La escena empieza antes de llegar a la caja. Una mujer abre la app del banco, la cierra, vuelve a abrirla como si el saldo pudiera mejorar por insistencia moral. Mira precios, calcula cuotas, deja un paquete de café y se convence de que tampoco era tan necesario. Un trabajador revisa el vencimiento de una tarjeta y decide patear otra cuenta unos días más, como quien acomoda muebles dentro de una habitación demasiado chica. En una mesa familiar alguien propone refinanciar el resumen bancario para “achicar un poco”. Nadie sabe bien qué significa achicar, pero la frase circula igual. Mientras el gobierno de Javier Milei insiste en mostrar desaceleración inflacionaria y estabilidad macroeconómica, gran parte de la sociedad habita otra experiencia: salarios que desaparecen rápido, deterioro acumulado y una sensación persistente de insuficiencia material.

Los datos recientes de un relevamiento permiten dimensionar esa transformación. El 87% de los trabajadores argentinos afirma que el sueldo no alcanza para cubrir necesidades básicas; el 73% sostiene que el ingreso dura menos de dos semanas y apenas el 9% consigue llegar a fin de mes sin quedarse sin dinero. Además, el 77% reconoce tener deudas y nueve de cada diez personas no logran ahorrar. Lo que comienza a consolidarse es otra organización de la vida cotidiana: alimentos comprados en cuotas, pagos mínimos convertidos en rutina y crédito utilizado para sostener consumos elementales. La deuda dejó de funcionar como excepción. Se volvió paisaje doméstico.

Ese desplazamiento tiene además una dimensión estructural menos visible. Mientras familias trabajadoras recurren a préstamos personales, refinanciaciones o tarjetas para atravesar el mes, el sistema financiero continúa capturando rentabilidad mediante intereses, comisiones y expansión del crédito privado. Incluso con aumento de la morosidad durante 2025 y 2026, bancos y entidades financieras mantuvieron altos niveles de liquidez y beneficios asociados al endeudamiento social. El año pasado, el propio Banco Central de la República Argentina advirtió sobre el crecimiento de la intermediación financiera hacia hogares y empresas. Lo que para una familia significa preocupación o cálculo permanente, para el circuito bancario representa valorización económica.

Quizás lo más decisivo sea la transformación del tiempo. Durante años, el salario todavía conservaba cierta promesa de proyección. Ahora gran parte de la vida económica parece organizada alrededor de vencimientos. La conversación cotidiana gira alrededor de cuotas, intereses y consumos postergados. El futuro comienza a reducirse a la próxima fecha de pago. Mientras en ámbitos empresariales y universitarios —incluyendo recientes exposiciones de Milei en Universidad de San Andrés— el discurso económico enfatiza estabilidad monetaria y confianza de mercado, amplios sectores sociales experimentan otro clima: ansiedad financiera, la inestabilidad subjetiva y sensación de encierro económico.

La economía puede estabilizar ciertas variables macroeconómicas y aun así producir condiciones de vida pauperizadas. Porque el problema ya no reside solamente en cuánto gana una persona, sino en cómo la precariedad reorganiza vínculos, expectativas y percepciones del futuro. La deuda empieza a operar como un dispositivo de disciplinamiento cotidiano: obliga a calcular, postergar y aceptar condiciones cada vez más estrechas para sostener cierta normalidad. Cuando la crisis se vuelve permanente, el endeudamiento deja de ser solamente una obligación monetaria y comienza a transformarse en un lazo subjetivo duradero con un sistema de injusticias.

J. Noriega

imagen. IA

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