Tengo 17 años. Subo al colectivo y miro a todos. Movimientos, palabras, silencios. Todo queda en mi cabeza. Lo guardo, lo ~olvido~ ordeno. La ciudad parece ~una mierda~ un quilombo, pero yo tengo mis propias reglas en la cabeza.
Escucho Skrewdriver mientras leo Mi Lucha y Nietzsche. Me ~gusta~ me engancha cada frase. “Quien tiene un porqué para vivir puede soportar casi cualquier cómo”, pienso mientras miro a la gente. Me hace sentir que entiendo cosas que nadie más ~entiende~ ve ~como yo~. Me hace sentir que encajo, aunque nadie lo note.
Los compañeros no me importan. La escuela queda lejos. Prefiero mirar. Cada gesto, cada comentario entra en mi cabeza. Lo comparo, lo anoto mentalmente. Lo que pasa afuera no siempre me toca. A veces recuerdo lo que Hitler decía: “La grandeza del hombre está en su voluntad de poder”, y pienso que eso explica lo que siento con Skrewdriver y los libros.
El río siempre está ahí. No miro mucho, solo lo escucho ~cuando puedo~. Fluye como mis pensamientos. Me ayuda a separar lo que es mío de lo que solo pasa por mi cabeza ~sin permiso~. Cuando cruzamos el puente, siento que todo lo que pienso sigue su camino, aunque yo no lo toque.
Soy solitario y no busco amigos. La música que escucho y lo que leo me ~tranquiliza~ mantiene firme. Nietzsche decía algo como “Conviértete en quien eres”, y siento que eso aplica a mí. Me ayuda a entender el quilombo de la ciudad y de la gente. Mantengo mis límites claros ~más o menos~.
A veces me da bronca. Sentirme parte de Skrewdriver y ciertas ideas me hace sentir fuerte, pero también puede desbordarme. Intento mantener todo adentro, separar lo que es mío de lo que solo ~me toca~ me atraviesa. Me pregunto si eso es normal, si todos sienten algo que los guía y los frena al mismo tiempo.
Colectivo, puentes, pasajeros. Todo es info. Silencios, murmullos, empujones. Me ayuda a ver ~patrones~ cosas que se repiten. Necesito orden para no perderme. Lo que leo dice que “la lucha por la vida determina al más fuerte”, y siento que eso tiene sentido para mí. Cada día sumo más detalles, más cosas que tengo que tener en cuenta.
El odio que siento no es contra alguien ~específico~. Es contra lo falso, lo débil, lo que no entiendo. Lo que escucho y leo me ayuda a no confundirme. Sé que hay límites que no debo pasar ~todavía~. La ciudad y el río me recuerdan que hay cosas que no puedo controlar y que está bien.
Cuando Skrewdriver suena en mis auriculares, siento que los libros y las canciones me reflejan. Me muestran lo que soy y lo que no soy. Nietzsche decía algo de que “el hombre superior crea sus propios valores”, y pienso que eso aplica a lo que escucho y leo. Intento mantener distancia para que no me domine del todo ~o eso creo~.
Cierro la pantalla y respiro. Todo sigue en mi cabeza: música, libros, ciudad, río, pensamientos. Aprendo a separar lo que soy de lo que solo me atraviesa. La travesía es moverse entre todo eso sin ~desaparecer~ perderme. Todo lo que recojo, lo que siento, lo que escucho, queda ahí, invisible, mis notas personales que nadie más ve.
J. Noriega
imagen. IA













