Progreso extraordinario y locura penal

Roberto Gargarella

El juicio a Lucas C. por violación luego de una relación que había comenzado de modo consentido, tiene infinidad de aristas, incluso políticas (sobre las que no voy a abundar: dos de los pocos miembros de la “nave insigne” 678 cargan con causas por violación -no es un dato insignificante).

Quisiera, sin embargo, poner el foco sobre dos otros lugares: primero, lo extraordinario -importantísimo- que ha ocurrido, con un tribunal que entiende que la violación no necesita vincularse con el criminal que irrumpe, sino que puede darse con el compañero ocasional o la pareja, y luego de un comienzo (en la relación sexual) de mutuo acuerdo. Allí hay algo crucial, novedoso, capaz de marcar un antes y un después en nuestra práctica social y penal. Tiene que ver con lo positivo de la “ejemplaridad” de la que hablan los “expertos” (nota sobre el tema, hmm: acá).

El segundo dato tiene que ver con los “peros” o problemas serios de lo hecho y dicho. El primer “pero” tiene que ver con la idea (que se deriva de la nota) de “ejemplificar” usando a algunos como “meros medios”: les imponemos, como en este caso, una pena altísima, para que todos los demás aprendan que esa conducta está mal, que no debe hacerse. Por supuesto, un impulso común (promovido por el periodismo) que es inaceptable, y que no debemos disfrazar de derecho.

El otro problema que veo vuelve sobre la cuestión de la pena: así como resulta increíblemente importante que el Estado deje en claro que puede haber violación al interior de una pareja, en el propio hogar, con el compañero habitual u ocasional, debe rechazarse también la insistencia vieja, errada, enloquecida, de “devolver mal con mal”, de vengar (que no es hacer justicia) a través de penas altísimas. Claro que sí: debe quedar en claro que lo que hizo Lucas C. (como tantos otros, todos los días) es inaceptable. Debe condenarse. Debe reivindicarse y protegerse a las víctimas. Pero otra cosa es machacar con la idea de resolver nuestros enojos e injusticias a las trompadas, encerrando gente. Se trata de un modo de creer que hacemos bien, cerrando los ojos, y poniendo un enorme esfuerzo para no pensar sobre lo que sigue: el destino del “criminal”, de quien cometió la falta gravísima.

Pregunta: nos ayudamos mutuamente encerrando a alguien durante año, sabiendo además (y debe subrayarse esto) que no sólo lo encerramos, sino que lo confinamos a condiciones brutales, bestiales, inhumanas, durante años? No tengo dudas de que no, y de que nos equivocamos al hacer lo que vamos a hacer y venimos haciendo (“x cometió una falta: privación de libertad prolongada y en el infierno”). Tenemos que condenar lo ocurrido (en este caso, la violación por parte de un conocido), dejar en claro que se trata de una aberración, y de que los principios que organizan al Estado se encuentran del lado opuesto. Debemos, incluso, sancionar -por supuesto- a Lucas C. Pero hay modos distintos de la sanción, y la que imponemos necesita de que cerremos los ojos y no pensemos en lo que sigue: no tenemos que pensar, porque si pensamos nos damos cuenta de la crueldad (la nuestra) y de que de ese modo pasamos a ser parte de la violencia irracional. Aplicamos una respuesta brutal, y nos desentendemos de lo que sabemos que ocurrirá luego (con esa persona encerrada en esas condiciones): nada bueno puede salir de ahí. Y seremos responsables de eso, de responder, frente a la tragedia, con otra desgracia.

gargarella lucas c
Fuente: La Nota digital