El pasado 25 de marzo, plazas de Paraná, Concordia y Gualeguaychú volvieron a movilizarse. Familias caminando juntas, niños jugando entre banderas, mujeres embarazadas recibiendo bendiciones. Iglesias, organizaciones religiosas y colectivos provida celebraron el “Día del Niño por Nacer” con caminatas, oraciones y actividades comunitarias. La escena transmitía calma y certeza: defender la maternidad, cuidar la vida, sostener la familia como núcleo social. En medio de una época atravesada por incertidumbre económica y desgaste cotidiano, la apelación a la vida aparece también como búsqueda de sentido colectivo, un intento de afirmar continuidad allí donde muchas otras instituciones sociales dejaron de ofrecer seguridad.

Pero mientras esas plazas afirmaban el nacimiento como valor central, otro proceso avanzaba indefectiblemente: la natalidad cae de forma sostenida en Entre Ríos y en el país. Menos nacimientos incluso en sectores populares donde históricamente la reproducción estructuraba proyectos de vida. La contradicción no es solo moral sino histórico-material. Nunca se habló tanto de la vida mientras cada vez menos personas pueden imaginar condiciones reales para sostenerla. El debate público se concentra en el aborto, pero el fenómeno decisivo ocurre antes: la maternidad y la paternidad dejan de percibirse como futuros viables, desplazadas por una sensación social persistente de fragilidad.

Las razones no responden principalmente a cambios culturales o ideológicos, sino a transformaciones concretas de la vida cotidiana. Trabajo precario, ingresos inestables, alquileres crecientes, endeudamiento permanente y horizonte social incierto reorganizan las decisiones íntimas. Tener hijos deja de ser continuidad biográfica para convertirse en cálculo económico y emocional. No se trata de rechazo a la familia, sino de adaptación racional a un mundo donde el futuro perdió previsibilidad. La reproducción social comienza a retroceder sin estridencias, casi sin debate público, como un ajuste abrupto frente a condiciones materiales cada vez más restrictivas.

Al mismo tiempo, el capitalismo contemporáneo modifica rápidamente su relación con la población. Automatización, digitalización y concentración extrema de riqueza reducen la necesidad estructural de empleo humano masivo. El crecimiento económico ya no depende de sociedades demográficamente expansivas. Nadie necesita imponer controles directos sobre los nacimientos: el propio sistema produce condiciones de vida que desalientan reproducirse. La regulación demográfica se vuelve difusa, internalizada, administrada por individuos que ajustan expectativas personales mientras el mercado redefine qué vidas resultan económicamente necesarias y cuáles comienzan a volverse excedentes.

En este escenario, la crítica moral —sea religiosa o progresista— corre el riesgo de volverse insuficiente y reactiva. Discutir únicamente valores, derechos o creencias sin interrogar las condiciones materiales que vuelven inviable proyectar la vida implica permanecer en la superficie del problema. Porque la cuestión central no es solo quién defiende o cuestiona el nacimiento, sino qué orden social hace cada vez más difícil sostenerlo. Si no se desarma la lógica del capitalismo ecocida —que precariza la existencia mientras agota las bases ambientales y sociales que permiten vivir— toda discusión quedará atrapada en el síntoma. La disputa real no es solo cultural ni moral: es civilizatoria, y define si el futuro será un espacio habitable o apenas la administración prolongada de una crisis que aprendimos a naturalizar.

J. Noriega

imagen. IA

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