La calle aparece primero como imagen: columnas que avanzan por avenidas, banderas que se abren, un murmullo que crece y se vuelve masa, rumor que se intensifica con cada paso, con cada mirada que se encuentra. Después llegan las cifras: 350 mil en CABA, 700 mil en el país para el 24 de marzo. El número ordena, recorta, fija. Permite decir: esto fue. Pero algo se escapa en ese gesto, porque lo que está ahí no es solo cantidad: es acumulación. Capas de tiempo, nombres que vuelven, cuerpos que aprenden a estar, voces que se reconocen, gestos que se repiten. La escena se repite; no es la misma. Se deposita, se espesa, y en esa densidad empieza a insinuarse una forma que todavía no termina de nombrarse, una forma que se percibe más con el cuerpo.
Medir la calle exige método, pero también expone un límite. El gobierno reduce; las organizaciones amplían. Entre ambos, la cifra intermedia intenta sostenerse con técnica: densidad por metro cuadrado, extensión, rotación, frecuencia de pasos, ritmo. Una ingeniería de la multitud: precisa, discutible, en constante negociación. La experiencia se vuelve dato, la intensidad se atenúa; la calle no desaparece: queda mediada. En paralelo, el oficialismo construye otra escena: redes, circulación digital, mensajes breves, interpelación directa, hashtags que suman y se multiplican. Allí no hay cuerpos juntos; hay individuos conectados. La fuerza no se mide en metros, se mide en alcance. Se expande rápido y se disipa igual de rápido. La lógica es otra: velocidad en lugar de permanencia, impacto en lugar de sedimentación, inmediatez en lugar de memoria.
En ese desfasaje aparece la comparación. El 24 de marzo convoca alrededor de 700 mil personas a nivel nacional; la Marcha Federal Universitaria (2024-2025) alcanzó cerca de 900 mil, con picos que rozan el millón; el mileismo –estimamos– solo puede movilizar entre 50 mil y 100 mil. No es poco; es otra cosa: menos territorial, más dispersa; menos organizada, más reactiva; más volátil, menos predecible. La universidad, en cambio, muestra otra lógica: capilaridad, heterogeneidad, capacidad de alianza, disposición al diálogo; no solo suma, articula. Produce un tipo de presencia que no se agota en la jornada: deja sedimento, forma sujetos colectivos capaces de volver a aparecer, de reconocerse, de crear memoria compartida.
Pero la calle no es homogénea. Hay cuerpos que llegan y otros que no: la distancia, el trabajo, el cuidado, la precariedad, el cansancio acumulado. También hay jerarquías: quién habla, quién organiza, quién queda fuera del encuadre; quién observa y quién actúa. Y, sin embargo, algo insiste: una repetición que no es inercia, una formación que no es espontánea, una memoria que se vuelve práctica. La calle deja de ser solo escenario y empieza a comportarse como estructura. Mientras el oficialismo domina la circulación y la simplificación para interpelar individuos, ahí abajo se acumula otra temporalidad: más lenta, más densa, indisoluble, resistente a la lógica de los números.
Quizás todavía no alcance para nombrarla como poder popular. Quizás todavía sea fragmentaria, atravesada por tensiones, incompleta. Pero hay indicios: persistencia, capacidad de volver, de sostener, de articular, de transformar. La atención cambia de objeto; la presencia no. Y en esa diferencia, casi imperceptible al principio, se abre una posibilidad: no como consigna, como proceso; no como irrupción inmediata, como desplazamiento. La historia rara vez avisa cuando cambia de dirección, pero a veces deja señales. Y la calle, cuando vuelve, se organiza y se forma, suele ser una de ellas.
J. Noriega
imagen. IA













