Saneamiento institucional

Por Lucas Carrasco. La importancia de la integración regional se mide en estos días de manera contundente: Cristina, al viajar a Caracas, al ser la primera en reconocer la victoria de Nicolás Maduro, en el proceso electoral más monitoreado del mundo que es el venezolano, y al pedirle a Estados Unidos que desista de darle espacio y tiempo a los golpistas, consolidó la vigencia de la república y la democracia en el continente. Luego se sumaron los presidentes Rafael Correa de Ecuador, Evo Morales de Bolivia, Dilma Rousseff de Brasil y “Pepe” Mujica de Uruguay. Luego, Unasur, la institución que fundaron Chávez, Lula y Kirchner, siendo éste último su primer presidente, y que integra a los países del sur americano, ratificaron a Maduro como presidente. De hecho, al fallecer, Néstor Kirchner aún era presidente de Unasur.

Venía de una derrota electoral, un año atrás, “por unos puntitos”, como dijo textual, al reconocer, inmediatamente, la derrota. Un ejemplo al lado de la vileza de Capriles, el candidato de la derecha venezolana, que aprovechó el escaso margen, el aval de Estados Unidos -donde el gobierno de Obama está acorralado por la derecha mafiosa de Miami, que es la que coordina las intentonas golpistas en el continente- y el reinado del cazador de elefantes Juan Carlos, España. Tampoco aceptaron la legitimidad de Maduro el estado Vaticano ni Israel. Es en ese mundo concreto donde las izquierdas latinoamericanas batallan por la democracia. Aun cuando algunas batallas se pierdan, como el golpe de Estado en Honduras y Paraguay, que hoy elige presidente democrático, saliendo finalmente por la puerta de la vergüenza el dictador encargado que hoy preside ese sufrido país. Ahí triunfó el ideario pueril de Julio Cobos.

Lo que caracterizó la derrota del golpe de Estado en Venezuela en 2002, o en Bolivia en 2009, Argentina con los gángsters de la soja en 2008, Ecuador en 2011, fue la movilización popular de las bases.

Un punto a tener en cuenta cuando una multitudinaria movilización ciudadana como la del jueves es capitalizada, por acefalía entusiasta de esa derecha que marchó sin consignas ni líderes, por el Partido Clarín, que juega a todo o nada. Incluso, en el colmo del mamarrachismo político, inventaron que la movilización fue como un 17 de octubre de Jorge Lanata. Que no estaba preso, sino denunciando “hechos gravísimos” y con pruebas “televisivamente sólidas”, de yuppies financieros que cambian de posición (conviene decir “de cotización”) a la primera de cambio, y entre chicas sin profesión que integran la farándula a fuerza de siliconas y estupidez. Todo muy poco serio en conjunto. Pero parecido al caprilismo, aunque sin víctimas fatales que lamentar. Con los reiterados golpes a trabajadores de prensa que los gerentes que los mandaron amplifican de manera perversa.

La consolidación de las instituciones en Argentina es un acervo aceptado masivamente, fundamentalmente, a partir del recomienzo de los juicios por derechos humanos, por iniciativa de la corriente política que hoy gobierna, el kirchnerismo.

Néstor Kirchner fue el sucesor democrático del presidente encargado, el ex senador Eduardo Duhalde, que pergeñó un cambiar algo para que nada cambie, al no llamar a elecciones legislativas y al canjear el juicio político a los maleantes de la Corte Suprema anterior por el ingreso del oscuro operador Juan Carlos Maqueda, hoy juez “supremo”.

Ese mismo Congreso votó, por impulso de Néstor Kirchner, la iniciativa de Patricia Walsh, del monobloque Izquierda Unida, de anulación de las leyes de Punto Final y Obediencia Debida.

Los cambios en la Corte Suprema durante ese mismo gobierno se consolidaron. Pero no hubo fuerza política suficiente para transformar, en un sentido democratizador, el aristocrático y reaccionario Poder Tribunal. Basta recordar el escándalo que se armó cuando el kirchnerismo intentó reformar el Borromeo judicial que es el Consejo de la Magistratura.

Mucha agua corrió bajo el puente -en todos los sentidos-, y hoy la presidenta Cristina Fernández de Kirchner, con la contundencia del aplastante triunfo electoral por algunas decenas de puntitos, impulsa la promesa electoral del saneamiento institucional completo: la democratización judicial. El bloque conservador se opone aún antes de leer los proyectos.

Espera un milagro. Inútil espera. Los milagros del norte se han mostrado insuficientes.

Fuente: Diario Crónica

(La Nota digital)