Leo en los portales digitales que la UCR entrerriana se reunirá en junio para discutir su estrategia política. El anuncio parece rutinario dentro del calendario partidario argentino: congresos, debates internos y llamados a la reorganización. Sin embargo, la noticia provoca una pregunta que excede la coyuntura provincial: ¿qué puede redefinir hoy el radicalismo cuando se reúne? Durante décadas, encuentros similares anticipaban decisiones capaces de modificar el rumbo nacional. Hoy la escena produce otra sensación: la de una organización que continúa deliberando mientras el sistema político ya se reorganizó sin ella. El radicalismo no atraviesa una crisis visible ni un colapso institucional; atraviesa algo más profundo, una pérdida progresiva de centralidad histórica que vuelve incierto el sentido mismo de su persistencia política.

En 1983, Raúl Alfonsín obtuvo casi ocho millones de votos y más del 50 % del electorado. Aquella elección representó la reconstrucción democrática y la instalación de un nuevo orden político tras la dictadura. El radicalismo encarnaba ética pública, institucionalidad republicana y ciudadanía democrática, funcionando como uno de los polos estructurales del sistema argentino junto al peronismo. Pero ese equilibrio comenzó a erosionarse durante los años noventa y se quebró definitivamente con la crisis del gobierno de Fernando de la Rúa. El colapso de 2001 no implicó solamente el fracaso de una administración; produjo una fractura simbólica que desactivó al radicalismo como garante político de estabilidad democrática y modificó su relación histórica con amplios sectores sociales.

Los datos electorales posteriores confirman la magnitud del desplazamiento. En 2003 el candidato radical apenas superó el 2 % de los votos nacionales, y en 2011, con Ricardo Alfonsín, el partido reunió alrededor de dos millones y medio de sufragios. No se trató de una derrota coyuntural sino del pasaje de partido mayoritario a partido residual. Desde entonces, la UCR abandonó la competencia presidencial autónoma y pasó a integrarse en coaliciones opositoras más amplias. Conservó cargos legislativos, presencia territorial y cuadros políticos, pero dejó de producir una síntesis nacional propia. El radicalismo ya no organiza electoralmente al país; aporta volumen institucional dentro de proyectos políticos conducidos por otros liderazgos.

La coyuntura actual muestra una organización escindida entre dos racionalidades políticas. A nivel nacional, la conducción radical debate identidad, autonomía y estrategia sin lograr estabilizar un liderazgo capaz de ordenar expectativas colectivas. En contraste, el radicalismo provincial mantiene poder efectivo mediante gobernadores e intendentes que priorizan gestión y gobernabilidad antes que construcción ideológica. La reunión entrerriana sintetiza esa contradicción: un partido funcional en el territorio pero incapaz de traducir esa fortaleza federal en alternativa presidencial. Cuanto más eficiente aparece el radicalismo como administrador local, más evidente resulta su debilidad como actor nacional. El territorio sostiene la estructura mientras la nación perdió capacidad organizadora.

Durante el siglo XX la Unión Cívica Radical fue un partido político significativo; hoy ocupa el lugar de partido bisagra y, más precisamente, de partido residual dentro de una democracia de coaliciones fragmentadas. No alcanza para ganar elecciones nacionales, pero sigue siendo necesario para completar mayorías competitivas. Su peso electoral propio ya no expresa hegemonía sino supervivencia política. Lo que durante décadas organizó la democracia argentina hoy persiste como memoria institucional antes que como proyecto nacional. Entre Alfonsín y el presente no solo perdió poder electoral: perdió sentido histórico. Lo que alguna vez fue una tradición política del siglo XX es hoy, a lo sumo, menos de dos millones de votos buscando todavía una razón para existir.

J. Noriega

imagen. IA

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