En la pista de Puerto Iguazú, la madrugada no suele dejar testigos. A las 00:21, el rugido de las turbinas de un Gulfstream G400 matrícula LV-JQW rompió la humedad de la frontera para enfilar rumbo a Guayaquil y, desde allí, hacia el norte. A bordo viajaba Flávio Bolsonaro junto a su familia, escapando de Brasil en una maniobra relámpago coordinada a través de suelo argentino. El despacho del vuelo llevó la firma de Baires Fly, pero detrás de la aeronave asomó de inmediato una sombra recurrente del poder: el hombre invisible.
Durante casi dos décadas, el hombre invisible logró la proeza más codiciada de la patria financiera: ser omnipresente en los expedientes judiciales sin dejar de ser un perfecto desconocido para la opinión pública. Su nombre funcionó como una bisagra silenciosa en los pliegues más oscuros de la política y los negocios turbios. En 2006 figuró en la trama de facturación apócrifa del caso Skanska a través de Sol Group; dos años más tarde, su laboratorio Prefarm lo conectó con Sebastián Forza.
El negocio aeronáutico consolidó su estatus. En 2010 selló sociedad con Federico “Fred” Machado —el magnate rionegrino hoy detenido en Texas por narcotráfico y fraude—, con quien compartió viajes, empresas y a quien introdujo en el círculo íntimo del diputado José Luis Espert en 2019.
Pese a ese prontuario subterráneo, Mastropietro (el hombre invisible) no escatimaba en ostentación privada. Mientras tejía acuerdos en su residencia del exclusivo barrio Altos de Campo Grande, celebró su boda en La Toscana con un banquete fastuoso que costeó para decenas de invitados.
El barniz de impunidad comenzó a resquebrajarse cuando el fiscal Franco Picardi lo señaló como una de las cabeceras del lavado de dinero en el escándalo de la Agencia Nacional de Discapacidad (ANDIS). Según la imputación judicial, Mastropietro simulaba la venta de horas de vuelo y kilómetros nacionales a través de Baires Fly para blanquear los retornos que droguerías y proveedores pagaban a operadores oficiales.
Indagado ante el juez Ariel Lijo, optó por callar. Sin embargo, cuando la familia Bolsonaro necesitó desaparecer del radar regional, el teléfono que sonó fue el mismo de siempre.
G. S. Barbarov
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