Charla con el productor que atacó a tiros una fumigadora que perjudicó su granja

Gilda García y Osvaldo Quintana

Supo existir un tiempo en que la gente emigraba al campo buscando la tierra prometida, lejos de una ciudad alienante, soñando con hallar paz, tranquilidad y una vida más saludable. Irse al campo era sinónimo de vuelta a la naturaleza, significaba comenzar nuevamente con otra perspectiva. Algo así debe haber imaginado la familia de Julio Ariza cuando 18 años atrás, decidían hacer una elección de vida y trasladarse a una zona rural, en las cercanías de San Benito. Un tiempo antes de que irrumpiría en el país la llamada” fiebre sojera”.

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La vivienda de los Ariza se encuentra por el kilómetro 400 en la zona rural de San Benito Sur. Unas quince hectáreas situadas a seis kilómetros de la ciudad de Oro Verde. Por un camino de tierra, luego de atravesar campos y más campos bajo un sol impiadoso, divisamos la señal de la que nos habían hablado: una cabeza de vaca apoyada junto a la tranquera.

“Hubieran preguntado por el loco que pegó un tiro y enseguida los orientaban”, dice al recibirnos Alicia Franco de Ariza. El “loco” en cuestión no es otro que Julio, su esposo, dueño de una reciente notoriedad tras haberle disparado a un mosquito que fumigaba al lado de su vivienda.

La cocina-comedor es amplia, la mesa, alrededor de donde nos sentamos, está cubierta de hojas con apuntes y algunos cuadernos. Alicia prende un viejo ventilador mientras pide que disimulemos el desorden. El marido junto a su hijo de 24 años y estudiante de agronomía, está al llegar. Mientras prepara el mate, nos cuenta que son novios desde que tenía catorce años, que es jubilada docente, que vivieron mucho tiempo en Paraná donde ella daba clases mientras su marido trabajaba de empleado bancario.

Sin estudios propios sobre sus efectos en seres humanos y el medio ambiente y con una velocidad digna de mejor causa, hace exactamente quince años, el gobierno nacional firmaba la resolución 167 autorizando la producción y comercialización de soja transgénica, con uso de glifosato. El documento dejaba al descubierto que solo se habían tenido en cuenta los estudios de una de las partes interesadas: la multinacional Monsanto.

Con las primeras fumigaciones aéreas en la zona, cada vez más constantes catorce años atrás, muchos vecinos comenzaron a sentir un olor que no lograban definir. El tiempo los llevó a atar cabos, pero ninguno sabía hasta entonces que aquello que caía del cielo, sin discriminar sembrados y poblaciones, era tóxico. “La gente de campo, los productores chiquitos, no saben nada de leyes- afirma Alicia- . Nosotros tomamos conciencia recién durante los cortes de ruta, cuando la presidenta dijo que el glifosato era tóxico”.

En el último tiempo Alicia bajó 18 kilos. Tiene anemia, glóbulos rojos bajos y blancos altos, algo llamativo ya que proviene de una familia de contextura más bien robusta. Sospecha que las fumigaciones no son ajenas a lo que le pasa. Relata con preocupación que le pidió al médico un análisis toxicológico. Allí se enteró que éste solo puede hacerse con una orden judicial. “Sé que todos vamos a morir. Es inevitable, pero yo no quiero sufrir”. La conversación queda flotando sobre un incómodo silencio interrumpido por el ladrido de los perros y el ruido de la camioneta acercándose.

Julio Ariza cuenta hoy con 66 años. Cuando vivía en Paraná se encargaba de hacer remates, entre muchas otras actividades. “Soy jubilado, tengo una miocardiopatia de riesgo, aparte soy epiléptico. Los nervios me descontrolan el corazón”. Al cumplir los 18 años le descubren un pequeño tumor en el parietal izquierdo. El médico le aconseja por entonces buscar un equilibrio, hacer algún deporte o recreación. O sino irse al campo. “Tardé cincuenta años en poder venir .Existen cincuenta años de razones para estar acá”.

El pequeño productor es metódico y locuaz al momento de narrar lo ocurrido. Lleva algunos apuntes en unos papeles que saca del bolsillo. Nos alcanza unas revistas que trae del pueblo. Señala una foto. “Así fumiga el INTA, ¿ven?, se ponen ese traje y fumigan, porque eso es veneno”.

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Cuando se mudaron, allá por el año 1993, el sueño de los Ariza parecía haberse convertido en realidad: a metros de su vivienda existía un monte de diez hectáreas junto a un tajamar. El monte nativo tenía infinidad de especies: aromitos, espinillos, ñandubay, algunos algarrobos. La fauna era impresionante. Desde conejos hasta caranchos. Encendían la luz y encontraban diez sapos en el patio. Tardaron en habituarse al ruido ensordecedor de miles de ranas. Al tiempo les costó acostumbrarse al silencio. “Este año no vimos ni un sapo- relatan- ranas tampoco se ven más”.

Mediante un crédito del plan social agropecuario, la familia puso un criadero de chanchos. Tiempo después incorporaron un gallinero con pollos de campo. Todo iba bien hasta que, a los pocos años, el monte vecino se vendió. Después, la historia repetida: el nuevo dueño arrasó con monte y tajamar y los cubrió de soja. Al tiempo fumigó. Allí comenzaron los problemas: las chanchas empezaron a abortar, quedaron infértiles y se perdieron 30 lechones. La piara, que había sido construida cuando allí todo era monte, ahora tenía un sojal a cero metros del alambrado.

Después de algunas averiguaciones buscando las causas de lo sucedido, los Ariza llegaron a una conclusión: se trataba del glifosato. Cuando Julio le dio a conocer sus sospechas, que por aquel entonces ya eran certezas, Sergio Plez, el vecino en cuestión, le dijo muy suelto de cuerpo: “¿Sabes lo que pasó? La última vez el mosquito tenía que venir un día y vino al otro, había viento norte, pero le pedí que fumigue igual”.
Al poco tiempo, abortó también la chancha que había criado su hijo. Un aborto placentario. Así, mientras el vecino continuaba fumigando incumpliendo la ley, el pequeño productor efectuaba tres exposiciones ante la policía y una ante el juzgado de faltas de la Municipalidad. Hasta que el jefe de Policía le dijo, “no más exposiciones, acá la denuncia”. Y la denuncia fue a parar al juzgado de instrucción de la doctora Barbagelata.

“A partir de la tercera chancha que abortó y murió, Plez dejo de hablarnos- Sigue relatando Ariza- Lo llamábamos por teléfono y no atendía. Yo pensé: nos está agarrando de estúpidos. La primera vez hice la denuncia, la segunda una advertencia, a la tercera tiro. Y a la tercera tiré”.

Ese martes, como todas las mañanas, Julio estaba mateando en la cocina cuando, de pronto, escuchó un ruido. La esposa dormía y su hijo no estaba. Entonces salió de la casa y vio el mosquito. “Es la tercera –pensó- a este tengo que pararlo”. Dice que tiró de lejos, para asustarlo “¡que susto se pegó el tipo! Se bajó, me gritó. Era un empleado, un contratista que está obligado a saber que el viento llega en segundos hasta casa transportando el veneno. Cuando fumigas no debe haber viento. Me estaba matando a los animales, a mi mujer, a mí”. Al rato llegó la policía, luego el secretario del juez. Ahí fue cuando una justicia renga y sorda transformó a la víctima en victimario.
“Como no soy delincuente, dejé la escopeta acá nomas. Vino el fiscal y me las llevaron todas. Pero esto tomó un estado público que nunca imaginé. De las armas que encontraron, solo una de ellas funcionaba. “La escopeta era de mi padre y, como soy el hermano mayor varón, me traje todo. Una era de mi abuelo, que iba heredando el mayor de los varones. Ese sí mató gente en 1908 en Cuba. Tiene antecedentes”, dice con sonrisa pícara. Después agrega: “me han dicho que el abuelo debe de estar orgulloso”.

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Debido a la multiplicidad de denuncias de vecinos y organizaciones ambientales sobre el efecto nocivo de agroquímicos, en enero de 2009 la presidenta Cristina Kirchner se vio obligada a firmar un decreto mediante el cual creó la Comisión Nacional de Investigación sobre Agroquímicos. El informe preliminar de la supuesta investigación arrojó dos conclusiones que parecen una verdadera tomadura de pelo.

La primera dice que “bajo condiciones de uso responsable, el glifosato y sus formulados no implicarían riesgo para la salud humana o el ambiente”; la segunda, que “en Argentina no existen suficientes datos sobre los efectos del glifosato en la salud humana, por lo cual sería importante promover la realización de los estudios permanentes”. La conclusión que no se dice pero que trasunta el “informe” es muy clara: el Gobierno Nacional no tiene ninguna intención de realizar una investigación seria sobre el tema.

“…nos han robado/hasta la sonrisa. /Porque algunos pocos/que el alma perdieron, /nos están matando/y matan el suelo”. Todo lo que me pasa lo escribo, dice Alicia, es mi cable a tierra, mis cuadernos están lleno de poesías, tengo anotaciones de distintos casos parecidos al nuestro, donde pasó esto o donde pasó lo otro. Esto es como la fiebre de oro que veíamos en las películas. Solo que hoy es fiebre de soja. No piensan que sus hijos van a ser infértiles, que sus hijas pueden abortar. Nosotros tampoco sabíamos que existía una ley que protegía al monte nativo. En cambio hoy estamos hechos unos doctores”, bromea. Aunque sabe bien que todo lo sucedido ha dejado secuelas en la salud del grupo familiar, tanto que a Alicia le cuesta recordar ese tiempo donde aquello era algo lejano que le sucedía a otros y le cuesta borrar de su memoria esa profunda sensación de desamparo, cuando la policía irrumpía en su domicilio. “No apareció nadie. Ni el intendente, ni algún representante de la iglesia o del centro de salud. Y todo esto sucedió porque él fue a denunciar. Acá se han tiroteado, han roto mosquitos, han muerto animales, pero nadie denuncia, ni el dueño de los animales ni el dueño del mosquito, porque todos están en infracción”. “Parece mentira pero la angurria los enceguece- agrega enojado Ariza haciendo un gesto de fastidio- El médico me dice que debo estar tranquilo y este vecino me desarregla el corazón”.

Sin embargo el pequeño productor, actualmente procesado por presunto abuso de armas, considera que es necesario estudiar y juntarse para que estas cosas dejen de suceder: “No hagan lo que hice yo: empezar a estudiar esto cuando te pasa, porque ya es tarde. Todos debemos involucrarnos en lo que es la tierra, el agua, el aire. Estaría bueno lograr de a poco denuncias más colectivas. De lo contrario vamos a quedarnos sin nada. Porque hay otra forma de producir comida. Sucede que es más trabajo y más gasto. Y los ingenieros agrónomos tienen el veneno en la cabeza”.

En distintos ámbitos se escucha que la sociedad señala, critica y condena nuestras prácticas (a nuestro entender sin fundamentos), por participar de un modelo de producción hoy cuestionado. (…) cada uno de nosotros debe asumir con responsabilidad su rol profesional y luchar por hacer posible una producción sustentable, velando por el uso seguro de agroquímicos y el respeto por el medio ambiente. De esta manera aquello que tanto pregonamos, será realidad, y habremos dado respuesta a nuestra sociedad con un ejercicio profesional ético. (Ing. Agrónomo Héctor Tórtul, Presidente del COPAER – Revista institucional. Diciembre 2010)

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Los Ariza coinciden en que no existen prácticamente controles por parte del gobierno para el cumplimiento de la ley de agroquímicos. “La ley habla de que los municipios deben controlar y archivar la receta agronómica, de que serán juzgados por la misma secretaria de agricultura. Pero eso es como si un delincuente tuviera que cuidar a otro. La única intervención que le da la ley a la policía es recepcionar la exposición y derivarla a esa secretaria.

La ley dice también que no puede haber criaderos de chanchos a menos de mil metros de distancia de gallineros de pollos, habla de que no puede plantarse soja dentro del perímetro del campo donde esté el gallinero. Héctor Tortul, presidente del COPAER, vive de este lado de la ruta. Del otro, a unos seiscientos metros, hay 20 mil pollos de grupo Motta. El mismo fiscal entendió cuando le dije: “ese pollo parrillero no se muere porque tiene sesenta días de vida y se venden muy chicos, pero la gallina que tiene dos años de vida, sí.” “Estamos comiendo veneno”, me respondió. El campo de Tortul tiene soja, tuvo glifosato, herbicida, insecticida, tiene los chanchos, y este señor es el encargado de firmar las recetas agronómicas, es quien juzga si está bien o mal lo que hace Plez. Hay ingenieros agrónomos que son representantes de las empresas agroquímicas. Y están también quienes los venden”. Sergio Plez, en tanto, continúa fumigando, incumpliendo la ley, ahora escoltado por policías armados. Con la prepotencia de quienes se saben impunes.

Luego que desmontaron, en casa de los Ariza duerme una pareja de halcones. En el galpón búhos de cabeza blanca sacan sus pichones. Ya no se ven más ranas, ni teros ni garzas. Antes había caranchos que se comían las vaquillonas que morían. El que comía la carroña no está más, se lamenta Alicia, y uno no puede evitar pensar que en esta Argentina de fantasía, aquellos nobles animales han sido reemplazados por otros caranchos, aquellos que arribaron para devastar el territorio y quedarse con las riquezas energéticas y mineras, con el suelo y el agua.

“Esta historia continúa”, dice Julio. Actualmente su familia atraviesa un difícil momento por el perjuicio económico sufrido, con una justicia lenta y un estado cómplice. “Estamos viviendo con dos jubilaciones mínimas. Nosotros con eso y los pollos andábamos. Criábamos chanchos para que nuestro hijo pueda tener el vehículo y continuar sus estudios .Hoy solo pedimos que se cumpla la ley de agroquímicos y el resarcimiento de los animales muertos. Que nos paguen lo que nos mató. Mi hijo quiere trabajar, no queremos subsidios ni vivir del gobierno. Yo le digo a él que algo tenemos que hacer, no podemos seguir así porque nos va a terminar matando. Vas a tener que vender el campo y yo voy a estar en ese campo, ¿cómo vas a venderme a mí? Sé que es una multinacional muy grande, muy poderosa. Pero recordemos, cuando Goliat enfrentó a David, él se confió, por su tamaño, por la fuerza y avanzó. El pequeño David esperó el momento, tiró con una pequeña honda y derribó al gigante. Lo que estoy seguro es que no tenes que tener miedo y ser paciente”.

La paciencia, aquella que se le acabó una mañana a Don Ariza. La paciencia, esa que se les está acabando a muchos vecinos que empiezan a organizarse, porque no logran entender como puede ser beneficioso para el país un modelo que enriquece a unos pocos, enfermando y matando todo lo vivo que existe.

“Este no es el único caso, hay muchos otros que están ocurriendo pero no se dan a difusión. Nos enteramos los que estamos preocupados. Los ambientalistas, ustedes, pero todos son muy pacíficos”- define. Luego se ríe al recordar que alguien le sugirió colocar un cartel en la entrada diciendo “no tengo perro pero sí buena puntería”.
Después, este pequeño productor que confiesa con orgullo su origen vasco se pone serio, apura el mate y ensaya una definición: “Yo no estoy en contra de ellos. Por mí pueden hacer toda la plata que quieran, pero el derecho de ellos termina en el alambrado, donde empieza mi derecho a vivir”.

 

Fotos. Revista El Colectivo. Ver más en el blog de El Colectivo

 

Fuente: La Nota digital

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