“Creo que el jefe de la patota que nos interrogaba era González”

“A los interrogatorios los dirigía ese tal ‘Ramiro’ o ‘Raúl’. No sabemos bien quién es porque era el nombre de guerra que usaba, pero presumo que puede llegar a ser Marino González, a quien reconocí por la voz cuando fue lo de Sabrina Gullino. Para mí, ese era el jefe de la patota”, expuso María Luz Piérola, titular del Registro Único de la Verdad y la Justicia de Entre Ríos.

Fue en el marco de la séptima audiencia del plenario en la Causa Área Paraná. La mujer contó cuál fue el derrotero que vivió desde que su familia fue azotada por primera vez a manos de los represores. “Cuando salimos fuimos los parias subversivos y a lo largo de estos 40 años, en la búsqueda de la verdad y la justicia, tuvimos que demostrar que fuimos militantes”, lamentó. Este viernes también ratificaron su testimonio Néstor Zapata y Federico Hayy.

Se realizó la séptima audiencia en el marco de la Causa Área Paraná. Si bien se trata de un proceso que se tramitó por escrito, la etapa previa a la sentencia consiste en un plenario de ratificación de testimonios que permite llevar a la oralidad varios puntos del expediente.

El proceso tiene como imputados al policía federal, Cosme Ignacio Marino Demonte; al teniente Jorge Humberto Appiani -a quien se le permitió la autodefensa-; al ex jefe de la UP 1, José Anselmo Appelhans; a los militares retirados Oscar Ramón Obaid y Alberto Rivas; la ex carcelera Rosa Susana Bidinost; al policía provincial Carlos Horacio Zapata; y al médico civil Hugo Mario Moyano.

Tanto Appiani como Demonte asistieron a las primeras audiencias, pero actualmente ninguno de los acusados comparece. Este viernes se conoció una carta enviada por el propio Appiani, en nombre suyo y de Demonte, donde manifiesta su voluntad de no asistir a las audiencias fijadas, con motivo de “evitar situaciones irritativas y de alto impacto emocional” originadas por su presencia. En la misiva enviada al juez se justifican mostrando “preocupación” por las víctimas.

“Los acusados deben dar cuenta de los desaparecidos”

María Luz Piérola declaró unas ocho veces en distintas causas por delitos de lesa humanidad, cometidos en la costa del Paraná. Precisamente en este expediente que llegó a la etapa de plenario, la Causa Área Paraná I, lo hizo una sola vez.

Este viernes ratificó que a su entender, quien dirigía los interrogatorios y a la vez se hacía llamar “Ramiro” o “Raúl”, era Marino González, segundo jefe de Inteligencia Especial de la sección de Aviación de Ejército 121, absuelto en la Causa Hospital Militar. Contó que lo reconoció por la voz, varios años después, cuando se sustanció ese juicio oral. “No sabemos bien quién es porque era el nombre de guerra que usaba, pero presumo que puede llegar a ser Marino González, a quien reconocí por la voz cuando fue lo de Sabrina Gullino. Para mí, ese era el jefe de la patota”, recalcó.

Subrayó además que mientras estuvo detenida no pasó por un “Consejo de Guerra”. “No sé si habré estado evaluada por Appiani para ver si me lo hacían o no, pero no me asignaron defensor y no me hicieron ‘Consejo’”, aclaró.

La titular del Registro de la Verdad narró que tuvo que pasar a la clandestinidad para escapar de los represores, cuando comenzó el ataque de las fuerzas contra los integrantes su familia y asesinaron a su hermano Fernando en Margarita Belén. “Yo era estudiante del secundario, estaba en quinto año y tuve que dejar la escuela porque teníamos que guardarnos, corríamos peligro de vida”, recordó y detalló: “Primero tuve que irme a Buenos Aires, a la casa de mi madrina. Después me fui a Concordia, allá estaba Mario Menéndez -desaparecido en Rosario-, que trabajaba de albañil en Salto Grande. Vivíamos en una casita con Beatriz Pfeiffer. Una noche que estábamos solas porque Mario había viajado llegaron a buscarnos. Era febrero del ’77. Me llevaron al centro clandestino Donovan, en el Club Hípico de Concordia. Ahí me torturaron y me violaron”.

Después trasladaron a ambas junto a Juan Uranga a Paraná. Primero fue alojada en el centro clandestino ubicado en el predio de Lebhensonn y Don Uva. “Nos sacaron en un Unimog desde Concordia y después nos pasaron a un auto. Siempre estuve encapuchada. Pfeiffer y yo íbamos en el asiento trasero y el Flaco en el baúl. En Don Uva estuve con Emilio Osvaldo Feresín, que después lo trasladaron a Santa Fe y no se supo más de él. Luego vino la cárcel, pero antes de llegar a la UP 6 hubo un simulacro de fusilamiento. Cuando pasé a la Unidad Penal, automáticamente dejé de estar clandestina y desaparecida”, relató.

Piérola estuvo detenida ilegalmente desde febrero del ‘77 hasta octubre. “A pesar de estar blanqueada en la cárcel, vivimos una situación de total vulnerabilidad. Nos sacaron varias veces a la unidad familiar, a la noche para torturarnos. A los interrogatorios los dirigía ese tal ‘Ramiro’ o ‘Raúl’”.

Además, denunció que en Concordia su casa fue desvalijada. “En Concordia se robaron todo lo que tenía en mi casa. Fueron genocidas y ladrones”. Subrayó que en esa ciudad fue abusada sexualmente y sindicó entre los violadores a Osvaldo Conde, ex jefe de la Policía Federal. “Cuando salí en libertad, Conde fue un día al living de mi casa materna para hablar con mi mamá. Él era la pareja de una vecina del lugar y mamá quería averiguar por mi hermano Fernando. Ahí escuché su voz y lo reconocí”.

Recordó también un episodio en la UP 6. Allí apilaban mesitas de luz para observar afuera por una ventanita. “Lo vi a Héctor Aníbal Jozami. Nos estábamos saludando y justo lo vio una celadora de la cárcel. Por eso lo tuvieron unos 15 días encerrado y a mí me sacaron para torturarme y preguntarme quién era el Turco”.

Cuando recuperó la libertad, casi un año después, tuvo que soportar la vigilancia constante. “Tenía que presentarme periódicamente en el comando y -el interventor militar, Juan Carlos- Trimarco me apretaba, me retaba y me decía con quién no podía juntarme”, asentó.

“Cuando salimos fuimos los parias subversivos y a lo largo de estos 40 años tuvimos que demostrar que fuimos militantes. No puede ser que hoy tengamos un procedimiento escrito y engorroso. No es que fuimos cambiando la declaración como sostiene Appiani, es que fuimos profundizando las denuncias por los distintos contextos políticos. Me parece que como se investigan delitos de Lesa Humanidad, no se puede dar la oportunidad a Appiani para que otra vez pueda preguntar a las mismas víctimas que interrogó. Esto es socialmente psicótico”, acotó, antes de concluir y pidió: “Los acusados deben dar cuenta de los desaparecidos”.

“Appiani me hizo la psicológica para que no dijera otra cosa”

Néstor Antonio Zapata fue detenido la tarde del 17 de junio de 1975, en Puerto Viejo, Diamante. Lo llevaron a la Jefatura de Policía y lo interrogó el represor Zapata. Esa misma noche lo trasladaron a la Jefatura de Policía de Paraná, donde lo volvieron a interrogar. De ahí pasó a la Comisaría Tercera. Fue un derrotero que duró unos tres días hasta llegar a la Unidad Penal, donde estuvo cerca de un año. Así lo narró este viernes, cuando ratificó sus testimonios anteriores plasmados en el expediente.

Estando en la UP 1, en noviembre del ’76, fue llevado al Comunicaciones. Allí lo introdujeron en un calabozo. Lo encapucharon, le ataron los pies y las manos y lo tiraron en el piso de un camión para llevarlo a una casa que se encontraba atrás de la Base Aérea. En ese lugar fue estaqueado a un camastro y torturado con la picana. Entre los torturadores reconoció a Zapata. “Yo lo reconocía por la voz y el olor a alcohol. Además lo conocía desde chiquitito, de Diamante”, acotó.

Luego fue trasladado a los cuarteles, donde estuvo ocho días y posteriormente fue devuelto a la UP 1. En la cárcel le hicieron el “Consejo de Guerra” y se sirvieron de las declaraciones arrancadas bajo tortura para ello. “Se obtuvo mi firma cuando estuve desaparecido en la Base Aérea. La firma fue bajo tortura y encapuchado, no vi el contenido del papel”, dijo en la ratificación de su testimonio.

Sostuvo asimismo que lo obligaron a apelar. “Un suboficial que nos torturaba nos obligó a apelar para devolvernos a los pabellones”, recordó, y graficó la situación antes del “Consejo de Guerra”. “Había un oficial auditor que era capitán, también estaba Appiani que llevaba los papeles y trataba de convencernos para que no dijéramos otra cosa. Appiani me persuadía. Me decía que dijera la verdad y que cuando me pregunte el tribunal militar tenía que decir que la declaración era mía. Me hizo la psicológica para que no dijera otra cosa”, contó.

Recordó que estando en el calabozo, un día llovió y se inundó el lugar. “La puerta tenía una hendija que había sido tapada con un papel. Con la lluvia se mojó. Entonces, con un palito rompí ese papel y puede ver a uno de mis torturadores que venía caminando por el pasillo. Era un sargento primero. Ese mismo, en el gobierno de Raúl Alfonsín, estaba de escribiente cuando me llamaron del Juzgado para hacer una rectificación”.

“Los golpes y la picana pasan, pero queda la psiquis, los fantasmas”

Federico Emilio Hayy fue detenido ilegalmente el 16 de agosto del ’76, luego fue liberado y posteriormente se le comunicó que debía presentarse en la Delegación de la Policía Federal. Allí quedó nuevamente detenido y fue sometido a tortura. Desde allí fue trasladado hasta los calabozos de Comunicaciones, donde estuvo secuestrado durante un mes. Luego lo trasladaron a la UP 1, y devuelta a los calabozos.

Posteriormente fue sometido a un “Consejo de Guerra” en base a declaraciones que suscribió bajo amenazas. “Me designaron un defensor que me dijo que no sabía qué hacer conmigo. El ‘Consejo’ fue con un coronel totalmente borracho, el coronel Zapata. Estaba también el capitán Rivas, Appiani, y otra gente de la fuerza que llenaba todo el espacio”, describió.

“Me atacaron por el lado de las armas, por la declaración que me habían confeccionado. Me preguntaron sobre armamento y explosivos de todo tipo. Yo sabía de qué se trataba porque me lo habían enseñado ellos en un regimiento especial de Córdoba, cuando era estudiante universitario. Me dijeron que mi conocimiento era suficiente prueba”, recordó e identificó a “los más conocidos” del “Consejo de Guerra”: Zapata, Appiani y Rivas. Hayy sostuvo como otros testigos que “casi siempre el nombre de guerra que nos ponían era el que traíamos de la familia”.

En la cárcel se encontró con Manuel Ramat. “Me mostró cómo había quedado después de la tortura. También lo vimos llegar a Ghiglione. Estaba irreconocible”, acotó. “El director del penal estaba en pleno conocimiento de todo esto. Toda la gente que vino acá ha contado la verdad, ha dicho la verdad. Recibimos amenazas de parte de Appelhans, nos dijo que estaba autorizado a matarnos. Era un tipo muy servil, de baja estofa que respondía a órdenes”, refirió.

“Los golpes y la picana pasan, pero queda la psiquis, los fantasmas. Después del desencanto de las leyes de Obediencia Debida y Punto Final, no me acerqué más a la política. Éramos jóvenes que no matamos a nadie, que trabajábamos, que vivíamos al lado de civiles y militares. Creo que tuvieron que inventar una guerra y necesitaron tropas y presas, pero no justifico el genocidio y el exterminio, que hayan torturado a chicos inocentes”, completó.

Fuente: Análisis – Foto: Diario Uno

(La Nota digital)