El caminante avanza por la costanera de Paraná mientras la mañana todavía se arma lentamente sobre el río. Algunos corren con auriculares, otros caminan mirando el celular antes que el horizonte. Nadie parece obligado y, sin embargo, todos se mueven como si algo urgente los empujara. El caminante observa que la ciudad ya no funciona bajo órdenes visibles: cada cuerpo se organiza solo, calcula pasos, tiempos, metas. El mandato no viene de afuera; nace desde adentro. En esa escena cotidiana aparece una intuición contemporánea: la exigencia se volvió íntima, silenciosa, casi natural, como si cada persona llevara incorporado un pequeño supervisor invisible que nunca descansa.
En los bares del centro, estudiantes y trabajadores comparten mesas sin compartir realmente el tiempo. Las computadoras abiertas convierten el café en extensión del trabajo. Las conversaciones se interrumpen por notificaciones constantes; el descanso se vuelve apenas una pausa productiva. El caminante recuerda entonces las tesis del filósofo Byung-Chul Han: vivimos en una sociedad del rendimiento donde cada individuo se explota a sí mismo creyéndose libre. Nadie vigila, pero todos se supervisan. La libertad adopta la forma de obligación infinita. Incluso el ocio necesita justificarse, registrarse, convertirse en experiencia compartible.
Más tarde atraviesa una plaza donde jóvenes repiten videos para redes sociales hasta lograr la toma perfecta. No registran el momento: lo fabrican. Todo debe mostrarse, circular, validarse. La transparencia absoluta promete comunicación permanente, aunque produce algo distinto: cansancio. Cuando todo es visible, desaparece el misterio que sostiene la experiencia. El caminante advierte que la ciudad no está más acelerada que antes; está más expuesta. Y esa exposición constante consume una energía difícil de nombrar, una fatiga suave que no detiene el movimiento pero lo vuelve cada vez más pesado, como si la vida entera estuviera sometida a una evaluación permanente.
En el supermercado, cada cliente escanea sus propios productos en cajas automáticas. El sistema funciona porque cada persona administra su propia eficiencia. Una mujer responde mensajes laborales mientras paga y revisa promociones digitales; su gesto mezcla concentración y agotamiento. Nadie parece oprimido, pero muchos parecen exhaustos. El caminante comprende que el cansancio contemporáneo no proviene del exceso de prohibiciones, sino del exceso de posibilidades. La vida se convierte en un proyecto interminable de mejora personal, donde siempre parece faltar algo por optimizar o alcanzar, incluso cuando ya no queda energía para desearlo realmente.
Al caer la tarde vuelve al río y se sienta sin hacer nada. Apaga el teléfono. Observa el agua avanzar sin productividad ni objetivo. Durante unos minutos no optimiza su tiempo ni comunica su presencia. Tal vez allí aparece el idiota moderno: quien suspende momentáneamente el sistema sin abandonarlo. No huye de la ciudad; simplemente deja de responder a su ritmo. Y en ese gesto mínimo —inútil, improductivo, casi invisible— el caminante descubre que la verdadera resistencia no consiste en destruir el sistema, sino en revelar que existe dentro de nosotros mismos y que, aun así, todavía es posible habitarlo de otra manera, aceptando el silencio como una forma de pensamiento y no como una ausencia.
J. Noriega
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