Luis maneja un auto para una app de viajes. Es uno de los nuevos cien mil conductores que se sumaron en los últimos tres meses. Es licenciado en Matemática por la UADER y da clases en dos escuelas secundarias de Paraná. Según una nota publicada en Página/12, la expansión del trabajo por plataformas acompaña la caída del poder adquisitivo formal en todo el país. Su esposa, María, también docente, intercambia horas frente al aula con la venta de ropa por redes sociales y ferias barriales. María es, al mismo tiempo, trabajadora formal y precarizada. Ninguno dejó la educación pública, pero ambos reorganizaron su vida cotidiana alrededor de ingresos complementarios. La escena ya no sorprende: docentes que terminan la jornada escolar y comienzan otra actividad para sostener la economía familiar. Ya nadie evocaría, hablado en serio, la vocación como sentido de su vida docente.

Entre 2015 y 2025 el poder adquisitivo docente y estatal provincial cayó de forma sostenida frente a la inflación acumulada. Las negociaciones salariales evitaron deterioros abruptos, aunque nunca lograron recuperar completamente lo perdido. Estudios sindicales y comparaciones con índices nacionales estiman pérdidas reales de entre el 30% y el 40%, según cargo y antigüedad. El salario inicial comenzó a acercarse a niveles de indigencia y muchos trabajadores debieron sumar horas, cargos o suplencias para alcanzar ingresos comparables a un salario medio formal. La estabilidad administrativa del empleo público permaneció intacta, pero su función histórica como organizador de la vida social empezó a erosionarse lentamente. La economía doméstica dejó de apoyarse en un ingreso previsible y pasó a depender de combinaciones laborales cambiantes que exigen reorganizar permanentemente el tiempo y las expectativas familiares.

La jornada docente también se expandió sin reconocimiento formal. Las clases terminan, pero el trabajo continúa en correcciones nocturnas, planificación digital, mensajes institucionales y acompañamiento constante a estudiantes y familias. El tiempo pedagógico invade el tiempo personal y la disponibilidad permanente se vuelve regla implícita. Muchos docentes recorren varias escuelas en un mismo día, organizan horarios fragmentados y administran traslados dentro de Paraná para sostener cargos dispersos. El cansancio dejó de ser excepcional y comenzó a formar parte de la normalidad laboral. No se trabaja únicamente más horas; se trabaja de otra manera. La escuela frontera reconfigura lentamente su “normalidad”; el acuerdo escolar de convivencia es el fundamento mismo del espacio social escolar.

De este proceso emerge la figura del docente-app. No existe una plataforma visible ni un algoritmo que asigne tareas, pero sí una lógica similar: conexión constante, multiplicidad de actividades e ingresos construidos por acumulación. Entre 2015 y 2025 la discusión salarial dejó de centrarse en mejorar condiciones de vida y pasó a enfocarse en evitar pérdidas mayores. En el imaginario sostener reemplazó a ascender o mejorar. Cuando el ingreso docente cae durante una década, cambia algo más profundo que un número en el recibo de sueldo. Se transforma la relación entre el Estado y quienes sostienen cotidianamente sus instituciones. Enseñar continúa siendo un trabajo con “exceso de significado”, aunque cada vez más atravesado por estrategias destinadas a –simplemente- poder vivir.

J. Noriega

imagen. IA

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