El narcisismo no es amor propio sino miedo al vacío disfrazado de grandeza. Esa idea permite leer un fenómeno político que excede las categorías ideológicas tradicionales. Donald Trump no puede comprenderse únicamente como dirigente conservador, empresario o líder populista. Su figura expresa una transformación más profunda: el poder político convertido en experiencia emocional permanente. En este tipo de liderazgo, la personalidad pública no acompaña al gobierno, sino que lo organiza. La política deja de ser mediación institucional entre intereses colectivos y se transforma en escena psíquica donde el dirigente afirma continuamente su identidad frente a un mundo vivido como amenaza.

El narcisismo político no se reduce a una característica individual. Funciona como una estructura de reconocimiento colectivo donde la identidad del conductor depende de la mirada permanente del público, pero también donde amplios sectores sociales encuentran una forma de verse reflejados. Aquí aparece la noción decisiva de identificación: el líder no impone emociones desde arriba, sino que organiza afectos previamente dispersos. No se trata solo de una personalidad dominante, sino del punto de condensación de una sociedad atravesada por inseguridad material, fatiga democrática y pérdida de horizontes compartidos. La adhesión política deja entonces de apoyarse únicamente en programas o ideologías y pasa a estructurarse alrededor de una experiencia emocional común.

Algunas decisiones y gestos de aquella presidencia revelaron esa dinámica simbólica. La insistencia en proyectos territoriales grandilocuentes, como la propuesta de adquirir Groenlandia, funcionó menos como estrategia diplomática que como afirmación narrativa de poder. Expandirse equivalía a demostrar vigencia histórica frente a una percepción difusa de declive. Cuando la iniciativa fue rechazada, el desacuerdo internacional se tradujo como herida personal. Allí se vuelve visible un cambio silencioso: la frontera entre política exterior y psicología del liderazgo comienza a desdibujarse. El territorio deja de ser únicamente un espacio geopolítico y pasa a operar como extensión imaginaria del yo político, una prueba visible de existencia frente al temor de pérdida de centralidad global.

Los episodios de violencia y amenazas sufridas por el magnate presidente reforzaron esa construcción simbólica. La imagen del mandatario herido levantando el puño transformó la vulnerabilidad en heroísmo y consolidó una narrativa de supervivencia frente a enemigos permanentes. La identificación colectiva se intensifica precisamente en esa escena: la figura pública aparece como alguien que soporta el daño que muchos sienten padecer simbólicamente. El acontecimiento sustituye al argumento y la política adopta una forma cada vez más cercana a la dramaturgia pública. No se trata solo de apoyo electoral, sino de una relación afectiva donde seguidores y conductor comparten un mismo relato de amenaza y resistencia.

La figura que observamos no es solo un individuo excepcional. Es un síntoma. Habla menos de un hombre que de una época. Algo se debilitó antes: instituciones que ya no ordenan, partidos que dejaron de representar, relatos colectivos que perdieron fuerza para explicar el mundo. Cuando esas mediaciones se vacían, alguien ocupa el lugar disponible. El liderazgo personal aparece allí donde falta sentido compartido. Y cuanto más necesita el poder mostrarse fuerte, más deja entrever su fragilidad. Tal vez por eso el narcisismo político resulta tan eficaz hoy: convierte la incertidumbre en espectáculo y ofrece algo que muchos buscan desesperadamente —una forma de pertenecer, aunque sea momentánea.

J. Noriega

imagen. IA

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