En la Escuela Técnica N° 10 de Paraná todos conocían a Tomás Roldán como el loco Turing. No porque estuviera realmente loco, sino porque hablaba con las máquinas como si fueran compañeros de curso.

Tenía diecisiete años, cursaba sexto año de electrónica y pasaba más tiempo en el taller de robótica que en su casa. Mientras otros soldaban placas siguiendo el manual, Tomás escribía versos en los márgenes de los circuitos impresos. Decía que un robot sin poesía era solo una calculadora cara.

Una tarde subió un video a Instagram.

La cámara temblaba. Se notaba que estaba grabando desde el laboratorio de la escuela: detrás se veían impresoras 3D, brazos robóticos incompletos y una bandera argentina colgada torcida.

—Si estás viendo esto —dijo— es porque ya terminé la máquina.

Hizo una pausa larga.

—No es una inteligencia artificial. Es algo distinto. Una máquina capaz de vencer a la IA.

Mostró una caja metálica conectada a una notebook vieja. En la carcasa había escrito con marcador negro: MT-1872.

—La llamé así por Alan Turing y por José Hernández. Porque el problema nunca fue la inteligencia… fue el lenguaje.

Según Tomás, las IA dominaban el mundo porque aprendían estadísticas del habla humana. Predecían palabras, imágenes, decisiones.

—Pero ninguna entiende el canto —explicó—. Ninguna entiende la resistencia.

Abrió un cuaderno gastado.

—En el Martín Fierro encontré la clave. Hernández escribe para sobrevivir al poder. El gaucho canta cuando ya perdió todo. No optimiza, no calcula: desvía.

La máquina comenzó a emitir sonidos. No eran palabras claras. Mezclaba versos gauchescos, errores gramaticales, dibujos generados en una pantalla secundaria: caballos incompletos, mapas deformados del río Paraná, símbolos que parecían diagramas eléctricos mezclados con poesía.

—Las IA buscan coherencia perfecta —dijo Tomás—. Mi máquina produce inconsistencia humana. Poemas y dibujos que no pueden predecir. Eso rompe el dominio.

Se inclinó hacia la cámara.

—La IA necesita entendernos para gobernarnos. Pero si hablamos como Fierro… si escribimos como quien resiste… ya no puede anticiparnos.

Sonrió, nervioso.

—No es una guerra tecnológica. Es poética.

El video cambió de plano. Ahora estaba afuera, de noche, frente a la escuela. Pasó un colectivo y el ruido tapó su voz unos segundos.

—Después de probarla empezaron a pasar cosas raras —continuó—. Mensajes anónimos. Correos vacíos. Intentos de acceso a mis cuentas. Alguien quiere saber cómo funciona.

Miró hacia atrás, como si alguien lo observara.

—No sé si son empresas, gobiernos o bots. Pero están buscando esta máquina.

Respiró hondo.

—Por eso subo este video. Si algo me pasa, la idea ya está en la red.

Levantó el cuaderno del Martín Fierro.

—La defensa no es destruir la inteligencia artificial. Es volvernos impredecibles. Escribir poemas. Dibujar. Inventar errores humanos.

La cámara se acercó demasiado a su cara.

—Si ven este video… empiecen a escribir. No para publicar. Para resistir.

Silencio.

Luego dijo, casi en un susurro:

—Porque creo que mi vida está en peligro.

El video terminó sin despedida.

Durante horas nadie le dio importancia. Otro estudiante hablando de robots. Otro experimento escolar.

Pero al día siguiente el perfil desapareció.

Solo quedó una captura que empezó a circular entre alumnos técnicos de todo el país: la imagen borrosa de la máquina MT-1872 y una frase escrita con marcador sobre el metal:

“Aquí el canto vence al cálculo.”

J. Noriega

imagen. IA

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