Dos testigos contaron que estuvieron cautivos con “Coco” Erbetta

Se reanudaron las audiencias públicas en la Causa “Área Paraná”, el juicio por delitos de Lesa Humanidad que se tramita en forma escrita, regido por el viejo Código de Procedimientos en Materia Penal, de 1888, y que juzga a represores que actuaron en la zona de la capital entrerriana.

Este jueves se oyó la ratificación de testimonio de dos testigos, Alicia Ángela Ferrer y Álvaro Piérola. Ambos estuvieron encerrados con VictorioCoco Erbetta, hoy desaparecido. La mujer apuntó contra Hugo Mario Moyano, Jorge Humberto Appiani, y no olvidó al fallecido policía federal Osvaldo Conde. Recordó la participación de esos represores en el simulacro de juicio que se hizo en su contra. Dijo además que el médico civil Moyano llegó al Hospital San Martín a pedir trabajo cuando ella se desempeñaba en el área de personal del nosocomio, lugar donde lo conoció. “Cuando vi a Moyano en el Consejo de Guerra que me estaban haciendo sentí asombro, porque pienso que ninguna persona común puede estar en un ámbito como ese”, expresó la mujer y pidió “hacer ejercicios de memoria”. Álvaro Piérola, en tanto, habló sobre un diálogo que mantuvo en cautiverio con Erbetta, horas antes de que desaparezca. “Me contó que estaba nervioso. Que lo habían golpeado. Que todavía no había declarado, pero confiaba que iba a salir porque era practicante católico y conocía a Tortolo (Adolfo Servando, en ese momento arzobispo de Paraná). Al otro día, su compañero de celda dijo que lo habían llevado, pero que habían dejado su ropa”, describió.

De Análisis Digital

La Causa Área Paraná está en las últimas instancias de un proceso añoso que colocó a víctimas, familiares de desaparecidos y organizaciones de lucha por los derechos humanos en un lugar de paciente espera. La semana pasada iniciaron las audiencias públicas de ratificación de testimonios, una modalidad diferente a la de cualquier juicio oral porque el expediente se tramitó por el antiguo Código de Procedimientos en Materia Penal, del año 1888. Esto significa que los testigos que declararon en el expediente, llegaron a esta instancia sólo a los fines de ratificar sus exposiciones anteriores, y para aclararle a la defensa algunos puntos de su relato, tal como se le permite al represor Appiani, quien por su condición de abogado ejerce su propia representación legal en el juicio.

Los acusados por delitos de lesa humanidad en la causa son varios. Pero desde que comenzaron las audiencias públicas, el único que asiste como tal es el policía federal Cosme Ignacio Marino Demonte. Appiani, por su parte, permanece junto al resto de los defensores. Los otros imputados son José Anselmo Appelhans, Oscar Ramón Obaid y Alberto Rivas; la ex carcelera Rosa Susana Bidinost, el policía provincial Carlos Horacio Zapata; y el médico civil Hugo Mario Moyano.

A todos se los juzga por secuestros, torturas, violaciones y asesinatos contra 52 víctimas, entre 1976 y 1983. Cinco de esas víctimas aún permanecen desaparecidas. Se trata de Claudio Fink, Victorio Coco Erbetta, Carlos Fernández, Juan Alberto Osuna y Pedro Sobko.

El juez de sentencia es Leandro Ríos; los fiscales son José Ignacio Candioti y Mario Silva. Los querellantes Marcelo Baridón; Martín Uranga; Edgar Olivera y Juan Antonio Méndez; Florencia Amore y Marcelo Boeykens, en representación de la asociación Hijos Regional Paraná; y Lucía Tejera por la Secretaría de Derechos Humanos de la Nación.

Además de Appiani que ejerce su autodefensa; José Esteban Ostolaza y Martín Clapier defienden a Moyano; Alberto Salvatelli a Bidinost; Guillermo Retamar a Demonte; y José Alberto Boxler fue designado por el Ministerio Público de la Defensa.

“Es increíble el grado de tormento que vivimos”

Alicia Ferrer atravesó ocho declaraciones en la causa antes de llegar a este momento. Este jueves estuvo sentada por primera vez ante el juez de sentencia. Además pudo mirar a la cara en una sala de audiencias a dos de los acusados por los delitos investigados. Appiani había pedido que Ferrer conteste por qué fue cambiando su declaración a lo largo de los años, por qué en un primer momento no acusó a nadie y con el correr del tiempo fue señalando algunos responsables. Es que el represor que ejerce la autodefensa, insiste con que los testigos digan que en los primeros años de democracia aún no se animaban a contar todo lo que les había pasado por miedo, porque fueron víctimas del terror infundido desde el propio Estado.

“Creo que he pasado mucho en esta historia. Con el correr del tiempo uno se va olvidando, pero hay que hacer ejercicios de memoria. Mi énfasis siempre rondó en lo que pasé como persona, porque -entre otras cosas- estuve embarazada y perdí ese bebé un mes después de que me secuestraran”, lamentó.

La mujer contó que estuvo con Coco Erbetta en cautiverio. Pero también recalcó quiénes fueron los perpetradores del terror. “Siempre supe que era Moyano quien participó del Consejo de Guerra que me hicieron, porque él trabajaba en el mismo hospital que yo. Siempre supe que Appiani también participó, por la voz. De igual manera, siempre supe que estuvo Conde, porque lo sabía, y porque me hizo firmar una declaración a la que no accedí”, señaló.

Ferrer recordó asimismo cómo y dónde conoció al médico Moyano. Dijo que cuando era estudiante de Trabajo Social entró a trabajar en el área de personal del Hospital San Martín de Paraná, aproximadamente en el año ’73. “Moyano llegó de otra ciudad a pedir trabajo, ahí lo conocí”.

“En agosto del 76 me secuestraron. Yo estaba embarazada. Me llevaron a un lugar que me pareció ser la Federal. Después me pasaron a los cuarteles. Estuve en calabozos y salas. Me sacaban sólo para interrogarme, siempre encapuchada o vendada sólo escuchaba voces y una me parecía muy similar a la de Appiani, a quién terminé reconociendo en el Consejo de Guerra”, relató. “El grado de tormento que vivimos fue increíble”, graficó de inmediato y ahondó: “Fueron años de mucha destrucción”.

Alicia Ferrer contó también que antes de su detención ilegal “estudiaba, trabajaba y militaba”. “Siempre fui parte de algún movimiento. Cuando era chica estaba en la Iglesia y luego me sumé al movimiento peronista. Hoy sigo trabajando en lo social porque es lo que me gusta. Pero se destruyeron muchos valores. Mi generación fue solidaria. Todas estas cuestiones dejaron heridas profundas en la sociedad”, describió.

Más adelante, y en respuesta a las preguntas formuladas por fiscales y querellantes, la mujer subrayó: “Había muchas personas en la misma situación que yo. Los calabozos estaban uno al lado de otro. Yo escuché a Erbetta. Escuché cuando el cura Metz iba a hablar con él. Por momentos estuve sola en la celda, por momentos acompañada por otras personas que estaban en mi misma condición como Julia Leones o Cristela Godoy”. Habló también de “las condiciones infrahumanas” que vivieron en cutiverio. “No teníamos contacto con nuestras familias porque había locutorios de por medio. Era un aislamiento muy grande”.

“Antes de desaparecer, Coco estaba nervioso y golpeado”

Álvaro Piérola es hermano de Fernando Piérola (asesinado en la Masacre de Margarita Belén, un “simulacro de fuga”, según siempre dijeron los militares), hermano de María Luz Piérola, e hijo de la artista plástica Amanda Mayor. Cuando era apenas un muchacho fue detenido ilegalmente por las fuerzas militares. Los represores lo llevaron porque buscaban a su hermano.

Álvaro Piérola declaró dos veces en la causa, en el ‘84 y en 2008. Este jueves llegó a la sala de audiencias para ratificar esos testimonios, y dar precisiones sobre el diálogo que mantuvo con Victorio Erbetta, tal como lo solicitó Appiani.

“Fui secuestrado el 21 de agosto del ‘76. Me encontraba en mi casa durmiendo con mi esposa que estaba embarazada de ocho meses. Mi situación en ese momento rondaba por el hijo que iba a tener y por el momento convulsionado políticamente. Escuché golpes y por una mirilla de la puerta vi que había gente del Ejército, una gran cantidad de personas que estaban en todos lados y caminaban por el techo. Abrí y entró un torbellino. Nos pararon contra la pared. Revisaron todo, dieron vuelta todo. Me llevaron en una camioneta verde doble cabina. No me encapucharon. Llegamos a la casa de mis padres, en calle 25 de Mayo. En la entrada había un patio, allí estaba una persona de civil. Me llevaron al fondo y Conde -muy fácil de identificar en ese momento porque de la boca le salía algo blanco. Me preguntaron por un pozo. Me tiraron al suelo y me gatillaron en la cabeza. Me preguntaron también por una moto. Estuve una media hora en el piso. Después me encapucharon y me llevaron unos diez minutos en auto. Entré a una oficina donde había un militar. Me tomaron todos los datos. Me encapucharon otra vez y entré a un calabozo en el que estaba Schiavoni. Al otro día, cuando aclaró se empezaron a escuchar voces. El calabozo era de un metro y medio de ancho por dos. Tenía una puerta metálica con agujeros que estaban tapados. Usábamos un palito para tratar de ver. Atrás había una reja. Coco Erbetta preguntó si había alguien nuevo y yo contesté que sí. Me presenté, dije que era Álvaro Piérola. Nos conocíamos de la escuela. Teníamos diferencias ideológicas, pero Coco era una excelente persona. Me contó que estaba nervioso. Que lo habían golpeado. Que no había declarado todavía. Pero que confiaba que iba a salir porque era amigo de la Iglesia, lo que le permitirían salir. Al otro día, su compañero dijo: ‘lo llevaron a Coco, pero dejaron su ropa’”, recordó con detalle.

“No escuché más a Erbetta. Sí una de esas noches se escuchó un revuelo porque sacaron gente. Hubo silencio y al tiempo se escuchó que regresaron. Esa noche empezó a circular el comentario sobre lo que había pasado en la salida que llevaron a Coco. Decían que sacaron gente en un vehículo, que luego frenaron, que se oyó a alguien decir ‘se escapa’ y se escuchó un tiro. Sin embargo, a mí lo que más me preocupaba era el nacimiento de mi hijo. Cada vez que me sacaban al baño preguntaba si había nacido mi hijo y cómo estaba mi esposa, eso era mi vida. ‘Soy Álvaro Piérola, quiero saber si soy padre y cómo está mi señora’”, reprodujo este jueves el hombre y agregó: “Nunca me contestaron, sólo me golpearon”.

El hombre contó también que “no era fácil” comunicarse en cautiverio. Pero se escuchaban las conversaciones entre ellos. Dijo creer que a Erbetta lo llevaron una mañana, “cuando abrieron las puertas para el baño”, y añadió: “Después vinieron a buscar su ropa. No sé quién era el compañero de celda de Erbetta”.

Álvaro Piérola calcula que estuvo unos 15 días en preso ilegalmente. Dijo asimismo que estando preso estuvo con otras personas que estaban en similares condiciones que las suyas. “Uno tiene que vivir para saber lo que pasó. En ese momento, mi única preocupación era mi hijo, pero también queríamos saber qué había pasado con Erbetta”.

Recordó que un día “trajeron unas palas y nos cargaron en un camión”. “Quise hablar y me pegaron, porque siempre tenías alguien al lado. Pude ver por la capucha, vi que íbamos por Avenida Ejército, después tomaron por calle Alvarado. Llegamos a la cárcel. Nos bajaron. Me nombraron. Me llevaron a un calabozo y no vi más a nadie. Ni conocí el rostro de quienes estuvieron conmigo. En la cárcel nos tiraban la comida y nos decían: ‘Coman comunistas hijos de puta’. Allí tomé contacto con Fernando Caviglia. Pude ver una arenga política. Después nos juntaron en un playón y nos hablaron. Nos llevaron a enfermería. Me atendió el doctor Riolo. No tuve contacto con nadie. Me cortaron el pelo. Nunca me llevaron al pabellón. Un día me dijeron que había nacido mi hijo y que estaba autorizado a verlo. Todo eso fue producto de un trabajo de mi madre. Ese día me metieron en un patrullero esposado, iba otro patrullero controlando en el camino. Me sacaron las esposas, me mostraron a mi hijo. Le di un beso. Luego me volvieron a llevar al calabozo. Ahí empezó mi real sufrimiento, porque no sabía por qué estaba preso y cuando eso no se sabe, no hay futuro. A fines de septiembre me llevaron al despacho de armas. Vino el director. Después entró alguien y le preguntaron ¿es él? Esa persona dijo que no. Entonces me informaron que me pasaban al pabellón de políticos. Me llevaron donde estaba Enrique Cresto, Carlos Esparza y otros. El 1 de octubre del ‘76 me dijeron que quedaba en libertad. Salí y estaba mi familia afuera, esperándome. Ahora son 30 años en Margarita Belén, donde mataron a mi hermano. Después de todo eso, la llevaron presa a mi hermana, la violaron sistemáticamente. Mi otro hermano se tuvo que ir exiliado y tener sus hijos en otro país. Hoy estamos en una lucha. Esta gente sabe dónde están los desparecidos. ¿Qué macabro pacto tienen para que las familias no puedan cerrar su historia? La sociedad los juzgó, sólo falta la justicia. Entonces, que digan cuál es la verdad y dónde están”, reclamó.

(La Nota digital)

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