La noticia atravesó pantallas.
Durante algunas horas la frase recorrió teléfonos, televisores y computadoras con la velocidad propia de nuestro tiempo. Los medios hicieron aquello que hacen frente a las grandes despedidas: recuperaron entrevistas, ordenaron fechas, enumeraron discos, reconstruyeron una biografía. Paraná. Patricio Rey. Oktubre. Los Fundamentalistas. Parkinson. La secuencia parecía completa. Sin embargo, mientras el archivo se desplegaba, comenzaba a aparecer otra temporalidad. Las canciones regresaban antes que los homenajes. Un verso reaparecía en una conversación. Una fotografía volvía desde el fondo de un cajón. Una vieja remera salía nuevamente de un placard. La noticia hablaba de una muerte. La memoria parecía hablar en otro lenguaje.
La pregunta no era quién había muerto. La pregunta era quién era el Indio. La biografía ofrece respuestas necesarias pero insuficientes. Músico, compositor, cantante. Una de las voces más influyentes de la cultura argentina reciente. Todo eso es cierto. Pero algunas trayectorias terminan ocupando un lugar que excede a quien le dio origen. Los Redonditos de Ricota no fueron solamente una banda de rock. Durante décadas habitaron una potente sensibilidad colectiva y poética. En sus canciones convivieron la crítica social, la imaginación utópica y una persistente desconfianza hacia las formas dominantes del poder. Mientras buena parte de la cultura aprendía a hablar el idioma del mercado, aquellas letras continuaban poblando el lenguaje con fugitivos, ciudades nocturnas, derrotados, visionarios y personajes que nunca terminaban de adaptarse al mundo que les tocaba vivir. No ofrecían respuestas definitivas. Conservaban abierta una búsqueda.
Quizás por eso la figura de Osiris resulta una entrada posible para comprender esta despedida. Los antiguos egipcios contaban la historia de un rey asesinado, fragmentado y dispersado por el mundo. Todo parecía concluido. Sin embargo, el relato comenzaba precisamente allí. Osiris dejaba de existir como cuerpo para transformarse en principio de renovación y permanencia. No regresaba para restaurar aquello que había sido perdido. Permanecía bajo otra forma. Su fuerza no provenía de la victoria sobre la muerte, sino de la capacidad de seguir habitando la memoria colectiva. Cada época encuentra nombres capaces de cumplir una función semejante. No porque sean inmortales. Porque logran inscribirse en experiencias compartidas que sobreviven a la cronología.
La trayectoria del Indio dialoga con esa dimensión mítica. Desde los años ochenta hasta el presente, sus canciones acompañaron transformaciones profundas de la sociedad argentina. Dictadura, democracia, neoliberalismo, crisis económicas, desilusiones políticas y nuevos ciclos de esperanza encontraron eco en una obra que nunca se dejó capturar completamente por ninguna época. Allí radica parte de su singularidad. Mientras los discursos dominantes proclamaban una y otra vez el triunfo definitivo del mercado y la clausura de las utopías, sus canciones seguían recordando que siempre existe un resto que resiste inconmovible. Una memoria. Un deseo. Una ensoñación que encuentra nuevas formas de aparecer.
Los medios informaron una muerte. Los archivos comenzaron a ordenarse. Las cronologías encontraron su cierre. Pero las canciones continuaron circulando. Tal vez allí resida el verdadero viaje de Osiris. No en el regreso de lo que fue, sino en la persistencia de aquello que una sociedad se niega a perder. Porque algunas presencias abandonan la historia singular para ingresar en otra temporalidad, más lenta y más profunda. Una temporalidad donde la muerte deja de ser un final y se convierte en una nueva forma de permanencia.
J. Noriega
imagen. IA














