En Entre Ríos, la alegría tiene fecha y escenario. Cada verano, el carnaval despliega plumas, música y cuerpos en movimiento, mientras las imágenes oficiales celebran una identidad festiva que parece no agotarse. Las tribunas llenas, las pasistas brillando y los funcionarios recorriendo corsódromos construyen una escena de normalidad y goce colectivo. Sin embargo, fuera de foco, el salario docente sigue deteriorándose en silencio. No hay desfile para ese proceso, ni cobertura sostenida. El contraste no es moral: es político.
El conflicto central no enfrenta la cultura popular con los derechos laborales. El nudo está en el tiempo: el carnaval es presente absoluto; la política salarial docente exige planificación de mediano plazo, recomposición sostenida y previsibilidad. En Entre Ríos, como en gran parte del país, los aumentos no lograron acompañar la inflación. Informes oficiales muestran que, en la última década, el salario docente real perdió más de un 35 % de poder adquisitivo. Hablar de salario real es clave. El salario nominal puede subir, pero si los precios crecen más rápido, el resultado es empobrecimiento. En 2024, un docente con diez años de antigüedad se ubica entre los más bajos del país, y en más del 80 % de las provincias el salario real es inferior al de 2013. Esto no solo es económico: expresa cuánto está dispuesto a pagar el Estado por educar.
Históricamente, ante restricciones presupuestarias, el Estado ha sostenido rituales colectivos que funcionan como anclajes identitarios frente al deterioro material. La fiesta unifica, convoca y ordena emocionalmente; el conflicto salarial fragmenta, cansa e individualiza. Mientras el corsódromo lleno compite con el aula vacía, siempre gana la fiesta. El deterioro salarial se vive en soledad; el goce, en comunidad. Esta asimetría debilita la capacidad de transformar el malestar en discusión política central.
Las imágenes del gobernador en los carnavales condensan una narrativa de presencia y celebración que no tiene equivalente en la política salarial docente. No hay anuncios estructurales con igual potencia visual; el salario se discute en mesas técnicas, la fiesta se celebra a cielo abierto. La diferencia comunica prioridades. El deterioro salarial afecta la tarea educativa, la estabilidad institucional y la salud de los docentes. Muchos toman más horas, cargos lejanos o reducen descanso y formación. No hay crisis explosiva: hay agotamiento sostenido.
La incomodidad que el carnaval no disuelve es clara. No se trata de cancelar la fiesta, sino de interrumpir la “convivencia pacífica” entre goce y deterioro educativo. ¿Qué dice de una provincia que financia grandes eventos pero no garantiza salarios que acompañen la inflación? La alegría no empobrece; lo que empobrece es aceptar que el disfrute avance mientras el salario retrocede.
Cuando termina el carnaval, la música baja y las luces se apagan, el salario docente sigue ahí, con precios ajustados y margen cada vez más estrecho. Esa es la escena menos fotografiada: la del docente haciendo cuentas mientras la televisión muestra las mejores postales de la comparsa. La pregunta no es cuánto carnaval hay, sino qué lugar ocupa frente a lo que se posterga. Entre el brillo del corsódromo y el salario que se reduce, la balanza muestra una prioridad: hoy, la docencia pierde.
J. Noriega
imagen. archivo FB













