Escribo sobre una película que no habla de Malvinas y, sin embargo, no podría existir sin Malvinas. En 1982 el gobierno cívico-militar enviaba jóvenes al Sur mientras en el Colegio Nacional de Buenos Aires la vida continuaba con una normalidad intacta. Ese contraste sostiene La mirada invisible (2010), dirigida por Diego Lerman. No hay combates ni exceso de discursos patrióticos. Solo pasillos, horarios, miradas bajas. El país parece dividido en dos planos: la guerra como horizonte lejano y la administración cotidiana como presente absoluto. La película se instala allí donde casi nada ocurre, donde la historia no irrumpe sino que se infiltra lentamente en gestos mínimos, en rutinas que continúan funcionando mientras algo afuera cambia indefectiblemente, penetrando silenciosamente la vida de todos.

María Teresa es preceptora. No enseña materias; administra conductas. Controla uniformes, desplazamientos, silencios. Su tarea consiste en vigilar sin ocupar el centro. Aprende a observar desde los márgenes, a permanecer quieta, a registrar sin intervenir demasiado. Empieza revisando baños por obligación institucional y termina quedándose más tiempo del necesario, escuchando respiraciones ajenas, sosteniendo una mirada que ya no responde solo al deber. La institución produce ese modo de ver. Mientras la guerra organiza relatos nacionales, el colegio organiza cuerpos concretos. La disciplina escolar aparece así como una pedagogía política involuntaria: formar sujetos capaces de sostener el orden incluso cuando el contexto histórico empieza a volverse inestable. Allí, la violencia se hace invisible y el control se disfraza de rutina, de orden, de normalidad.

Biasutto, su superior, encarna un poder cotidiano que nunca se presenta como excepcional. No necesita violencia abierta; alcanza con la proximidad, el tono, la insinuación persistente. Pero la película no oculta que su autoridad también se traduce en abuso: gestos y palabras que humillan, toques que invaden, comentarios que reducen a María Teresa a un objeto de dominio. La violencia de Biasutto es silenciosa y constante, una presencia que condiciona cada paso, cada mirada. María Teresa continúa dentro de esa lógica hasta que un día, ante la acumulación de sometimiento y miedo, algo se desplaza: lo enfrenta físicamente y le da muerte. El acto es rápido, contenido, casi clínico; no hay estridencias, no hay clímax cinematográfico, solo la consecuencia directa de un abuso sostenido que ha superado todo límite de tolerancia. Su crimen no es heroicidad ni justicia, sino evidencia de cómo la obediencia forzada puede convertirse en un impulso de ruptura.

Después del crimen nada cambia en apariencia. El colegio sigue funcionando, la guerra continúa lejos, el país mantiene su respiración administrativa. No hay reparación ni épica. Pero algo se desplaza. María Teresa deja de mirar como antes, y en ese gesto mínimo se vuelve otra. Su acto —violento, irreparable— no restaura el orden ni promete justicia; abre un horizonte. Por primera vez alguien abandona el lugar asignado, interrumpe la coreografía silenciosa que hacía posible la repetición. Allí encarna una forma incómoda de liberación: no la libertad luminosa del héroe, sino la posibilidad de salir de la repetición histórica, del siempre igual. Tal vez la película sugiera eso: que la historia no cambia cuando todo estalla, sino cuando actuamos, incluso tarde, incluso mal, y elegimos no seguir obedeciendo. Y entonces algo —apenas algo— comienza a ser distinto, un susurro de diferencia que anuncia que los actos humanos, ilegibles o tardíos, pueden trastocar el orden del mundo.

J. Noriega

imagen. IA

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