Me pregunto

Mucho me pregunto: por qué lo hacen. También me pregunto: porque se lo permiten. Porque no hay que ser muy perspicaz para advertir que un chico o una chica que se la pasa gran parte del día jugando a los juegos electrónicos con sus aparatos tecnológicos poseedores de pantallas, tendrán muy bajo rendimiento escolar y verán comprometidas sus posibilidades de insertarse en el futuro, en el mundo laboral o productivo.

No porque estos juegos actúen en contra de las posibilidades intelectuales de las personas. Sino porque sin lugar a dudas, esas actividades distractivas, se quedan con el tiempo que deberían dedicarle a incorporar los conocimientos valiosos y además con el tiempo que se requiere para incorporar las habilidades que les permitirán luego, seguir incorporando conocimiento y gozando del hecho de aprender. Ya que la habilidad principal que incorporan durante el ejercicio de las aplicaciones lúdicas que traen incorporadas estas tecnologías, en las netbooks y en los teléfonos móviles, es precisamente la velocidad de reacción, que es lo que exige el juego de que se trate para ganar puntos. Ya que para nada se premia la capacidad de reflexión sobre lo que está en juego. Cuando es más que necesario, en el mundo en que vivimos, ejercitar la reflexión. Haciendo de esa actividad un hábito permanente, en función de poder tomar las decisiones más adecuadas a las circunstancias por las que atravesamos. Quedándose además con el tiempo de dormir, de los que no pueden parar de jugar, lo que no les permitirá estar descansados al día siguiente en la escuela. Algo que no es poca cosa, sobre todo por el daño que ocasionan al aumentar fuera de los límites normales la irritabilidad de quienes se sienten agotados por la falta de sueño, lo que explica mucha de la violencia existente. Muchas veces, creo que lo que buscan, es que la reflexión sea borrada de las actividades intelectuales de las personas, fundamentalmente para que actúen desaforadamente ante el estímulo. Es decir, frente a la posibilidad de apropiarse de los objetos que necesitan, de la forma que sea. También, pienso que los motiva el hecho de prepararlos para estar desocupados sin reclamos hacia nadie por la elección que han hecho de privilegiar al juego como actividad. Fundamentalmente porque cada vez se necesitan menos personas para atender las demandas de empleo de las empresas, debido al avance tecnológico. Pero sobre todo por aquello de que: el calavera no chilla. También creo que actúan a favor de que las personas jóvenes hagan una elección temprana por el facilismo y por las actividades lúdicas. Jóvenes que desprecian el esfuerzo y la contracción al estudio. Es decir que sean ellos mismos los que se caben su propia fosa, para enterrarse como personas productivas, sin siquiera reclamarle por su situación marginal a nadie más que a sí mismos. Fundamentalmente por haber desoído las advertencias de sus padres. Para luego, al observar lo que ellos mismos construyeron con sus propias actitudes, solo le quedara aturdirse para evitar el dolor que les provoca reflexionar sobre las desviaciones cometidas. Ante lo cual, luego, buscarán permanentemente el atajo de gozar con lo mismo que gozan los marginados y excluidos, engrosando sus filas. Haciéndose clientes de los que proveen las sustancias legales e ilegales para consumirlas y de esa forma lograr los efectos buscados del aturdimiento que les permita evadirse de una realidad difícil y adversa. Por ser una realidad que no los incluye. No entendiendo porque, el Estado que tanto invierte por construir personas capaces y productivas poniendo gratuitamente al alcance de todos el sistema educativo, permite una competencia que actúa en el sentido contrario, buscando transformar en cretinos a quienes están en posibilidades de ser personas productivas. Llegando a la conclusión que se consideran, al igual que las familias, que se muestran impotentes de poder cambiar el rumbo de las cosas.

Eugenio García

(La Nota digital)