En un contexto mundial atravesado por una triple crisis –ambiental, energética, alimentaria –, el aumento del precio de los alimentos y el deterioro de las condiciones sociales, la relación entre educación y producción de alimentos vuelve a ocupar un lugar central. Las experiencias de soberanía alimentaria, huertas escolares y agroecología crecen en distintos puntos del país como una respuesta concreta frente a los desafíos del presente. Conversamos con Dante Marcelo Faure, especialista en Ciencias Sociales, sobre el rol de la escuela en este escenario.
LNd—¿Por qué la cuestión alimentaria se volvió tan importante en estos tiempos?
D. M. F.—Porque estamos atravesando una crisis global importante. Hoy vemos cómo millones de personas tienen dificultades para acceder a alimentos saludables mientras unas pocas corporaciones concentran la producción y comercialización. La alimentación dejó de ser solamente un tema doméstico y pasó a ser una cuestión política, social y ambiental. La idea de soberanía alimentaria plantea justamente que los pueblos tengan derecho a decidir cómo, cuánto, y dónde producir los alimentos básicos.
—¿Qué lugar puede ocupar la escuela frente a esta realidad?
—La escuela tiene un papel estratégico. No solamente transmite contenidos: también forma ciudadanía, relaciones y experiencias colectivas. Cuando una escuela desarrolla una huerta, trabaja compostaje o articula con productores locales, está enseñando ciencias naturales, economía, historia, geografía y trabajo colectivo al mismo tiempo. Pero además trabaja sobre un problema real: cómo alimentarnos mejor y de manera más justa.
—Muchas veces se habla de “aprender haciendo”. ¿Eso aparece en estas experiencias?
—Totalmente. La huerta escolar es una herramienta pedagógica muy potente porque el aprendizaje deja de ser abstracto. Las y los estudiantes siembran, riegan, observan procesos naturales, organizan tareas y comprenden de dónde vienen los alimentos. Allí aparece algo fundamental: colectivamente se aprende y colectivamente se come. Eso fortalece valores de solidaridad y cooperación. Distintos programas educativos en Argentina vienen impulsando estas prácticas desde hace años.
—¿También hay una discusión sobre el modelo productivo?
—Sí. La soberanía alimentaria cuestiona el modelo agroindustrial dominante y propone alternativas vinculadas a la agroecología, la agricultura familiar y el cuidado ambiental. Muchas universidades y organizaciones sociales — Red Calisas — vienen construyendo redes de formación y extensión para articular conocimientos científicos con saberes populares. La escuela puede acercar a los jóvenes a esas discusiones desde una perspectiva crítica y participativa.
—¿Qué impacto tienen estas experiencias en las comunidades?
—Muy grande. En muchos barrios las huertas escolares terminan involucrando a las familias, a cooperativas y a productoras y productores locales. Se generan espacios comunitarios donde no sólo se producen alimentos sino también relaciones sociales. Hay experiencias universitarias y territoriales que muestran cómo estas redes ayudan a fortalecer la organización colectiva y el acceso a alimentos saludables.
—¿Cuál es el principal desafío hacia adelante?
—Entender que la educación y la alimentación no pueden ir por caminos separados. En momentos de crisis, enseñar a producir alimentos, cuidar el ambiente y trabajar colectivamente puede ser tan importante como cualquier contenido curricular. La escuela pública — también las privadas — tiene la capacidad de convertirse en un espacio donde se construyan soluciones concretas para problemas concretos.
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