La caza es todo lo que se
hace antes y después de la muerte del animal. La muerte es
imprescindible para que exista la cacería”
(Ortega y Gasset)
Mi amigo me había invitado a visitarlo a Villaguay y acepté. Fue en
enero y hacía mucho calor. Desde el colectivo se sentía lo insoportable
que estaba afuera. Cuando empecé a ver las palmeras tuve la
sensación de acercarme a su presencia. Ya me había pasado la última
vez que estuve con él, hacía casi una década. En cierto sentido me
sentía como el personaje de Poe que visitaba a Roderick Usher: no
sabía con qué ni con quién me iba a encontrar esta vez.
En sus mensajes decía que estaba cansado, agotado; que tomaba
pastillas “para la cabeza” y que a veces, en la madrugada, la muerte lo
llamaba y lo invitaba a suicidarse. Creo que exageraba un poco: tenía
tendencia a la fantasía y a la narración literaria.
Llegué a la ciudad al atardecer. Aun así hacía un calor insoportable.
Apenas bajé del colectivo lo vi: estaba apoyado, con el codo en la
ventanilla de la camioneta, sombrero en la cabeza y un cigarrillo en la
mano. Sonrió al verme. Lo noté igual que la última vez, tal vez un poco
más flaco. Nos dimos un abrazo y le pedí que esperara mientras
compraba un agua mineral: el viaje me había causado sed. Mientras
manejaba por la ciudad me contaba las cosas que le habían pasado y
algunas novedades del gobierno municipal.
—Es horrible esto —me dijo—. No quiero estar más acá, pueblo chico.
Mientras hablaba miraba por el espejo retrovisor; tenía los ojos algo
desorbitados, un poco perdidos.
—Es por la medicación —añadió.
Creo que no lo dije, pero la invitación había sido, sobre todo, para cazar
en un campo cerca de la ciudad. “Un amigo me dio permiso —me dijo—;
puedo andar por todo el campo si quiero.” En la chata llevaba dos
escopetas calibre 16 sin papeles y un reel para pescar.
—Cazar y pescar —repetía, riendo—. Cazar y pescar.
Nos metimos en el monte. Hicimos una fogata en el lugar autorizado y
me preparé un sándwich de salame milanés: me estaba muriendo de
hambre. Él canturreaba y silbaba una canción de Creedence. —A unos
metros está el Gualeguay —me dijo—. Vos sos más del Paraná, pero
acá la pesca es incomparable. En la oscuridad de la noche me
impresionó el espectáculo de las estrellas sobre el centro de la
provincia.
—¿Viste? —me dijo—. No te mentía. Acá es otra cosa. Paz,
tranquilidad. Ya vuelvo.
Al rato volvió. Había dejado la caña en el haragán a un par de metros.
Fue hasta la camioneta y empezó a armar un porro.
—Quiero irme de acá —me dijo, mientras le pegaba unos golpes secos
a las flores que ardían en la noche como luciérnagas rojas—. Estoy
cansado, podrido de todo.
Lo escuchaba y no dejaba de pensar que diez años atrás la cosa era
igual. Eso tienen los pueblos: parece que el tiempo no pasa; la vida se
estira y da la sensación de que hay más de veinticuatro horas por día.
Cargó una de las escopetas y la recostó sobre la parte delantera de la
camioneta. Guardamos silencio un buen rato. Pasada la medianoche
sentimos un ruido entre los arbustos.
—Debe ser algún ciervo o jabalí —dijo—. Vení, vení; te estamos
esperando. Vení, vení.
Yo aguardaba, bebiendo un trago de Ballantine’s. El disparo me
sorprendió: sonó seco, una explosión corta. —Se la di nomás al hijo de
puta —declaró—. Te estaba esperando, dijo, y corrió hacia los espinillos.
La noche era negra; no se veía a más de dos metros. Agarré una
linterna y lo seguí. En un momento lo perdí por unos minutos. Logré
encontrarlo más adelante y ahí estaba: miraba a su presa fría, con los
ojos desorbitados, como enloquecido. El animal —o lo que fuera— se
estaba desangrando en el suelo y balbuceaba.
—Ahora sí me puedo ir tranquilo —dijo—. Ya me siento mejor.
Lo remató con un nuevo disparo.
—Ayudame a enterrarlo —pidió después.
Me di cuenta de que estaba totalmente fuera de sí; ya no era el mismo.
Había pasado la barrera de la razón y se había internado en la locura.
Lo ayudé. Enterramos la presa.
—Ahora sí puedo irme —dijo, dejó el arma y se perdió en la oscuridad
del monte entrerriano.
N. Loza
imagen. archivo













