La noticia podría leerse como un movimiento más dentro del tablero oficialista. Javier Milei hablará en la Fundación Faro acompañado por Adrián Ravier, economista de referencia del liberalismo austríaco y flamante vocero presidencial. La designación parece cerrar un círculo. El gobierno que llegó al poder reivindicando a Mises y Hayek incorpora ahora a uno de los principales difusores argentinos de esa tradición. No es solamente una decisión comunicacional. Hay allí una búsqueda de coherencia doctrinaria. El lenguaje de la economía pasa a convertirse en la única voz del gobierno.
La trayectoria intelectual de Ravier es conocida. Desde hace años sostiene una crítica sistemática a las distintas formas de intervención estatal y propone recuperar las virtudes de los mercados como mecanismos de coordinación social. El crecimiento, la estabilidad y la prosperidad aparecerían asociados a la libertad económica y a la reducción de las interferencias políticas. El argumento posee una elegancia particular. Las crisis se explican por distorsiones; los desequilibrios, por excesos estatales; las soluciones, por el retorno a los incentivos y al orden espontáneo. La economía parece adquirir así la transparencia de una maquinaria cuyos engranajes funcionarían naturalmente si nadie los alterara.
Sin embargo, hay algo que regresa. Como huellas que aparece entre los rincones de una habitación aparentemente vacía. La historia argentina tiene esa costumbre. Reaparece cuando las teorías creen haberla dejado atrás. Porque el país agroexportador no fue solamente un mercado eficiente; también consolidó una estructura desigual y dependiente. La industrialización del siglo XX no fue una anomalía irracional; expresó una respuesta a las restricciones externas y a la necesidad de ampliar el mercado interno. Tampoco la apertura financiera iniciada hace medio siglo fue una consecuencia inevitable de leyes económicas universales. Cada etapa supuso conflictos, intereses y grupos sociales diferentes. Las relaciones entre Estado, empresarios, trabajadores y capital financiero nunca desaparecieron. Apenas cambiaron de forma.
Tal vez allí resida la principal dificultad del liberalismo austríaco cuando se transforma en horizonte político. Su potencia explicativa convive con una tendencia a observar los fenómenos económicos como si estuvieran parcialmente separados de las trayectorias históricas. Pero las economías no existen suspendidas en el aire. Se encuentran incrustadas en sociedades concretas, con memorias, desigualdades y estructuras heredadas. Allí donde la teoría identifica individuos, la experiencia descubre relaciones de fuerza. Allí donde se observan incentivos, aparecen posiciones de poder sedimentadas durante décadas. Y allí donde se invoca la libertad, emergen condiciones materiales profundamente desiguales para ejercerla.
La llegada de Ravier al centro del dispositivo oficial expresa algo más que un cambio de voceros. Representa la consolidación de una sensibilidad intelectual que aspira a leer la sociedad desde categorías relativamente estables. Pero la historia argentina suele comportarse de otra manera. Tiene una tendencia obstinada a introducir matices, contradicciones y retornos inesperados. Quizás la discusión más relevante no sea si el mercado debe reemplazar al Estado o viceversa. La cuestión tal vez consista en otra cosa: preguntarse qué queda fuera del cuadro cuando una doctrina económica empieza a pensar que puede explicarlo todo. Porque las teorías pueden ordenar la realidad. Lo que nunca consiguen es impedir que la historia vuelva a entrar por las ventanas.
J. Noriega
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