Miramos la guerra como quien abre una pestaña más. La pantalla encendida, el volumen bajo, los gráficos limpios. El pulso apenas se altera. Misiles que avanzan como íconos, ciudades reducidas a puntos luminosos, comentaristas que explican trayectorias como si narraran un torneo. Pausa breve. La distancia digital convierte la explosión en animación y el humo en textura. Deslizamos el dedo. Seguimos. La guerra se vuelve interfaz, simulacro, experiencia interactiva que promete control. Y en ese gesto cotidiano, casi imperceptible, algo empieza a naturalizarse.
En Oriente Medio, los nombres propios ordenan el tablero: Irán, Estados Unidos, Israel. Los titulares hablan de disuasión, seguridad, amenazas estratégicas. Frases cortas. Tonos firmes. Todo parece responder a una lógica técnica, inevitable. La ofensiva, la réplica, la advertencia diplomática. Movimiento. Respuesta. Nuevo movimiento. Pero fuera del encuadre hay cuerpos, hay familias, hay barrios que no pueden reiniciar la partida. La pantalla ordena; la vida se desordena. Silencio. Esa distancia es la clave.
La industria armamentista no mira desde lejos. Aprende, ajusta, capitaliza. Si la guerra puede narrarse como videojuego, también puede venderse como avance tecnológico. Drones más precisos. Sistemas antimisiles más inteligentes. Software que anticipa amenazas. Cada enfrentamiento funciona como vitrina ante fondos de inversión que no observan sufrimiento sino rendimiento. Suben las acciones. Se reconfiguran carteras. El capital se mueve hacia defensa y energía. No es solo una guerra territorial: es financiera. La destrucción entra en planillas. La muerte impacta en balances. Línea ascendente. Línea descendente.
El estrecho de Ormuz aparece en los análisis como punto crítico. Un cuello de botella. Una variable sensible. Una interrupción altera precios, sacude mercados, redefine alianzas. El petróleo sube; los hogares pagan más; los presupuestos se ajustan. Ajuste. Recorte. Espera. Al mismo tiempo, las carteras globales encuentran oportunidades en la volatilidad. La guerra organiza inversiones y consolida posiciones. La desigualdad se profundiza. Algunos cuentan pérdidas irreparables. Otros cuentan ganancias trimestrales.
Y aquí aparece una convicción incómoda, que nos roza. Si la virtualización amortigua el impacto, si la pantalla convierte el dolor en dato, entonces nuestra indiferencia no es neutra. Quien no se angustia ante este sufrimiento participa, consciente o inconscientemente, de la circularidad de una violencia que se presenta como necesaria para ordenar el mundo. No sentir nada es aceptar las reglas del juego. No detenerse es convalidar la lógica que transforma vidas en daños colaterales y mercados en árbitros finales. La guerra no solo se libra lejos. También se reproduce en la calma con la que la miramos. Pausa. Y seguimos.
Quizás el gesto mínimo sea otro. Detener el desplazamiento automático. Sostener la imagen un segundo más. Preguntarnos quién gana, quién pierde, quién decide. La pantalla ofrece claridad; la realidad es turbia. Allí donde el conflicto parece inevitable, alguien tomó decisiones concretas, firmó contratos, aseguró provisiones, anticipó escenarios. Nada es abstracto. Todo tiene responsables. Si recuperamos la capacidad de inquietarnos, interrumpimos esa rueda que convierte la violencia en rutina. No cambia el mapa de inmediato. Pero altera algo más profundo: la forma en que aceptamos —o resistimos— el orden que nace de la violencia.
J. Noriega
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