De ‘Lo irrisorio y adyacencias’

R. Revagliatti

Escritoras argentinas responden una misma pregunta. PARTE 1

“¿TENDRÁS POR ALLÍ ALGUNA SITUACIÓN IRRISORIA DE LA QUE HAYAS SIDO MÁS O MENOS PROTAGONISTA Y QUE NOS QUIERAS CONTAR?”

PAULINA JUSZKO

PAULINA JUSZKO: La noche que mi perra me echó de casa: 

Volvía yo de un ágape pasadas las dos de la mañana. El taxi me dejó, cansada y soñolienta, en mi domicilio suburbano. Abrí el portón sin inconveniente, pero cuando quise hacerlo con la puerta de la casa, por más que manipulé la llave, fue imposible. La llave giraba normalmente ¡pero la puerta no se abría! Resistió a mis empujones y a mis puteadas. ¿Qué hacer…? Mis vecinos transitaban su segundo sueño a juzgar por las luces apagadas. ¿A quién recurrir a semejantes horas…?

Me acordé entonces de Germán, aprendiz de búho, que solía pasar la noche componiendo y haciendo música. Y que vivía a tres cuadras de mi casa. Hacia allí me dirigí; por suerte las calles de Villa Elisa son un desierto pasada la medianoche. Después de mucho tocar la campana-llamador logré que saliera un Germán alarmado de verme e imaginando quién sabe qué desgracias. La idea era que me acompañara y tratara de abrir mi puerta usando la fuerza bruta.

Sin embargo, pese a su buena voluntad, pese a los esfuerzos que hizo con el hombro (empujones) y las piernas (patadas), la puerta seguía cerrada: visage de bois

–Es evidente que está corrido el pestillo de seguridad del lado de adentro – dijo Germán.

–¿Cómo es posible – dije yo – si no hay nadie en la casa? ¿O habrá entrado alguien que tiene llave?

Por las dudas insistimos con el timbre. Ladró la perra, pero nada más. ¡Eureka! Entonces, por fin, entendí lo que había pasado: tocaron el timbre, la Bubú se desesperó por salir, se paró en dos patas y con las delanteras arañaba la puerta a la altura del pestillo, fue así que sin querer lo corrió.

Germán me disuadió de llamar a un cerrajero, me propuso que durmiera en su casa el resto de la noche y decidiera qué hacer a la mañana siguiente, con la cabeza fresca. Lo conversamos con Cecilia – la mujer de Germán – e hicimos un plan de acción: mis vecinos tenían a un albañil trabajando en una construcción lindera con mi jardín trasero; le pediría a ese hombre que subiera al techo de mi galpón para bajar luego al jardín, entrar arrastrándose por la puerta-ventana del dormitorio (que yo siempre dejaba algo levantada por si la Bubú necesitaba salir) y descorriese el pestillo.

Y así fue cómo – gracias a la buena onda de ese albañil providencial – pude reintegrarme a mis penates. ¡Qué aventura! ¿Y la perra…? Ni el menor sentimiento de culpa, la mequetrefa. -Moverías de contento tu rabo si lo tuvieras, ¿eh, crapulona? – la apostrofé retorciéndole suavemente una oreja.

HAIDÉ DAIBAN

HAIDÉ DAIBAN: Hace ya unos cuantos años, tres parejas amigas, acordamos viajar juntas desde Buenos Aires hacia Marruecos. La idea siguiente, fue no desaprovechar la cercanía de España, cruzar hacia algún lugar pintoresco del sur y así elegimos Torremolinos.

Después del primer recorrido por Marruecos pintoresco y misterioso, pasamos con el transbordador a España y avistamos el Peñón de Gibraltar. Y ya en Torremolinos nos presentamos en el hotel bajo una buena lluvia europea. Como era media noche, no había cocina abierta y nuestro apetito se tornaba feroz, nos recomendaron un bar cercano, frente a una hermosa placita de barrio. El dueño del bar, simpático y hablador, estaba acompañando a dos parroquianos bebedores, y ya achispados, apoyados en la barra.   

Unas campanas de vidrio cubrían variados platos que, nos aseguró, eran caseros. “¡Entren, hombre, mi señora cocinó para ustedes!” Dispuso tres mesas y comenzó por traer aceitunas, creo que de La Rioja, grandes y carnosas.

“Son buenas”, opinó y sin más metió la mano, comió una o dos, como para darnos coraje y nos sonreímos por el atrevimiento. Luego trajo el vino y se sirvió una copa, “es bueno, beban”. Mientras calentaba los pedidos de arroz, garbanzos y carnes, nos relató lo que le sucedió esa semana, la visita a casa de su madre, mujer mayor y valiente, dijo, por haberse subido a una silla que colocó sobre una mesa, desde donde se puso a pintar el techo de su sala. “¡Madre!”, le dijo, “qué haces, te matarás”, y en ese momento salió disparado a traer un plato. Cuando mi marido le reclamó su comida, él le contestó, “ya vendrá, cuando el aparato haga ¡piiiiii! se lo traigo”. El aparato era el microondas. Efectivamente hizo ¡piiiiii! Y comimos casi por turnos.

Fuera la lluvia era torrencial, el dueño dijo que apagaría el televisor para que no molestara en la conversación y tomó su “control remoto”, según él lo denominó, y que era, en realidad, un palo de escoba. Apretó desde abajo y apagó la tele colgante. Ese chiste, lógicamente, causó risa.

Los hombres de la barra discutieron un poco y el mayor hizo ademán de irse, resbaló sobre un cartón empapado de la entrada, cayó dramáticamente de espaldas y uno de nuestros amigos, médico, lo vio pálido y rígido y pensó en una urgencia. “Llame a la ambulancia”, pidió al dueño; éste salió a la puerta y comenzó a gritar “¡Ambulancia, ambulancia!”.

Más de las doce de la noche, sin peatones, lejos del puesto de ambulancias, nos causó pavor y gracia, no iba a llegar la ambulancia. Y en ese momento el accidentado reaccionó y le dijo a su compañero: “Creías tu que me había ido”, y movió el brazo hacia arriba, “no, me aguantarás un poco más todavía”.

Aplaudimos, contentos, y el hombre se acercó a la mesa y en agradecimiento por nuestra intervención, recitó un poema de Antonio Machado (lo anunció como si el título fuese ‘El abogao’). Debo decir que nos conmovió, el tema y su voz. A continuación, se puso a cantar un tango completo, nos miramos, nadie recordaba toda la letra.

Nuestro amigo médico cobro bríos y recogió pedidos del postre, abrió por su cuenta la heladerita y comenzó a hacer volar los helados sobre cada uno de nosotros, los atajábamos en el aire y entre risas pagamos la cena con show, la que resultó de lo más barata.

Camino al hotel nuestra algarabía despertaba a los dormidos torremolinenses. Pese al paso del tiempo, no olvidamos al recitador y mucho menos al risueño dueño del bar.

IRMA VEROLÍN: Otoño de 1992. Yo había vuelto de la India donde estuve tres meses y viví experiencias asombrosas, materializaciones, conexiones sincrónicas, sanaciones, testimonios orales de inusitadas experiencias místicas de personas de todo el mundo, digamos que traía una cabeza sintonizada con otra realidad. Apenas arribé a Buenos Aires me encontré con el libro publicado para preadolescentes que escribí en coautoría con Olga Monkman. La editorial me envió de inmediato a efectuar la difusión a Bahía Blanca. En aquel momento se viajaba a la India pasando por Europa, de modo que se tardaban tres días entre los empalmes de vuelos y las esperas en los aeropuertos. Apenas logré dormir de a ratos. Esto sumado a los cambios horarios, a la atención excesiva que hay que tener en aeropuertos hindúes donde a veces ni siquiera se habla en inglés sino en dialectos locales, lo que sumó más cansancio a mi cansancio. Debo reconocer que desde que salí del ashram en el sur de la India vivía en un estado de aturdimiento. En la editorial me dieron dinero y pasajes. Caminé unas cuadras por una avenida y una supuesta familia en un coche me habló desde el otro lado de la ventanilla. Me dijeron que iban a hacerme acrecentar mi dinero. Como yo venía de un espacio mágico, sin tener demasiada conciencia, le seguí el diálogo. De pronto todo se oscurece o se emblanquece, no recuerdo bien, entre el diálogo y lo que ocurrió después no tengo registros. Solo sé que me quedé en mitad de la calle gritando: “¡Me robaron!”. Por el impacto me quedé sentada en el cordón de la vereda, y me dediqué a llorar a mares. Adolfo, mi amigo, me dijo que yo era la única persona que les ponía su plata en la mano a los ladrones y después hablaba de fenómenos mágicos. Leí algo sobre robos psíquicos, pero la verdad, no sé muy bien qué pasó. Resultado: repuse el dinero y partí hacia Bahía Blanca. Al atardecer tuve que realizar los talleres. Eran en total ciento cincuenta maestras y directoras de escuela. Así es que se dividieron en dos grupos y los talleres a coordinar fueron dos el mismo día, uno después del otro. Me colocaron detrás de un escritorio, con los codos apoyados me puse a hablar. Entonces me encuentro con la cabeza hundida entre mis brazos, alguien me toca el hombro, me dice: “¿Está usted bien?”. Por lo visto en mitad de mi charla me quedé completamente dormida, parece que los docentes permanecieron en suspenso, esperando, luego creyeron que me había desmayado o algo peor aún. La segunda parte la hice de pie para no sucumbir al sueño, producto del jet lag de mi reciente viaje.

El libro se vendió bien, orienté a los docentes a utilizarlo como taller de producción literaria. Unos meses después, en la esquina donde me robaron el dinero, encontré el monto exacto que me habían robado tirado en la vereda. Juro que fue la misma cantidad y en la misma esquina: evidentemente la magia continuó. Y continúa hasta hoy. 

PAULA WINKLER: Soy doña despiste. De joven era más torpe y obstinada aún. Uno de mis primeros casos importantes como abogada versaba sobre patentes y marcas. Como me daba vergüenza preguntarle a algún colega mayor la dirección de la Oficina nacional para averiguar un par de cosas – el google no existía entonces –, me hice la canchera y le dije a una de las empleadas de la recepción de la Consultora donde trabajaba que me anotara adónde ir en un papel pues estaba apurada… Fui: se trataba de otra Consultora, conocidísima.  Cuando me di cuenta del papelón (al bajar del ascensor “me había mandado” sola), hui despavorida inventando no sé qué tontera. No me paralicé (por obstinada), entré en un bar cercano, pedí una guía telefónica y finalmente encontré la Oficina de Patentes y Marcas. Como una de las recepcionistas me había reconocido de la Facultad, la anécdota circuló durante largo rato… Menos mal que gané el caso.

Otra: Estamos mi familia, una amiga y yo en la Parada 16 de Punta del Este. Tomando el sol, no me digan el porqué, me parece reconocer a un conocido actor francés. Le digo a mi esposo “allá voy, le pido un autógrafo” (no había celulares entonces) y entablo, ante el asombro de él y la perplejidad de mi amiga, una improvisada conversación en francés, fascinada por el casual encuentro. Lo felicito por su actuación con Romy Schneider. Pero él me contesta (en francés): “Buenos días, Paula, soy fulano, cursamos juntos Sucesiones y Procesal II, ¿no te acordabas de mí?”. Etcétera y risas. 

Y otra: Camino con mi yerno (siendo más mayorcita), temerosa de perderme en un copioso bosque sueco a la vera del mar. Hablamos (en inglés), y yo empujo el cochecito de mi nieto concentrándome en la playa cercana a Stora Essingen y en un embarcadero que podría funcionar como punto de referencia… Mi nieto canta feliz, yo hablo y hablo. Y de pronto, mi yerno me sugiere que vuelva al inglés ante mi largo soliloquio en castellano (idioma que él no comprende), incluso reclamándole yo aceleradas respuestas…

GRACIELA PEROSIO: Suena el teléfono y atiendo. Una voz estricta pregunta si soy la coordinadora del taller de escritura. Cuando afirmo, me pregunta cómo hace para enviarme los textos que necesita arreglar.

—No, señor, no trabajo de esa manera. No hago corrección de textos. Se sorprende, hace una alusión a que si es un taller…. Pensó –algo así me dijo- que era parecido a llevar a un auto al chapista.

—Sucede, me dice, que tengo ganado muchos premios. El último, del Rotary Club de Rosario. Pero siempre me dan el segundo o el tercero. Quiero ganar el primero y si usted…

—Si yo le arreglo el escrito el premio me lo gano yo, no usted. Se trata de aprender.

No de muy buena gana terminamos arreglando una entrevista. El hombre de unos 60 años, cuenta una situación sentimental desgraciada. Un largo noviazgo interrumpido por la muerte de la mujer. Y este duelo aparece reiteradamente en su escritura. En fin, por demás delicado. Al conversar acerca del trabajo sobre lo escrito encuentro poca lectura de escritores conocidos. Más bien, es una persona que asiste a grupos que se organizan como peñas, con mucho apoyo social y afectivo, pero donde casi no se hace crítica ni frecuentan las literaturas de diferentes orígenes. En cambio, se leen mucho entre los asistentes para acompañarse, objetivo nada desdeñable en esta sociedad tan cruda y violenta.

Pero, para mayor complicación, Anselmo, que así se llama el aspirante a poeta, se obliga a escribir sonetos. “Y no me salen ni contando las sílabas, no son todos de 11 ¿ve?”

—Es que el contar las sílabas es una ayuda posterior, primero hay que tener esa música adentro. Tal vez el soneto no sea lo suyo.

—¡Ah, no!, no me diga eso. No sirvo para renunciar.

—Le propongo, entonces, dos o tres clases, en las que solo va a venir a escuchar, sin escribir nada ni comentar nada. 

Como se están imaginando, hice una selección de sonetos notables desde Garcilaso hasta aquí. Pasaron dos semanas con sus correspondientes clases y llegó la tercera. Llama a la puerta. Abro y lo veo venir con un rostro furioso y una valija enorme, con forma de cofre y bastante pesada. 

Pasa y me pide permiso para apoyar el mamotreto sobre la mesa. “Esto es para usted.” Dice, enojadísimo. Aquí le traigo todas estas estafas que me han hecho. ¡Pum!, ¡bom!, ¡plaf! – suena el metal sobre la mesa y caen, entre cintas y diplomas, las medallas, estatuillas, placas y demás.

—Ya me di cuenta de que mis versos no merecen nada de esto. No hace falta que usted me siga leyendo. Simplemente, me estafaron y fui muy crédulo.

—No, eso usted no lo puede saber. Siéntese, por favor. Mire, en este tipo de concurso se trata de incentivar el entusiasmo de los participantes y generalmente el jurado no tiene permitido declarar el premio desierto. De modo que, es posible, que lo que usted presentó fuese mejor a lo que presentaron otros. El tema es con qué otras escrituras nos seguimos comparando después. Si nos comparamos con Borges y sí, todos quedamos lejos… Ni uno ni otro extremo, es lo que le recomiendo para empezar a transitar la escritura y ver si realmente lo entusiasma hacer el trabajo necesario para mejorarla.

—Lo voy a pensar. Por ahora, no estoy listo para contestarle. Pero le agradezco que me haya permitido darme cuenta de la verdad.

Nunca volví a saber de él. Pero quedé tranquila de que, finalmente se fue en paz y sin que le haya faltado el respeto a la historia de su pérdida que aún lloraba, que fue, creo, lo que más me preocupó desde el principio. ¡Quería honrarla con el Primer Premio!, era evidente.

INÉS LEGARRETA: Creo que esta anécdota califica. En 1997 había salido publicado mi libro de cuentos “Su segundo deseo” y, entre otras, había tenido una reseña muy elogiosa en la revista “El Planeta Urbano”. No hacía mucho que “El Planeta Urbano” se había incorporado al mundo editorial, pero desde el primer número estuvo claro hacia dónde apuntaba la revista: riesgo, enfoques poco convencionales en los artículos y entrevistas, notas firmadas por escritores o artistas reconocidos; modernidad en el diseño y un gran despliegue fotográfico y publicitario que se manifestaba claramente desde las tapas, todas con “celebrities” en composiciones irreverentes. De manera que cuando me llamaron de la redacción para una entrevista de trabajo me sentí halagada y, a la vez, un poco inquieta. ¿Qué me propondrían? Viajé desde Chivilcoy a Buenos Aires y fui a la casa editorial que estaba en el barrio de Belgrano; allí me recibieron Elsa Drucaroff (hacía las notas sobre libros), Sergio Varela (era editor de secciones) y alguien más, pero no recuerdo quién; saludos, presentaciones (no nos conocíamos personalmente hasta ese momento) y después de una charla informal de situación, Sergio Varela me dice más o menos esto: “Bueno, Inés, como nos interesa tu escritura te queríamos invitar a que colaborases con algunas notas y artículos según se vaya dando; nos gusta proponer cosas diferentes y por eso pensamos en vos para una nota sobre el Golem”. Dijo “Golem” y me miró con cara divertida y expectante. “Ah, El Golem”, y de inmediato empecé a buscar desde dónde abordar el tema: Borges, sin duda, el poema de Borges y el acervo de la cultura judía, el significado de esa creación. Supongo que lo fui diciendo en voz alta porque me interrumpieron, “Esteeee… no, escuchaste mal, no Golem sino Golden, el Golden de la calle Esmeralda”. Silencio. Yo: “¿Y qué es el Golden de la calle Esmeralda?”“Un boliche con strippers masculinos, único y exclusivo para mujeres”. Ahhhhhh. Carcajadas. Yo no tenía ni idea de su existencia. “¿Te animás?”“Obvio”, respondí. Pactamos condiciones y fui con dos amigas; nos divertimos mucho y la nota salió redonda. (“Golden boys”, en el número de abril de 1998 de “El Planeta Urbano”.)

SUSANA CELLA

SUSANA CELLA: Es una anécdota triste, y digo triste por la miseria académica que hemos tenido que padecer. A raíz de un concurso para cubrir un cargo de profesor/a titular, una de las jurados fue atacada en las redes. Me dijo esta colega: “Me han puesto el mote de Jelinek”. Yo, en mi supina ignorancia de lo que circula, le dije a esta querida amiga: “Bueno, al menos te han comparado con un Premio Nobel”. En mi mente estaba el nombre de Elfriede Jelinek, la escritora y militante austríaca que ganó esa distinción en 2004. Mi amiga me contrastó con la realidad de los eunucos que la insultaban. “No”, me dijo auscultando mi ignorancia. “Me comparan con Olga Karina Jelinek”, y ahí supe de la miseria del ataque. La emparejaban a una vedette que se exponía en “Bailando por un sueño” y cosas así. Me quedó el amargo recuerdo de haber leído una novela de Elfriede y de saber que portaba el mismo apellido la tal modelo.

ADRIANA MAGGIO

ADRIANA MAGGIO: Estaba cursando el Profesorado de Castellano y Literatura en el “Joaquín V. González”. Tendría alrededor de 19 tímidos e hipersensibles años. El Profesorado estaba en Av. de Mayo y San José, en un edificio viejo, que ahora es hotel. Las escaleras eran de mármol y estaban gastaditas por los muchos años. Yo iba bajando la escalera, con mi pollera ajustada, a la rodilla, y mis tacos altos finiiiitos. En sentido contrario, vi que venían subiendo dos jóvenes muchachos cuya aparición me puso seriamente nerviosa. Mis delgados tacos resbalaron en el escalón, y caí de cola con las piernas abiertas y uno de los jóvenes entre ellas: la falda se subió hasta la entrepierna, y quedaron al aire mis muslos decorados con el inefable portaligas que se usaba en ese tiempo, para sujetar las medias de nylon. Sé que el joven me ayudó a levantarme, pero cómo salí de allí y cuándo volví a poner los pies sobre la tierra, sigue siendo un misterio. El enorme moretón que se alojó en mis nalgas tardó en desaparecer mucho más tiempo que mi vergüenza.

Ver 2da. parte

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