J. B

Hay algo del feminismo que reivindico y otra parte que me irrita.

Si hay algo que me pone a la defensiva es todo aquello que se presenta como obligatorio, como si oponerse implicara pertenecer al atraso, ocupar el despreciable espacio del mal.

Y la acusación de fascista, siempre en boca de aquellos que se apropian del espacio del bien, la virtud y el progreso, gente que es realmente todo lo contrario a lo que imagina ser.

Y la moda, este fenómeno que nos arrastra como si la identidad fuera una virtud del presente, una supuesta virtud forjada por los vientos de la historia.

Tomar café en vaso de plástico, dicen que es moderno, me resulta de mal gusto, y el gusto no suele ser un detalle. Como las hamburguesas, invento de los países que tienen carne dura; como el autoservicio, importado de aquellos donde faltaba mano de obra.

Deambulo con una bandeja para luego encontrar al que le arrebataron el trabajo de mozo y le doy una limosna, propina, un pago por mi horrible irresponsabilidad.

Hay algo del feminismo que reivindico y otra parte que me irrita. Pareciera que las mujeres surgen libres en el presente, como si mi abuela y mi madre no hubieran sido capaces de luchar por su dignidad, como si ahora estuvieran descubriendo la pólvora.

Cuando hablamos de “fascismo”, ese término que demoniza al portador, ¿no estaremos describiendo a quien no respeta al que opina distinto? ¿Tendré derecho a disentir, a no participar de esa ola del feminismo?

Me crie en un matriarcado, la figura de mi abuela Vicenta era la jefa única y absoluta del clan familiar. Ocho hijos, quince nietos, partera del barrio, amasaba, cocinaba y salía a la puerta con su sillón hamaca, tejía mientras hablaba con los vecinos, daba consejos, ordenaba hasta los nietos.

Mi madre fue distinta, ella tenía el poder absoluto en la casa y con los hijos, el afuera era de mi padre.

Roles, lugares, funciones, y ahora descubrieron la verdad de golpe, como si las de antes no entendieran nada. Esa falta de respeto al pasado, esa absurda idea de ser las salvadoras del género, todo eso me produce rechazo, sumado a la supuesta obligación a pertenecer.

Soy divorciado, consciente de que las parejas bien avenidas, aquellas que fueron capaces de construir una familia, son sin duda el mayor nivel de logro en este debate intenso sobre el lugar del amor.

Me molesta, y mucho, ese desprecio por las ideas del otro, tanto del creyente contra el ateo como viceversa.

Días pasados un intelectual amigo me increpó por mis dichos en contra de su amigo Loris Zanatta. Fui muy claro, soy católico y peronista, ese señor es, para mi visión, un sicario intelectual, lo contratan y le tiran unos pesos para que diga las cosas que sus patrones no se atreven a decir. Y como si por ser de “la Universidad de Bologna” fuera merecedor de respeto. Leerlo es aburrido y absurdo. Mediocre y pretencioso.

Sé que me repito, pero tanto el israelí Raanan Rein como el francés Alain Rouquie tienen estudios muy serios sobre el peronismo, mientras que con Zanatta se trata del mediocre que alquilaron para soñar sacarse de encima y para siempre al Papa y al peronismo. ¡Mucho, ¿no?!

Y ahora, luego de tanto sembrar odios, cosechan algunos insultos en las canchas y en otros lugares públicos.

El asesor Durán Barba aconsejó apostar a la grieta, el aborto les sirve porque divide por otros lugares. No imagino que los abortistas sean votantes de Macri y los anti de la oposición que no existe.

Apoyo la democracia, enfrenté a Cristina y ahora tomo distancia con Macri, no nací para oficialista, menos en una sociedad en marcada decadencia.

Los discursos, todos, son de logros y aportes, pero la realidad no refleja esos éxitos de los gobiernos.

 

(La Nota digital)

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