Veo en la pantalla las calles por donde caminé en 2006, con el aire escaso de la altura de La Paz, quizá la escena política más digna que hoy puede experimentarse. Lo primero que regresa no es una idea sino una sensación física: el pecho apretado, las piernas pesadas, la necesidad de detenerse para respirar. En La Paz el cuerpo recuerda antes que la razón que la política comienza respirando. Las imágenes actuales repiten esa experiencia. Hombres y mujeres avanzan lentamente, no como multitud abstracta sino como presencia corpórea, material. Antes que consignas, aparece el esfuerzo compartido. La política vuelve a existir allí donde caminar juntos exige resistencia.

Las movilizaciones no se explican mirando indicadores económicos sino en los gestos: filas largas, manos levantadas, rostros cansados. Sindicatos, organizaciones populares y comunidades indígenas reaparecen ocupando el espacio público como lenguaje político. El conflicto boliviano se vuelve visible cuando la vida cotidiana deja de acompasarse con el ritmo del gobierno. Rodrigo Paz Pereira intenta ordenar la economía desde una racionalidad técnica, pero la sociedad responde desde otro registro: el de quienes sienten la huella histórica viva, encarnada. La presencia política comienza como incomodidad corporal, como sufrimiento social acumulado. Y lo excede.

Gobernar Bolivia implica comprender que el Estado plurinacional nació de marchas, bloqueos y trayectorias colectivas largas. Amaneció de la larga noche de la dominación colonial. No fue diseñado en oficinas sino construido caminando. Cuando el poder adopta un tono tecnocrático transforma sujetos históricos en población administrada. Allí emerge la tensión actual: quienes protagonizaron transformaciones profundas sienten que deben volver a moverse para recordar su lugar en la historia nacional.

En las marchas que descienden desde El Alto hacia el centro paceño se percibe algo decisivo. No hay espectacularidad ni velocidad; hay persistencia. Caminar en altura supone aceptar límites físicos y superarlos colectivamente. Por eso las movilizaciones no son un desorden pasajero sino una forma de comunicación política cuando las instituciones dejan de traducir la experiencia social. El espacio público vuelve a organizarse alrededor de la presencia viva que interrumpe el flujo económico para recordar que ninguna estabilidad puede sostenerse sin reconocimiento.

Bolivia aparece así como un cuerpo indómito. Mientras muchos gobiernos intentan administrar sociedades desde pantallas y estadísticas, allí la política vuelve a medirse en respiración, en grito y permanencia sabiamente ancestral. En la lucha. La potencia del cuerpo social no desaparece: sólo espera el momento de volver a ponerse en movimiento. El cuerpo vuelve a caminar, nuestra esperanza también.

J. Noriega

imagen. IA

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