Antes de encontrar los cien mil dólares, Alcides ya había construido millones de mentiras.
Mentía con la naturalidad con que otros respiraban. No preparaba sus historias; simplemente aparecían. Si le preguntaban la hora, inventaba un reloj detenido; si le preguntaban dónde vivía, describía una casa con glicinas, aunque alquilara un departamento sin balcón. Mentía incluso cuando la verdad era más simple. Casi todos le creían. Solo desconfiaban quienes lo conocían desde hacía años. «Si Alcides dice que llueve, mirá por la ventana», repetían en el barrio.
Conducía un Uber desde hacía tres años. Los pasajeros también mentían: exageraban negocios, infidelidades, enfermedades. Alcides los escuchaba con desdén. Eran aficionados. A veces se entretenía descubriendo en qué momento una mentira empezaba a parecerse a la verdad. Había aprendido que ninguna historia falsa era completamente inventada: todas necesitaban apoyarse en un detalle verdadero para sostenerse. Esa era, según él, la diferencia entre un mentiroso profesional y un improvisado.
Aquella mañana dejó a una mujer cerca de la terminal. Al mediodía abrió el baúl y encontró un bolso negro. Pensó que contenía ropa olvidada. Lo abrió. Había fajos de dólares. Muchos. Contó apenas dos paquetes. Cien mil. Cerró el cierre con una calma inesperada. Por primera vez no encontró una mentira capaz de explicar lo ocurrido.
Siguió manejando sin aceptar viajes. Imaginó dueños posibles: un empresario, un político, una banda narco. Ninguna historia lo convencía. Entonces sonó el teléfono.
—¿Encontró el bolso?
—¿Qué bolso?
La mentira salió sola.
Hubo un silencio.
—Perfecto. Entonces todavía no lo abrió.
La llamada terminó. Era la primera vez que una mentira empeoraba la realidad.
Después llegaron otras llamadas. Nadie decía su nombre.
—¿Sigue teniendo el dinero?
—¿Ya habló con alguien?
—¿Le dijeron cuánto vale realmente?
Esa última pregunta quedó resonando.
En su departamento volvió a abrir el bolso. Cada fajo llevaba una fecha escrita a lápiz: 1987, 1994, 2001, 2018. No parecían marcas bancarias, sino restos de vidas diferentes. Revolvió el contenido buscando alguna explicación. No encontró documentos, tarjetas ni nombres. Solo dinero y aquellas fechas, como si el bolso hubiera atravesado varias épocas antes de llegar a sus manos.
Esa noche soñó con desconocidos que discutían por el mismo bolso en una estación de servicio, un hospital, una cancha y un juzgado. Ninguno hablaba del dinero. Todos discutían una historia. Al despertar encontró un sobre bajo la puerta. Solo decía:
«El dinero pertenece al que consiga contar su verdadera historia.»
Sonrió. Le parecía un desafío absurdo. Había contado miles de historias.
Se sentó a escribir.
No pudo.
Intentó recordar dónde había nacido. Aparecieron tres pueblos distintos. Dudó del nombre de su padre y de la mujer con la que había vivido cinco años. Cada recuerdo era desmentido por otro. Comprendió que las mentiras ya no ocultaban su pasado: lo habían reemplazado.
Durante semanas llamó a familiares, revisó fotografías y buscó documentos. Cada prueba confirmaba una versión y destruía otra. Su vida parecía escrita por autores diferentes. El bolso permanecía sobre la mesa. Nadie volvió a reclamarlo. Empezó a sospechar que el verdadero extraviado no era el bolso sino él mismo, y que los cien mil dólares habían aparecido únicamente para obligarlo a descubrirlo.
Finalmente decidió entregarlo en una comisaría. El oficial abrió el cierre.
El bolso estaba vacío.
Solo quedaba la hoja mecanografiada.
«El dinero pertenece al que consiga contar su verdadera historia.»
—¿Está seguro de que había dólares? —preguntó el policía.
Alcides describió los fajos, las fechas y las llamadas. Habló con una precisión desconocida, como si por primera vez necesitara decir exactamente lo que había visto.
El oficial anotó unas líneas.
—Entiendo.
Era evidente que no le creyó.
J. Noriega
imagen. IA













