La billetera apareció mientras ordenaba un cajón olvidado. Cuero gastado, bordes abiertos, un objeto desplazado fuera del tiempo cotidiano. Entre papeles amarillentos y una fotografía doblada encontré un billete de un dólar perfectamente conservado. No recordaba cuándo lo había guardado. Durante años, ese pequeño rectángulo verde había representado algo más que dinero: tranquilidad, previsión y defensa frente a la inestabilidad argentina. Tener dólares equivalía a sostener una certeza mínima cuando todo alrededor cambiaba demasiado rápido. Sin embargo, al mirarlo ahora, la sensación fue distinta. El billete conservaba su valor, pero ya no transmitía la misma seguridad simbólica ni la tranquilidad automática de otros tiempos.
Durante generaciones, el dólar funcionó como garante último del valor. Fue ahorro familiar, referencia inmobiliaria y unidad mental de cálculo económico frente a la fragilidad recurrente del peso. Sin embargo, la evolución económica de los últimos once años muestra un desplazamiento relevante. En 2015, tras el levantamiento del cepo cambiario, el dólar pasó de 9 a 14 pesos e inauguró una etapa de liberalización financiera. En 2018, la crisis cambiaria y el acuerdo con el FMI lo llevaron hacia los 40 pesos, evidenciando la vulnerabilidad estructural del sistema. En 2019, luego de las PASO, superó los 60 pesos en pocos días, confirmando que la estabilidad monetaria dependía tanto de la política doméstica como de la confianza internacional.
La pandemia de 2020 introdujo un cambio decisivo en el escenario global. La emisión monetaria extraordinaria en Estados Unidos y Europa debilitó la noción del dólar como bien absolutamente escaso. Mientras el mundo expandía liquidez para sostener la actividad económica, Argentina atravesaba un proceso inflacionario persistente que alteró la experiencia cotidiana del dinero. Entre 2022 y 2023 el dólar paralelo superó los mil pesos al mismo tiempo que la inflación anual excedía el 200%. La dolarización social se extendió como mecanismo defensivo, aunque sin devolver previsibilidad económica ni capacidad de organizar expectativas colectivas estables.
El shock económico iniciado en 2024 con el gobierno de Javier Gerardo Milei reforzó la centralidad simbólica del dólar como promesa de orden definitivo. Sin embargo, el acuerdo financiero y estratégico alcanzado en 2025 entre Washington y Buenos Aires, impulsado por el secretario del Tesoro estadounidense Scott Bessent, dejó expuesta una dimensión política ineludible. El dólar apareció menos como referencia neutral del mercado y más como instrumento dentro de una arquitectura geopolítica compleja. Su estabilidad dependía de alianzas internacionales, decisiones estratégicas y disputas de poder global que exceden cualquier decisión puramente doméstica.
Volví a guardar el billete en la billetera vieja con una sensación distinta. Ya no era refugio ni promesa, sino el recuerdo material de una creencia colectiva en transformación. Argentina ingresa en una etapa donde elegir moneda ya no alcanza para resolver la incertidumbre histórica. La larga crisis del dólar comienza a acompañar la corta crisis del mileísmo. El garante continúa existiendo, pero ya no organiza el futuro con la misma autoridad simbólica. Cuando la garantía pierde centralidad, lo que se vuelve inestable no es solo el dinero, sino también la forma en que una sociedad imagina su destino común.
J. Noriega
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