aparece como una pieza más de un desplazamiento más amplio: la idea de que las emociones pueden ser organizadas, entrenadas y optimizadas como si fueran habilidades técnicas separables de las condiciones sociales que las producen. Algo así como si el malestar laboral pudiera resolverse ajustando la configuración interna del usuario. Un software afectivo. Reinicie su estrés. Actualice su paciencia. Cierre aplicaciones de conflicto estructural.
El punto es que las emociones no flotan en el aire. No son un insumo individual disponible para calibración permanente. Están atravesadas por salarios, ritmos de trabajo, jerarquías, formas de reconocimiento, y también por la historia larga de instituciones que prometen estabilidad mientras administran precariedad. Cuando se las convierte en objeto de capacitación, lo que suele desplazarse no es el malestar, sino su interpretación: del conflicto estructural hacia la autorregulación subjetiva. Uno aprende a “gestionarse” mejor en lugar de preguntarse por qué hay tanto por gestionar.
En ese movimiento, lo emocional deja de ser lectura de un contexto para transformarse en competencia. Comunicación efectiva, control del estrés, modulación de la respuesta afectiva. Todo muy razonable, incluso deseable en abstracto. El problema aparece cuando esa gramática se vuelve casi exclusiva: cuando el conflicto social empieza a hablar el idioma de la autoayuda organizacional. No es que las emociones no importen; es que empiezan a importar demasiado en el lugar equivocado.
Y aquí el asunto se vuelve menos anecdótico. Este tipo de dispositivos no circula en el vacío, sino en un ecosistema más amplio de modernización administrativa, reconfiguración del rol estatal y rearticulación de prácticas sindicales. En ese cruce, la gestión de lo afectivo puede funcionar como tecnología blanda de gobernabilidad cotidiana: no elimina el conflicto, lo reescribe en otro registro. La pregunta no es si estas capacitaciones “están bien o mal”, sino qué tipo de mundo laboral se vuelve pensable cuando el malestar se traduce principalmente como déficit de comunicación emocional.
En provincias como Entre Ríos —donde conviven tradiciones políticas densas, desde herencias del peronismo histórico hasta las actuales lógicas de gestión más tecnificadas— estas capas no se reemplazan entre sí: se superponen. Y en esa superposición, a veces, el conflicto no desaparece, sino que cambia de idioma. Menos grito colectivo, más taller. Menos disputa visible, más entrenamiento afectivo. Aunque, claro, siempre queda abierta la posibilidad de que incluso en esos espacios de “gestión emocional” alguien haga la pregunta incorrecta en el momento correcto.
J. Noriega
imagen. IA













