Hay dirigentes que parecen disfrutar más de la transgresión que de las decisiones de gobierno. No basta con mirar sus políticas: también importa la satisfacción que encuentran en ejercer el poder. En «Neoperadores, el goce del poder», Jorge Alemán propone analizar esta dimensión mediante una economía libidinal: mandar, humillar, desafiar las instituciones y exhibir crueldad pueden convertirse en fuentes de goce. El neoemperador no busca solamente gobernar; aspira a demostrar que puede hacerlo sin reconocer límites. También importa la satisfacción de sus seguidores, que encuentran en la fuerza del dirigente una forma de identificación frente a sus frustraciones. El goce de quien manda y el de quienes lo acompañan no son idénticos, aunque se refuercen mutuamente.

El fenómeno no aparece de manera aislada. El neoliberalismo debilita solidaridades, fragmenta experiencias y produce incertidumbres difíciles de resolver individualmente. Ese malestar no conduce necesariamente a una conciencia crítica. También puede convertirse en resentimiento, rechazo de las mediaciones democráticas y adhesión a dirigentes que prometen restaurar un orden perdido. La precarización económica no produce automáticamente autoritarismo, pero ofrece un terreno donde prosperan nuevas identificaciones políticas. Mientras el poder económico procura reducir las intervenciones públicas, el liderazgo ofrece una identificación basada en la fuerza y el castigo. La crueldad deja de ocultarse: se exhibe como prueba de autoridad. El sufrimiento ajeno puede convertirse en demostración de eficacia para quienes necesitan creer que alguien se atreve a imponer su voluntad.

Las elecciones estadounidenses del 3 de noviembre marcaron un episodio significativo en esa trama. La recuperación demócrata del Congreso y sus avances en territorios tradicionalmente republicanos constituyeron un revés para Donald Trump. El costo de vida, la inflación y el desgaste presidencial aparecen entre los factores que explican parte del resultado. Pero no conviene reducirlo a un rechazo circunstancial. También expresa una demanda de controles institucionales frente a un Ejecutivo que hizo de la confrontación con los límites una parte de su identidad política. La omnipotencia representada encontró resistencia en las urnas. Sin embargo, una derrota electoral puede modificar la distribución del poder sin transformar las identificaciones que sostienen al trumpismo.

La cuestión importa. La derrota de un liderazgo autoritario no equivale a la desaparición de las condiciones que hicieron posible su ascenso. El malestar económico permanece, las desigualdades no se resuelven con un cambio parlamentario y las identificaciones construidas alrededor del resentimiento pueden sobrevivir. Cuando la pretensión de poder absoluto tropieza con sus límites, incluso puede intensificarse la voluntad de transgredirlos. La defensa de la democracia necesita algo más que restaurar las reglas: requiere reconstruir las condiciones sociales que permitan reconocerlas como una forma legítima de vida colectiva. De lo contrario, las instituciones pueden recuperar su funcionamiento mientras las fuerzas que las cuestionan conservan su capacidad de convocatoria.

El desafío de una política trasformadora es evitar que su victoria se agote en el rechazo a Trump. Si se limita a administrar el orden económico que produjo precariedad y frustración, el terreno seguirá disponible para nuevas experiencias autoritarias. Hace falta articular mejores condiciones materiales, solidaridades colectivas y formas de participación que no dependan del odio ni de la humillación. Derrotar electoralmente a un neoemperador no significa haber construido una alternativa emancipatoria. Entre ambas cosas existe una distancia. La democracia puede poner límites al poder; la pregunta es si también será capaz de construir una sociedad en la que nadie necesite participar de la crueldad para existir.

Julián Noriega

imagen. JN + IA

——————————–

Para suscribirte con $ 1500/mes a LNd hace click aquí

Tendencias