J. G.

@JuanGrabois

LEVINAS MIENTE

Vivimos en una sociedad que valora mucho el patrimonio y la integridad física. Los ciudadanos que gozan de acceso al sistema judicial tienen mecanismos para defender esos valores. Por el contrario, el honor – individual y colectivo- se puede pisotear sistemática y alevosamente de forma impune. En un mundo donde los grandes medios de información están cada vez más concentrados y las redes sociales funcionan como burbujas personalizadas sólo una ínfima minoría tienen la posibilidad de defenderse. El honor no es un “bien jurídico” muy preciado y queda a merced de quienes manejan la comunicación ya sea mediante el control de contenidos o el desarrollo de algorítmos. Esta desvalorización de la dimensión inmaterial del ser humano, de su mismísima dignidad, tiene su correlato en el relativismo moral propio de la posmodernidad que ha impuesto dogmáticamente la noción de que el bien, la justicia y particularmente la verdad son invenciones vetustas e inservibles. Durante los últimos años se ha puesto de moda un término que recepta la agudización distópica de este proceso y caracteriza los flujos informativos en el siglo XXI: la posverdad. En 2016 el Diccionario Oxford galardonó este neologismo cómo palabra del año. Recuerdo un artículo de este diario dónde se definía la era de la posverdad como aquella dónde “que algo aparente ser verdad es más importante que la propia verdad”
A partir de un hecho cierto –la golpiza que sufrieran militantes de la Corriente del Pueblo en 2006–, Levinas desarrolla un relato absolutamente fantasioso, tergiversado y difamatorio desde el título hasta la última palabra. No se trata simplemente de un exceso de hipérboles y recursos literarios más propios del género narrativo que del informativo. Ni siquiera de interpretaciones injuriosas, prejuicios o trozos de información sesgada que componen un conjunto tendencioso. Levinas miente. Afirma como realidad objetivos hechos inexistentes que –en virtud de la muy difundida creencia de que Sala es una especie de monstruo inhumano– “aparentan ser verdad” pero no lo son y lo hace para influir en la opinión pública en perjuicio de su víctima. Así opera la posverdad.
Otra víctima de las mentiras de Levinas es la memoria de un militante popular ya que se instrumentaliza su figura en función de los intereses del autor. “Luca” no se llamaba Luca sino César Cristian Arias. Llevaba “Luca” cómo apodo por el cantante de Sumo. No militaba en la Corriente Clasista y Combativa (CCC) sino en la Corriente del Pueblo, un movimiento barrial que lideraba junto a Luciana, quien fuera su esposa, en forma absolutamente independiente al Perro Santillán.
Luciana Santillán, que actualmente integra la dirección de la Organización para la Liberación Argentina, es la viuda y madre de los dos hijos de Luca, además de ser la única querellante de la causa por la golpiza en la que, desde su legítima perspectiva, atribuye responsabilidad a Sala pero en términos muy distintos a los de Levinas que no tuvo siquiera la delicadeza de contactarla, tal vez consiente de que esta militante social no se dejará utilizar en una cacería de brujas al servicio del Poder. Luciana está, al igual que otros compañeros de militancia, indignada por la nota y lo ha expresado a través de los pocos medios que tiene a su alcance. En su facebook hay una nota titulada “Tergivera, Tergiversa, que algo queda” dónde repudia la nota de Levinas. Pese a su abierto rechazo por la figura de Sala, Luciana, sabe que ésta no ha sido el motivo de la muerte de Luca y sostiene que murió de leucemia en el Sanatorio Lavalle de San Salvador de Jujuy dónde obran todas las constancias al respecto. Pero eso no importa en la posverdad.
La causa por la golpiza que efectivamente sucedió en 2006 prescribió en 2009. Pablo Pullen Llermanos, un juez radical estrechamente vinculado a Morales, de una parcialidad manifiesta contra Sala, declara nula la prescripción en 2016 a raíz de una denuncia hecha “espontáneamente” por Juan Carlos Maidana desde la cárcel donde cumplía una pena privativa de libertad por violar a su hijastra de 11 años. Con todo, la causa en marras está caratulada como “lesiones” y no “homicidio”, simplemente porque Luca no murió como consecuencia de la golpiza recibida sino por una terrible enfermedad. Muy a su pesar, la posverdad periodística y judicial aún no puede manipular tan fácilmente la ciencia médica.
La mendacidad de Levinas llega a su punto máximo cuando describe el festejo quimérico en el que tres sádicos se regodean de la muerte de Luca. El autor hace suyas declaraciones de un testigo que no menciona y, por tanto, escapa cualquier control de veracidad. Es la frutilla del postre de un texto en el que se incurriría en una conducta que gracias a la reforma liberal del artículo 109 del Código Penal del 2009 no constituye delito pero que sigue siendo una vileza además de un ilícito civil: la vieja y conocida calumnia.
Para finalizar, quisiera destacar que lo que Levinas llama barracas despectivamente son el techo de más de 8000 familias humildes que, al igual que al menos 600 mil viviendas sociales que se han entregado en todo el país, incluso en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires durante la gestión del actual Presidente de la Nación, no cuentan con título de propiedad a favor de sus ocupantes. Estos son datos oficiales que pueden consultarse en el Ministerio del Interior de la Nación. Esta grave injusticia se debe a una serie de causas, fundamentalmente la naturaleza hiperburocrática del proceso de escrituración y la negligencia de las constructoras privada que han convertido un derecho en un negocio, pero es más conveniente decir que Jujuy constituía un caso de excepción por voluntad de Sala. Cabe señalar que hasta hoy Morales no escrituró ni un 10% de las viviendas sociales construidas por las organizaciones sociales ni avanzó en la reducción del déficit habitacional de su provincia.
Visibilizar el problema habitacional, la marginación de los barrios populares, la falta de vivienda y de la precariedad de aquellas que el Estado provee, debatir la relación entre el Estado y los Movimientos Populares, analizar el cáncer del clientelismo y la corrupción sistémica o informar sobre la violencia territorial que vivimos cotidianamente en las barriadas populares (y los múltiples homicidios reales que mafias narcopoliciales verdaderas efectivamente han cometido contra militantes sociales) sería una forma de buscar las verdaderas causas de estos problemas para proyectar posibles soluciones. Pero eso no importa en la posverdad.

(La Nota digital)

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