Mucho antes de que existieran las jugueterías, las vidrieras iluminadas y las cajas con personajes famosos, ya existían los juguetes. Eran objetos sencillos, construidos con aquello que estaba al alcance de cada comunidad: madera, barro, huesos, semillas, tela o piedra; bastaba la imaginación; no necesitaban pilas, pantallas ni instrucciones.
Los juguetes acompañan a la humanidad desde tiempos antiguos. En distintas culturas aparecieron muñecas, animales, pequeñas figuras, carritos, pelotas, trompos y sonajeros. Algunos objetos permitían reproducir en miniatura el mundo de los adultos: casas, vehículos, herramientas, animales o soldados; «el juego era también una forma de aprender, imitar y construir una representación del mundo».
Durante siglos, la fabricación fue fundamentalmente artesanal. La madera ocupó un lugar privilegiado por su disponibilidad y facilidad para trabajarla. Muñecas, caballos, barcos, bloques y pequeños vehículos podían ser fabricados por artesanas, artesanos o incluso por las propias familias.
Pero llegó la Revolución Industrial y cambió las reglas. Durante el siglo XIX, las nuevas máquinas permitieron producir juguetes en cantidades cada vez mayores. La fabricación en serie redujo costos, estandarizó diseños y amplió el acceso a objetos que antes podían ser difíciles de conseguir «los juguetes comenzaron a convertirse también en mercancías de una industria en expansión».
Después llegó el metal y, especialmente durante el siglo XX, el plástico. El nuevo material permitió fabricar figuras, vehículos, muñecas y piezas con formas cada vez más complejas y en grandes cantidades. El juguete dejó progresivamente el pequeño taller para instalarse en la fábrica.
La transformación también modificó los hábitos infantiles. El tradicional trompo convivió con autos de fricción; las muñecas de trapo, con muñecos producidos industrialmente; los bloques de madera, con piezas de plástico. La tecnología incorporó mecanismos, sonidos, luces y, finalmente, componentes electrónicos.
Hoy una juguetería puede parecer un enorme catálogo de la cultura contemporánea. En el mercado conviven muñecas, juegos de construcción, vehículos, figuras de personajes cinematográficos, juegos de mesa, juguetes educativos y productos electrónicos. Una sola plataforma comercial reúne miles de opciones y cientos de marcas.
Detrás de esta gran transformación permanece algo esencial: un juguete no es solamente el objeto que se compra. Es aquello que ocurre cuando una niña, un niño —o un adulto— comienza a jugar.
Quizás por eso sobreviven los juguetes de madera, los trompos, las bolitas, las muñecas de trapo y los autitos de colección. Porque la historia del juguete también es la historia de nuestra capacidad para inventar mundos únicos con casi cualquier cosa.
imagen. Ripley














