La pedagogía del Mercado

Un mercado existe cuando existen consumidores con medios económicos para gastar e invertir. Cuando en las comunidades existen buenos salarios, estamos ante la presencia de un mercado que demanda bienes y servicios. Es decir, que concretamente, el mercado somos nosotros mismos que elegimos, cuando estamos frente a las góndolas, lo que queremos comprar.

Esto no es exactamente así, porque en realidad no somos todo lo libres que creemos cuando estamos frente a los productos. Fundamentalmente porque la sociedad de consumo nos ha inculcado que somos lo que consumimos y que nuestros consumos hablan por nosotros mismos, ante la mirada rápida de los demás. Es decir que los productos tienen un extra que habla de nuestro poder adquisitivo o de nuestros gustos exquisitos y refinados. Un extra, que hace las veces de una vestimenta o de un boato.
Quienes necesitan sentir el reconocimiento de los demás, adquieren bienes y servicios que se dirigen en el sentido de impresionarlos. Es decir, que estamos en presencia de un mercado altamente influenciable por el marketing que las empresas hacen sobre los productos. Estrategias diseñadas por especialistas direccionadas a manipular la voluntad de las personas. Es así, como los nuevos productos que aparecen ofrecidos al mercado por las empresas, pueden dejar sin consumidores de un momento para otro a distintos oferentes por determinadas razones.
Los más fácilmente manipulables por el marketing son los niños. Es por eso, que las estrategias de venta, van dirigidas, últimamente, a penetrar la subjetividad de esas personas de corta edad, para que luego estos niños, influyan muy decididamente sobre la voluntad de sus padres y otras personas allegadas con poder adquisitivo, haciendo las veces de promotores de ventas dentro de las familias.
El mercado es extremadamente cruel al momento de abandonar un consumo, sin importarle las consecuencias que tendrá para el empresario que ya no goza de las preferencias de los consumidores.
Es decir, que su pedagogía es de tolerancia cero.

Eugenio García

(La Nota digital)

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