J. F.

crimenes y fachadas

“Lo trajeron ayer, esposado de manos y pies. Cuando lo bajaron del vehículo de traslado venían agentes especialmente armados, del grupo especial del servicio penitenciario. Su traslado se hizo en completo sigilo y en horas de la noche, para evitar cualquier intento de los de su banda, los que aún no habían sido atrapados.
Era un sicario peligroso, que se había convertido en un ladrón de camiones de caudales a los que abría con explosivos y remataba después a los sobrevivientes. Tenía varias muertes y dos cadenas perpetuas y seguramente mucho dinero escondido.
Debía ser juzgado en Paraná por un asalto fallido a un blindado, en las cercanías del Túnel Subfluvial. Era medio petisón y lo precedía su fama de asesino cuyas correrías habían despertado el interés desaforado de algunos periodistas.
Al día siguiente lo visitó un abogado porteño y se enteraron los periodistas de El Diario. Hubo un revuelo en la radio y la televisión y sus voces recordaron detalladamente el asalto frustrado y ponderaron las acciones de los custodios que lo repelieron. Había sido hace un año. Godoy Frutos y sus secuaces pudieron huir en automóviles veloces de la escena y seguramente se escondieron en una quinta no muy lejana y, días después, en la oscuridad de una noche se escaparon por el río. Canoa islera, silencio profundo y de ahí una barcaza paraguaya que los dejó en las cercanías del muelle del puerto de BA.
Lo alojaron solo en la celda más segura y se reformó el sistema de control. En los recreos y caminatas se le arrimaron dos de los viejos con mayores condenas y trataron de ver qué ventajas podían lograr con este preso estelar. Le preguntó inmediatamente de los traslados médicos y de la seguridad en el hospital. Llevaba un año y medio preso en tres cárceles, esta era la tercera. Les ofreció cigarrillos primero y luego una ayuda para las compras diarias de almacén, como para congraciarse y les preguntó si era posible que los presos pudieran traerse unos colchones nuevos.
Al día siguiente, jugaban al fútbol en el penal dos equipos que congregaron en la hinchada la presencia de la mayoría de los presos. Rauch y Godoy Frutos estaban hablando en el costado de la cancha. Habían cruzado miradas y finalmente se acercaron.
-Y ud. Qué hace en este nido de pulguientos. Le preguntó a R, cuyo aspecto difería claramente de los demás, no sólo por su aseo y su pelo engominado, sino porque su uniforme de preso parecía salido de la tintorería.
-Estoy esperando fecha de Juicio. Y ud.?
-Igual. Me juzgan en unos meses, pero tampoco tengo fecha.
-Esto más que una cárcel parece una villa miseria. ¿No le parece?. Míreles la pinta, son una piojada.
-Yo los tengo bastante controlados, dijo Rauch
-Ya me dijeron que ud. es el único que tiene plata, que los ayuda con los remedios, pero no con las anfetas Ja Ja! Y hace bien, si les suelta para drogarse está listo. Esperó un momento y le espetó.
-¿Mató a muchos?
-No tengo número pero fueron varios. En el combate uno no sabe bien, pero más de diez, seguro.
-¿Combate con la Naca? Yo no lo tengo registrado!. No me han hablado de ud.
-No! No con la policía, con la guerrilla, en Centroamérica.
-Ah! Con razón…
-Y qué hace aquí, entonces
-Me quieren cobrar una muerte en Paraná. Un tema de drogas.
-¿ud. andaba en el tráfico?
-No, no, yo al contrario, lo combato. El tráfico es la nueva arma de los comunistas.
-Pero no entiendo entonces. ¿Esa muerte por qué se la quieren cobrar, si ud. les está haciendo el trabajo? Le pregunto con una sonrisita irónica en los labios. Y se dijo para sí “Ya me parecía que este tipo está loco o está macaneando. Este es un cana!”
-Es una cuestión política -le contestó R
Godoy Frutos sabía que no podía ser así. Algo diferente es, se dijo y comentó
-No me cierra esto del tráfico y los comunistas porque yo conozco a varios que no solo no son comunistas, sino que los odian.
-Mire. El comunismo utiliza la droga y hay muchos boludos que no se dan cuenta.
-Pare pare, que yo no me doy cuenta y no me creo un boludo.
-No no, me refiero a los que trafican, no a los demás. El que está metido en la cosa debe saber cómo viene la mano.
Y ahí se dió cuenta que no le había preguntado nada y ya había contestado varias. Así que largó la primera
Y ud. Por qué hecho vino acá.
-Por un robo a un banco. Bueno a una transportadora de un banco.
-Unos tipos que yo conocí hacían eso en EEUU. Lo hacían con armamento pesado y explosivo, Dijo Rauch
-Y así es como se hace. Y cuando lo dijo se acordó de las charlas con el Gordo Valor antes de los operativos y un tiempo antes que se retirara de su banda para armar la propia.
¿Y ud., nunca participó?
-No, no Yo soy un soldado, por eso sé de armas. Estos que les digo fueron soldados como yo y después se hicieron ladrones.
-Y, mire… Ladrón también es un oficio. ud. cree que los bancos no son ladrones…?
-Bueno, yo nunca necesité más plata que la que tengo así que no me interesó. Lo mío es una lucha contra el comunismo.
Godoy Frutos no quiso seguir con esa línea de la conversación. Según su apreciación estaba hablando con un loco, así que encaró para otro lado.
-Dígame, ¿a ud. lo ve el Psiquiatra del Penal?
-Sí, viene cada semana.
-¿Cuánto le cobra?
– No es perito de mi parte, es de la Cámara
– No… Le pregunto si ud. arregló con él el dictamen para que salga a favor.
-No, no arreglé nada en ese sentido. No sé si eso se pueda.
-En todos lados se puede. Es cuestión de plata. Ya va a ver…!
¿Cómo es el tipo? Digo… joven, viejo, boludo o vivo. Lo peor es cuando te toca un boludo. Si es vivo puede ser comprable o no. Pero boludo es lo peor, como dijo el General,
-Este no es boludo y tiene 45 años más o menos.
Los interrumpió un griterío por un gol en el partido. Los presos saltaban y se abrazaban como si ganaran el mundial, pero así son los sentimientos, explotan con indiferencia a la importancia objetiva de la cuestión y con la carga individual que el momento ha concitado.

A la semana siguiente Godoy Frutos ya había averiguado el nombre de los penitenciarios que habitualmente trasladaban los presos en la ciudad, a los tribunales, hospitales etc. y tenía algunos datos más del Psiquiatra por que pretendía llegar a él desde afuera para no tener que hacerlo personalmente desde adentro del penal. Así, se comunicó con su abogado, que no era más que un mandadero suyo que se ocupaba de toda la logística de su grupo y manejaba el dinero para sus encargos. El boga, como le decía y trataba Godoy Frutos, era el encargado de comprar los favores del preso dentro y fuera de la cárcel Se lo había conseguido el Maestro que lo contrató a tiempo completo con una cifra importante y quedaba bajo su supervisión y reporte.
El que había pensado y definido el plan en varias horas de concentración absoluta era él. Se lo confió al abogado porque sólo se podría realizar con su concurso. Consistía en provocar un traslado al hospital psiquiátrico y que su gente lo rescate en un operativo relativamente sencillo. Los escritos con los pedidos deberían presentarse a la Justicia y la tramitación debía estar a su cargo. El Maestro debía estar al tanto para que cuando llegue el día esté todo preparado. Debía provocar una necesidad indiscutible para ir al Hospital, porque si no fuere así, lo tratarían dentro de los muros de la cárcel y las posibilidades se esfumarían.
Godoy Frutos habló claramente con él. Sabía que sus indicaciones debían ser claras y concisas y había aprendido a darse cuenta si le entendían o no. Le ordenó que visite al Dr. Weiss en su consultorio y le plantee la necesidad de un dictamen suyo que apoye una supuesta inimputabilidad por deficiencia mental grave. Le dió quince días para tener la respuesta. Si lo conseguía Godoy Frutos fingiría una enfermedad mental y lo verían los Psiquiatras. Uno, será el perito de parte que también habría que comprar, pero no costaría tanto; el otro, el perito oficial, que -como en todos los casos- es el más difícil y el más caro.
El boga averiguó el teléfono del consultorio y pidió un turno para él. De esta manera estando solo podría tener un ámbito seguro para hacer la propuesta. Le dieron turno para la semana entrante y allí estuvo unos minutos antes de la hora. El médico lo hizo pasar. Inmediatamente le llamó la atención su vestimenta formal e impecable y sus zapatos puntiagudos de cocodrilo.
Se saludaron formalmente y el Dr. Weiss quedó callado esperando que hablara
-Mire Dr. yo no vengo por mí sino por un cliente que está a la espera de juicio y quiero plantear la inimputabilidad. Está a cargo de la justicia federal y seguramente, cuando hagamos el planteo, lo llamarán a ud. para que dictamine.
-Yo no hablo de esas cosas en el consultorio. Yo lo he atendido porque entendí que ud. estaba necesitado.
-Le pido disculpas, pero no puedo hablar de estas cosas en otro lado. Yo sé que lo que le quiero pedir no es por derecha, pero tengo cincuenta mil dólares para ese dictamen.
-No, No! No me diga más nada, yo ni lo quiero oír. Tenga la amabilidad de ir por donde entró y voy a olvidar esta conversación.
-ud. piénselo Dr. tengo esa suma para el dictamen. Yo me contactaré con ud.
-No tengo nada que pensar. Váyase, por favor!
El boga se retiró sin agravios ni vergüenzas, sabía por experiencia que los primeros encuentros podían ser así. Había que tirar el pedido y luego la cifra, para negociar luego. Buscó su paraguas inglés en la secretaría y se marchó. Para el Dr. Weiss fue la primera vez que se presentaba un caso como éste. Estaba realmente indignado con la situación. No le habían dicho el nombre del preso, pero pronto lo averiguaría. Se sintió tan mal que suspendió la otra sesión de la tarde y se fue a su casa y se tiró en la cama vestido como estaba.
-Qué hijos de puta! -se dijo
-Cómo carajo salgo de esto. Todas las opciones legales tienen un costo carísimo. Pensó rápidamente. Y si lo hiciera, también.
-Si el tipo paga 50 mil dólares, también puede pagar un tipo que me mate o que me extorsione. Es obvio.
-Quién carajo será el preso. Se seguía preguntando.”

 

* Capítulo N° 41, “Crímenes y Fachadas”.

(La Nota digital)

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