Rememoro. En estos días convulsionados —movilizaciones docentes, universitarias, indígenas y de obreros mineros— me queda una sensación conocida, como si ciertas escenas regresaran bajo otra forma histórica. Releo algunas páginas de Álvaro García Linera y tengo a mano viejos textos sobre el Estado latinoamericano escritos después de las crisis neoliberales de comienzos de siglo. También reviso trabajos de Germán Soprano sobre burocracias y prácticas estatales concretas. Mientras leo, aparecen recuerdos. El inicio del gobierno de Evo Morales en 2006. La asunción de Néstor Kirchner en 2003. No los recuerdo como acontecimientos abstractos sino como experiencias vividas: plazas llenas, sindicatos movilizados, discusiones interminables sobre reconstrucción democrática después de la devastación neoliberal de los noventa. Había allí una idea todavía disponible: el Estado podía funcionar como mediación colectiva frente al mercado.

Hace unos días vi a un grupo de estudiantes sentados sobre el piso frío de una facultad pública. Tomaban mate mientras esperaban el inicio de una asamblea. Cerca, docentes discutían salarios y presupuestos con cansancio acumulado en el cuerpo. Más tarde, en redes sociales, reaparecieron imágenes de obreros mineros cortando rutas y comunidades indígenas enfrentando desalojos territoriales. Reviso esas escenas mientras vuelvo sobre García Linera. Allí encuentro una definición persistente: el Estado como articulación conflictiva de fuerzas sociales heterogéneas. No una unidad armónica, sino una condensación precaria de tensiones populares, sindicales, territoriales e indígenas. Soprano, en cambio, desplaza la mirada hacia otro lugar. En sus textos el Estado deja de aparecer como gran abstracción filosófica para convertirse en oficinas, expedientes, empleados, sellos, ventanillas y prácticas administrativas concretas. Dos perspectivas distintas, aunque complementarias. Una piensa la hegemonía; la otra, la materialidad cotidiana del aparato estatal.

Sin embargo, mientras releo esos trabajos, algo del presente argentino parece desbordarlos. El fenómeno político asociado a Javier Milei no busca integrar pluralidades sociales ni fortalecer una administración estatal coherente. Su operación parece otra: construir una totalización neoliberal-populista donde el mercado se presenta como principio absoluto de organización social. La paradoja aparece rápido. El discurso oficial denuncia permanentemente al Estado mientras utiliza intensamente capacidades estatales para disciplinar cuerpos, ordenar el ajuste y centralizar decisiones económicas. El Leviathan no desaparece; muta. Pero el monstruo contemporáneo ya no aparece únicamente como estructura jurídica visible. Se parece más a un flujo permanente de pantallas, auditorías, planillas de ajuste, rankings económicos y confrontación mediática continua.

Allí el neoliberalismo deja de ser solamente doctrina económica y comienza a operar como sensibilidad afectiva. Sacrificio, mérito individual, emprendedurismo y rechazo de las mediaciones colectivas organizan progresivamente el clima emocional contemporáneo. La política se vuelve experiencia afectiva inmediata, un proceso visible en la centralidad de la confrontación mediática y en el funcionamiento del gobierno-plataforma. El gesto precede al argumento; la intensidad reemplaza a la mediación política tradicional.

Ésta es mi lectura. Persisten memorias sindicales, afectos comunitarios, economías populares y formas de cooperación que no terminan de absorberse dentro de la lógica mercantil. Docentes, estudiantes, pueblos indígenas y obreros mineros no aparecen solamente como actores sectoriales; funcionan también como restos históricos de otras temporalidades políticas que sobreviven dentro del presente. Recuerdan que un pueblo nunca se reduce completamente a la gramática del mercado. Siempre queda un excedente, una experiencia común que retorna incluso cuando el Leviathan cree haber ocupado todo el horizonte.

J. Noriega

imagen. IA

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