“La revelación de tus palabras alumbra; hace entender a los sencillos.”— Biblia, Salmos 118:130

Mateo comenzó su tesis sobre Alejandra Pizarnik convencido de que toda obra guarda una clave. Pensaba que el suicidio era el punto final que ordenaba los poemas hacia atrás, como si la muerte explicara cada imagen, cada silencio. Confiaba en el archivo, en las fechas, en las cartas. Creía que, si reunía suficiente material, podría iluminar el centro de esa escritura extrema. Pero un documental apenas citado alteró ese plan. En el velorio —a cajón cerrado—, una voz aseguraba haber visto a la poeta cruzar el pasillo lateral. No como un fantasma, sino como alguien vivo.

Desde entonces la investigación cambió de tono. Mateo empezó a entrevistar a quienes la habían conocido. Ya no buscaba confirmar datos, sino escuchar cómo hablaban de ella, dónde dudaban, qué evitaban nombrar. Algunos respondían con frases aprendidas; otros se refugiaban en el mito. Nadie afirmaba que estuviera viva. Tampoco lo negaban con firmeza. Una tarde, casi sin darse cuenta, una mujer dejó caer una frase: “Trabaja en una biblioteca del Sur”. Lo dijo y enseguida intentó corregirse. Mateo no insistió. Sintió que esa era la única pista verdadera que iba a obtener.

El barrio era trivial. Casas bajas, veredas gastadas, un negocio en la esquina con la radio encendida todo el día. La biblioteca era pequeña y silenciosa. Allí trabajaba Fernanda. No era idéntica a las fotografías, pero algo en la mirada —esa mezcla de fragilidad y firmeza— lo inquietó. Volvió varios días. Pidió libros. Observó sus movimientos. Revisó los registros de préstamo. Averiguó su edad: coincidía. Comparó la firma con manuscritos que había estudiado durante meses. No tenía pruebas concluyentes, solo una suma de indicios que empezaban a encajar.

Una tarde, cuando casi no quedaban lectores, decidió hablar.

—Sé quién es usted. Conozco su verdadero nombre. Su nombre poético.

Fernanda lo miró sin sobresalto.

—¿Qué quiere de mí? —preguntó con calma.

Mateo sintió que la respuesta lo dejaba expuesto.

—Soy escritor —dijo.

Ella cerró el libro que estaba catalogando y apoyó las manos sobre la mesa. Su voz no fue dramática ni solemne, apenas firme.

—Me encontraste. Soy la vida.

J. Noriega

imagen. pexels

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