«En los mismos ríos entramos y no entramos; somos y no somos.» Heráclito

La orilla del tiempo

El cuerpo avanzaba antes que la vista, como si mirar fuera siempre un gesto tardío, algo que llega después de que el mundo ya ocurrió. El río estaba ahí, no por la imagen sino por el aire: una apertura distinta, una amplitud que cambiaba la respiración. No hacía falta verlo para saberlo presente. Del otro lado, la ciudad seguía hablando en fragmentos: un motor que se alejaba, pasos irregulares, una radio diciendo algo que no terminaba de fijarse. Escuchó primero. Escuchar era menos exigente que mirar.

Las palabras llegaron tarde y no encajaron del todo. Río. Orilla. Tarde. Las dijo en voz baja, sin intención de nombrar. Eran pruebas, tanteos, como apoyar el pie antes de avanzar. Algo en ellas se corría apenas, un resto que no terminaba de adherirse a las cosas. No corrigió ese desajuste. Lo dejó estar. Se sentó en el banco. El banco estaba frío o tibio; el cuerpo no decidió. A veces la duda alcanza. Pasaron una bicicleta, un perro, una voz que hablaba sola o no tan sola. Todo pasaba sin pedir atención. Él no sabía qué hacía ahí, pero tampoco se fue. No era espera ni decisión: era permanencia, una forma de quedarse sin afirmarse.

Durante años había hablado con frases que funcionaban. Frases aprendidas, compartidas, repetidas. Las decía y los otros asentían. Ahora esas mismas frases le llegaban como de lejos, como si alguien más las estuviera usando. Salían de su boca, pero no le pertenecían. Pasaban, igual que las balsas de noche: primero el sonido leve, después la estela, después nada. Cuando escribía, la sensación era parecida. Escribir no aclaraba; al contrario. Las frases aparecían y seguían solas, sin pedir permiso. Se apoyaban en la página y avanzaban con una cadencia que no necesitaba centro. Él acompañaba apenas: la mano, el sonido mínimo del lápiz, la respiración. No pensaba en sentido. Pensaba —si eso era pensar— en no interrumpir.

Alguien dijo un nombre desde lejos. Tal vez el suyo, tal vez otro parecido. Levantó la cabeza tarde. El gesto de responder quedó suspendido. Nadie insistió. Sintió algo incómodo, pequeño, persistente. No tristeza, no miedo. Algo más chico, como una silla que cojea apenas y a la que uno termina acostumbrándose. Con el tiempo ese desajuste no se fue. Se volvió modo. El tiempo no avanzaba como una línea. Se plegaba, volvía, se equivocaba. Pensó en un punto donde caben todos los puntos, en una biblioteca que no ordena sino que extravía, en un libro que se escribe mientras se borra. Pensó sin terminar de pensar y dejó la frase inconclusa.

Borges apareció una sola vez, no como nombre propio ni como figura, sino como lugar: un sitio donde uno puede ser muchos o ninguno sin que eso falte, donde la identidad no se afirma y el mundo no se cierra. Estar ahí no era perderse; era no fijarse nunca del todo. El río siguió, fiel a su rumor. La ciudad también, con su respiración irregular. Entre uno y otra quedó algo sin forma, una presencia leve, un ritmo. No pedía ser entendido. Si alguien se detenía lo suficiente, no comprendía nada. Solo escuchaba.

J. Noriega

imagen. archivo

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