Suplemento Literario.

Ahora recuerdo que el señor de saco azul siempre venía caminando a tranco moderado, era medio pelado y su cara parecía grande, era un escritor reconocido. Todavía no usaba bastón. 

Venía cada tres o cuatro días al barrio y yo comencé a preguntarme sobre sus libros.  

La inteligencia artificial me tiraba datos y biografías muy parecidas a él. El escritor y nosotros. La máquina y yo. Todo funcionaba relajado y perfecto.

Por primera vez estaba en esa máquina que el escritor había imaginado en un cuento ya clásico. 

Mi vecino, que es un tipo raro, me contó que había un holograma del viejo (lo había construido la científica del parque tecnológico que está muy cerca de mi casa) y que los desplazados del Partido se lo habían “instalado” al presidente para perturbarlo. Lo leyó apurado y con dolores en su abdomen. Yo lo escuchaba atento. 

La misma máquina — que comenzó como una simple app — me mostró la foto que adjunto a este comentario: el momento en que el viejo le muestra la medalla y se la tira sobre la mesa en La Florida. 

Si les digo que me perturbó la situación, espero me lo crean. Hace pocos días estuve en un lapsus parecido, un viejo que me da algo, y todavía estoy descifrando qué era eso. Era algo bueno, eso percibo. 

Las postas del chasqui se me vienen a la cabeza. La máquina me hace una descarga eléctrica inofensiva y toma la imagen para sí, ahora es suya. Me desconecto, la máquina de intervenir es fresca y maternal, aunque tiene varios pliegues dolorosos que hoy prefiero evitar. 

Atardece; hoy miro los últimos rayos de sol durante quince minutos como hacían los ancianos. Así retorno a las postas del chasqui. 

(*) D. M. Faure

imagen. IA

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